Por Pablo E. Arahuete

Siempre ha pesado sobre los estudios Pixar el mote que en sus creadores se amalgamaba por un lado la capacidad creativa al servicio de la imaginación, la cinefilia rabiosa sin tomas de posiciones radicales, y por otro lado la libertad a la hora de asumir la infantilidad como característica propia de la adultez sin prejuicios.Intensa-mente-2

Los chicos que crecieron a la par de la trilogía Toy Story -1995, 1999, 2010-, por ejemplo supieron nutrirse de esta ventaja en comparación a aquellos, como quien escribe, debieron contentarse con la nostalgia y amigarse –entrada ya la etapa de la adultez- con una infancia signada por lo trágico más que por lo espectacular o mágico. A grandes rasgos, Disney representó la vieja escuela de animación orientada al público menudo con un criterio reflexivo sobre la inocencia infantil en sus contenidos, pero Pixar lo superó por haber comprendido que detrás de un adulto vive también un niño y que un niño puede entender desde su mirada inocente la complejidad del mundo adulto.


Semejante concepción o, para ir más lejos, filosofía en el momento de encarar un proyecto de tamañas características como Intensa-Mente implica ponderar valores que van más allá de las especulaciones de mercado y así generar una confianza ciega en la inteligencia y sensibilidad de todo tipo espectador cuando se lo confronta con identificaciones primarias, a partir de un discurso cinematográfico complejo que nunca pierde de vista el horizonte creativo, ni tampoco la esencia de lo que significa, hoy por hoy en el ámbito de la animación, una película producida y pergeñada por las mentes de estos increíbles artistas.

Diseñar la puesta en escena de Intensa-Mente supone de antemano una llave para la prudencia, pues la mayoría del relato transcurre en el interior de la mente de una niña de 11 años. Ya aparecerá la cinefilia dura y blandirá las banderas de Quieres ser John Malkovich -1999- para equiparar la resolución aplicada por Peter Docter a esta aventura, pero lo importante es que funciona y con creces, porque a los niños se les facilitará el camino para dividir el adentro del afuera.

Ahora bien, como todo infante, a esa edad en tránsito hacia la pre adolescencia, las emociones se mezclan en un caos hormonal que muchas veces deja sin respuesta a quien pretende encontrar un atajo para el entendimiento de determinadas conductas. ¿Es Intensa-Mente una película acerca de la infancia?, la respuesta merece una larga explicación, debido a que en realidad se trata de una película sobre el proceso de elaboración de la infancia; una aproximación sensible a la perplejidad de los procesos de los estadíos –a veces hasta traumáticos- del crecimiento, que se conecta tanto desde el lado humano al apelar a los resortes sensibles de las emociones básicas –Alegría, Tristeza, Furia, Desagrado y Temor, pero también dando cabida a la abstracción para bucear en el terreno de lo psicológico. Todo ese coctel de sensaciones y mezcla de emociones explota de la manera más adecuada desde el punto de vista narrativo, desde el planteo original de un viaje por sectores de la mente desconocidos. La idea de descubrir para aprender, desechar los prejuicios para avanzar en el tren del pensamiento, se expande en cada personaje del nuevo opus de Pixar.

¿Es Intensa-Mente una película sobre el aprendizaje desde la sensibilidad y el conocimiento empírico?, otro interrogante que se puede contestar desde una secuencia particular: el pensamiento abstracto. Allí descansa la mayor virtud que hace de esta propuesta una película única, por su audacia y su valentía al exponer desde el lenguaje audiovisual la trasposición con un discurso accesible de un concepto y una idea imposible de comprender sin imágenes y sin poesía. Si la abstracción es el atajo para llegar a destino, desafío que une fuerzas entre los antagonismos de la alegría y la tristeza en el universo de la mente, la idea de viaje de la imaginación multiplica sus sentidos a través de la acumulación de las experiencias y peripecias por las que deben transitar ambas emociones. Nuevamente la cinefilia pura vertirá una lágrima para el recuerdo de Chuck Jones y sus transgresores dibujos animados, en los que ensayaba arte no figurativo.

Los niveles de comprensión de la trama de Intensa-Mente son tantos como públicos a los que apunta, aunque es justo reconocer que los padres son el principal blanco y su rol en la enseñanza de sus hijos es el que, en definitiva, motoriza el pretexto de los creadores. La renuncia concreta a la moraleja o al film que pretende dejar un mensaje también se ajusta a la coherencia de todos los productos de esta usina de imaginación, que explorara la dialéctica entre lo nuevo y lo obsoleto desde sus orígenes con Toy Story -1995-, para luego desacralizar la idea de miedo primario con Monster Inc. -2001- y hacer pie en la diversidad de mundos y su riqueza en la mezcla de géneros desde Buscando a Nemo -2003- hasta nuestros días. Intensa-Mente concibe a la infancia como un viaje de aprendizaje donde es necesaria la mezcla de lo bueno y lo malo, lo alegre y lo triste, porque la pureza no existe, sino en la percepción de la realidad.

Pixar alcanza la madurez sin abandonar al niño interior, rompe el molde de la corrección política ATP para abrir las puertas a la contracultura y a la transgresión, pero sin subestimar la nostalgia, sin combatir la necesidad de retrotraerse a lo más rudimentario de los dibujos animados, donde los maniqueísmos quedaban en un segundo plano y los malos y los buenos convivían como el correcaminos y el coyote, sin renunciar a la lucha por sobrevivir en ese universo sin reglas.-

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