Por Pablo Arahuete

En primer plano, ese que lo dice todo, como suele ocurrir en cada propuesta cinematográfica de Alejo Moguillansky. La honestidad en el libre juego de la creación cuando las cartas se apoyan en el paño, sin trucos y con la transparencia lúcida de ese cine que se piensa a sí mismo, que no se amilana a la hora de arriesgar algo que va por debajo de un argumento, aunque cierto argumento surja desde la espontaneidad y de pensar al todo como una gran secuencia, unida por una mezcla de metafísica y materialidad impregnadas, que se disuelve en el transcurrir de la ficción y el documental encastrado como las piezas de un mecano.

El mecano, aquel juego de viejos tiempos que parece haber vuelto para los milenians a pesar de los niños y sus redes virtuales, a pesar de la lógica del capitalismo consumista que en una pantalla dicta a qué hay que jugar.


La vendedora de fósforos: La niña, la chispa y un alemán en el Colón 1

El mecano y sus piezas retrotraen a quien escribe a recuerdos de infancia de otros, no de la propia y La vendedora de fósforos literaria, la de ese cuento de Christian Andersen sobre la fragilidad de los niños y la indiferencia de los adultos, sobre el poder de la imaginación para escaparle a la tragedia del hambre y del frío, que se consume en cada cerilla como los deseos y los sueños, no es otra cosa que la exposición poética de la tristeza de los niños frente a un mundo que no conocen.

Algo así le pasó al director de Castro, fiel a esos personajes que se subían al “bondi” por las diagonales de La Plata. Lo suyo no fue un “bondi”, pero el viaje a lo incierto estaba presente en el teatro Colón, en 2014, en la puesta a cero de una ópera inspirada en el cuento antes mencionado y sobre todas las cosas en un compositor extranjero, invitado para salir de esa Europa ordenada a la caótica Buenos Aires, con atmósfera de arte en medio de pancartas por reclamos salariales, con el movimiento propio de un ensayo en medio de quietud de paro de transportes para que nadie llegue a ningún lugar y con ese intenso pero a la vez saludable malentendido por falta de comunicación, tan propio de la esquizofrenia de las antiparras de los dirigentes o políticos con la triste realidad del frío y del hambre que a veces nos derrota porque conocemos el final del cuento.

Y entonces, todo comienza en una llama, barajar y dar de nuevo.  Lo nuevo y su final incierto, ya nada es lo mismo en aquel primer plano del ensayo.  El desdoblamiento se extiende, se ensancha porque los músicos tocan y actúan; porque los actores además de actuar sus personajes son ellos mismos viviendo la experiencia de La vendedora de fósforos cinematográfica, para que se piense y encuentre en ese escenario de tablas y palcos, que rodean un mundo de representación escénica, la mejor manera de hacerle justicia a una ópera que más que ópera es un salto al vacío de un director alemán incomprendido, como los sonidos que emanan de instrumentos tradicionales y entran en conflicto permanente con la armonía de una melodía y hasta con los oídos, los cuales procuran descifrar esas cadencias o atonalidades.

Pensar en un argumento para La vendedora de fósforos es lo mismo que escuchar con un solo oído pero eso no significa en absoluto que todo deje de ser transparente, siempre desde lo lúdico, asociado al trabajo metódico pero de la mano de lo emocional como suele ocurrir en el cine sensible de Alejo Moguillansky ; en cada una de sus películas donde la realidad irrumpe siempre que la ficción trate de encuadrarla.

La vendedora de fósforos: La niña, la chispa y un alemán en el Colón 2Título: La vendedora de fósforos
Título Original: idem
Dirección: Alejo Moguillansky
Intérpretes: María Villar, Walter Jakob, Cleo Moguillansky,
Género: Cine de autor Drama
Clasificación: No disponible
Duración: 71 minutos
Origen: Argentina
Año de realización: 2017
Distribuidora: El Pampero cine
Fecha de Estreno: 31 de mayo 2018

Puntaje: 9 (nueve)

 

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