Por Pablo Arahuete

Una reunión familiar se convierte en el punto de inflexión en la vida de Markus.

Un leve accidente sufrido por Adam, su hijo de 4 años, será el disparador para que su memoria más oscura le recuerde su infancia más traumática.


Markus y su esposa Monika se enfrentan entonces a una desagradable verdad, a  partir de ahí la investigación interior y familiar, la búsqueda de una terapia, el alcance real de aquellos episodios borrados por la conciencia del horror y también, de la culpa.

La determinación y la dignidad con la que Florian Eichinger aborda un tema tan delicado, con tantas aristas morales y agujeros negros, son equiparables al modo en que Markus se adentra en las profundidades de su infancia maltratada. ¿Qué ocurre cuando las manos de una madre quedan para siempre asociadas al terror?

Reseña:

En primera instancia un título tan sugestivo como Las manos de mi madre, connotaría una alusión directa al afecto y al recuerdo vívido de una infancia al menos sobreprotectora. Sin embargo, esa idea pronto se difumina y se vuelve pesadilla cuando el protagonista encuentra en las manos aludidas las señales inequívocas de un abuso que arrastra enormes padecimientos de infancia y secretos que por razones de culpa o verguenza se ocultan en una maraña de historias contadas con el sesgo de la mentira. Eso eclosiona y la película de Florian Eichinger cobra forma desde varias aristas que atraviesan el universo de Markus: enfrentar la verdad, intentar sanar heridas, pero también proteger a aquellos que ama. La singularidad de este crudo retrato de abuso infantil obedece a la apuesta visual porque en ningún momento se apela al golpe bajo, al sometimiento de niños para hacer más impactante la historia, sino que la dramatización se encuentra ligada internamente al mundo interior del protagonista y la puesta en escena como parte de ese espacio inviolable pero a la vez vulnerable.

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