Por Emiliano Fernández

La controvertida Horas de terror (Funny Games) dirigida en 1997 por Michael Haneke ha sido revisitada por el mismo realizador para los Estados Unidos. Una sátira de y sobre la violencia que no causa indiferencia aunque el efecto de aquella devastadora obra original quede aquí francamente eclipsado…

A casi todos los cineastas les llega ese film que marca un punto de inflexión aunque no precisamente por ser una producción que quisieran recordar, más bien todo lo contrario. Considerando la rutinaria Juegos sádicos (Funny Games U.S., 2007), queda claro que al austriaco Michael Haneke le costará bastante borrar de la memoria este paso en falso, sin lugar a dudas el menos meditado en su interesante carrera. Diez años atrás se hacía conocido a nivel mundial con la primera Funny Games (1997), hoy recreada toma-por-toma para el público estadounidense en la espantosa tradición de la Psicosis (Psycho, 1998) de Gus Van Sant. Desde ya que no hay forma de comparar la original con la obra maestra de Alfred Hitchcock, pero el sistema de ?remake en carbónico? no aporta nada novedoso y hasta por momentos empobrece un planteo que sigue sin formular un discurso movilizador.


Haneke se inspira en el tono, el ritmo y algunos elementos de la estructura de una de las mejores películas de la historia, La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971) de Stanley Kubrick, para construir una sátira oscura y formalmente impecable sobre la representación de la violencia en los medios de comunicación. La historia sigue a un par de homicidas psicóticos y muy educados que torturan a una típica familia de la burguesía acomodada: así las cosas, Paul (Michael Pitt) y Peter (Brady Corbet) deciden visitar al clan encabezado por George (Tim Roth) y Ann (Naomi Watts), quienes por cierto son padres de un niño pequeño. El realizador reproduce el tópico central del terror slasher, ?asesinos en serie en busca de presas?, con un tufillo intelectual distante basado en una reflexión de poco vuelo acerca de la enunciación cinematográfica; haciéndola opaca a los ojos del espectador.

De hecho, el proyecto combina influencias diversas con una saludable falta de respeto y una preocupante disposición a ?homenajear? en exceso. Si a simple vista surgen exponentes pioneros como La última casa a la izquierda (The Last House on the Left, 1972) de Wes Craven o Halloween (1978) de John Carpenter, por supuesto las referencias van mucho más lejos llegando hasta los reality shows televisivos o el primer Jean-Luc Godard. En especial sobresalen las citas al padre de la ?nouvelle vague?: interpelaciones a cámara, meta-comentarios sobre los dispositivos del subgénero y la famosa ?escena del rewind?. El guión, en su intento por desnaturalizar la muerte a gran escala y el miedo generalizado, se queda en esquematismos superfluos, no resulta gracioso y para colmo peca de ingenuo teniendo en cuenta la altísima incidencia contemporánea de las carnicerías mediatizadas.

Anacronismos aparte, ya no asusta un relato narrado desde el punto de vista del victimario y con una secuencia de impacto instantáneo, componentes que a su vez se corresponden con una carrera cercana al arty hardcore (Gaspar Noé de seguro se llevaría de maravillas con Haneke). No se puede afirmar que Roth y Watts estén desperdiciados del todo debido a que el método de trabajo del director está más volcado a la edición elíptica, los golpes de efecto y los planos prolongados que a pulir el desempeño del elenco o solidificar la empatía con el público. Sin embargo nuevamente demuestra cariño por el personaje de Paul, el mismo que nos presenta los acontecimientos en tanto verdugo nihilista con cualidades de conductor de un programa de entretenimientos. Michael Pitt, en un rol que antes estuvo en manos de Arno Frisch, es el único con chances de lucirse y por suerte cumple en lo suyo.

Finalmente saltan a la vista dos verdades ineludibles: estas hipótesis han sido trabajadas con mayor fortuna en el pasado y en realidad el austriaco tiene poco para transmitir más allá del viejo interrogante en relación al verosímil cinematográfico y las displicencias que puede ocasionar la enunciación transparente a la Hollywood. Funny Games U.S. se ubica debajo de obras fallidas como Código Desconocido (Code inconnu: Récit incomplet de divers voyages, 2000) o El tiempo del lobo (Le temps du loup, 2003), y muy atrás con respecto a las extraordinarias La profesora de piano (La pianiste, 2001) y Escondido (Caché, 2005). Dentro de numerosas paradojas, Haneke pretende condenar la violencia al tiempo que la celebra y no tiene problemas con eso de matar animales delante de cámaras para hacer aún más redundante y contradictorio el discurso (caballos, gallos, etc.). Mojones como Henry: Retrato de un asesino en serie (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986), El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960) o M (1931) son más funcionales al análisis propuesto y nunca caen en oposiciones simplistas de tipo ?blanco/negro? (por ejemplo, en la banda sonora tenemos a Händel representando a los burgueses y para los muchachos algo de speed metal a cargo de Naked City). Sin una perspectiva realista que ofrecer y con un déficit de imaginación, esta comedia negra no sabe cómo crecer desde su ambiciosa base.

Funny Games U.S.: Violencia mediática y enunciación opaca 1Título: Juegos sádicos
Título original
: Funny games U.S.
Dirección: Michael Haneke
Intérpretes: Naomi Watts, Tim Roth, Michael Pitt, Brady Corbett, Devon Gearhart
Calificación: No disponible
Género: Cine de autor, Crimen, Drama, Horror, Remake, Thriller
Duración: 111 minutos
Origen: Alemania, Austria, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia
Año de realización: 2007

Puntaje 5 (cinco)

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