Por Pablo Arahuete

Decir que la adolescencia es una etapa dura de transitar es una verdad de perogrullo. El cine conoce demasiado este teatro de operaciones para sacar a relucir las mejores historias “coming of age” y pareciera que en algún lugar, sin importar el origen, los relatos de iniciación interrumpida se conectan desde la conflictiva con el cuerpo, el dolor de abandonar la inocencia y las perspectivas de futuro hacia la adultez, bajo el manto de confusión y miedo que representa ingresar al mundo adulto. Los adultos son ese amigo/enemigo necesario, a veces la amenaza y otras el único sostén emocional para cualquier adolescente en etapa de crecimiento madurativo.

Ahora bien, Primas comienza con la contundencia de un manifiesto propio de una edad dura y Rocío, su protagonista, tapada de arena y con una suerte de coraza sobre las espaldas, renace y camina. La película de Laura Bari, presentada en el festival, también comienza a nacer y crecer desde su registro documental ficcionado para de a poco -y con la distancia justa entre la cámara y Rocío- sumergirnos en su propio mundo, que va más allá del tránsito adolescente sino más profundamente desde su historia atroz al ser víctima los nueve años de las perversidades humanas que la cruzaron con un violador, quien trató de matarla y al darla por muerta decidió prenderle fuego al costado de una ruta provocando que el 60% de su piel y tejidos desapareciera. El caso de Rocío fue comidilla del sensacionalismo mediático de la época, donde se cometieron los mismos excesos de siempre acompañados del morbo de la opinión pública.32º Festival de Cine de Mar del Plata: Primas 1


Entrelazada a esta terrible historia de violación surge la de Aldana, prima de Rocío, también abusada sistemáticamente durante años por su padre. Contar frente a cámara y compartir los difusos recuerdos buscan por un lado la sanación desde la palabra y de esta manera Laura Bari le pone rostro y cuerpo a un flagelo mundial. Si sucede en Argentina  simplemente obedece a un capricho de la geografía pero lo que hace a la idiosincrasia de este país no lo es, porque expone desde sus testimonios la orfandad de las víctimas en relación al poder del Estado y de la justicia, en donde la vara de derechos humanos parece torcerse del lado equivocado (Al padre de Aldana le dieron diez años de prisión domiciliaria nada más).

El cuerpo dice mucho pero el silencio que se rompe, que se desgarra, levanta esa arena que cubre a Rocío en la imagen del comienzo, arena que granito a granito le dio la fuerza para salir adelante tras una larga rehabilitación, sumado al apoyo y contención de su familia y amigos. Es en ese punto de inflexión donde Primas abre otra arista y que hace a la manera de sanar a partir del arte, del contacto con el circo o el teatro y cuyo espacio para la creatividad las sitúa en Canadá. Road movie sin caminos pero con las mismas instancias de un viaje transformador, por un lado el de la catarsis necesaria para apagar algún sofoco que no deje moverse y por otro el de espíritu y fuerza de voluntad para sobreponerse a un pasado y mirar con los ojos bien abiertos hacia el futuro. Cine en los bordes, cine con peso propio en definitiva una gran película para tomar contacto no sólo con la historia de Rocío y Aldana sino con las de muchas chicas o mujeres víctimas del maltrato y del abuso.

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