Por Fernando Antonio Álvarez

Observando con la perspectiva privilegiada que otorga el tiempo se percibe claramente las diversas suertes corridas por los países cuyo génesis vio la luz bajo la forma de colonia de otro país. Distinto es Brasil de Argentina, o la India de Sudáfrica, y por supuesto también Australia de Canadá… ¿O tal vez no hubiese tantas diferencias?; en estos últimos dos ejemplos citados, a diferencia del resto, los colonos ingleses fueron acompañados de sus No llores por mí, Inglaterra: El ADN es más fuerte 3familias y a la postre su independencia costaría menos sangre. Pero excavando aún más profundo en el asunto me pregunto: ¿es lícito comparar los efectos de una infancia traumática en el ser humano con el nacimiento de una Nación (Con perdón de D.W. Griffith) hecha a base de copiosa sangre derramada, complots, y sucesivos olvidos oprobiosos de próceres (seres auténticamente excepcionales) que dieron todo sin pensar en su persona en pos de un ideal más grande? Ya no hay gente así, no se hacen, no nacen, se cerró la fábrica, el mundo 3.0 no prepara seres así. Hasta parece enfermo ser tan desprendido, tener una dosis de egoísmo nula, hasta terminar en la pobreza, el exilio, o la indigencia por un legado…que consta a lo sumo del nombre de una calle, nombre citado hasta el hartazgo por los oportunistas de turno. Me pregunto entonces si próceres de otras latitudes eran tan kamikazes, tan borders… porque no fue esa la suerte de otros padres de la unificación de Naciones americanas como George Washington, o europeas como Giuseppe Garibaldi, u Otto Von Bismarck. Tal vez Argentina no cambia tanto de ADN después de todo.

¿Hace falta hacer un compendio de lugares comunes para asegurarse un éxito comercial que tal vez aun así y todo no llegue?, No llores por mí, Inglaterra no tiene música del grupo Serú Girán como promete el título y está bien porque es una película de época y se queda a mitad de camino entre tomarse en serio, como han hecho otras parodias de época como Tom Jones, del gran Tony Richardson, pero tampoco la desopilante pero efectiva Erik, el Vikingo, de Terry Jones. La premisa del fútbol por el fútbol en sí parece ser poco para construir una película entera a su alrededor. Ni siquiera Escape a la victoria, aquella película bélica con Michael Caine y Pelé, lo hizo así.


No llores por mí, Inglaterra intenta parodiar esa porción vital de nuestra historia echando mano de datos verídicos en parte y otra de licencias que en algunos casos resultan graciosas, apuntaladas por una selección de actores cuya valía no se pone en duda, especialmente Mike Amigorena -que entiende esto de actuar la comedia en serio-, un Damián Dreizik desaprovechado, Mirtha Busnelli haciendo lo que siempre le vemos hacer, Luciano Cáceres cómodo en su rol, y Gonzalo Heredia que entendió muy bien lo que es el absurdo, sorteando con éxito el peso de un protagónico. Pero no basta, si el espectador promedio -y al parecer el especializado también- aún se ríe con chistes donde se ve salir humo de marihuana, eso habla mucho del público argentino.

¿Oportunismo con el inminente mundial 2018 en las puertas?, poco importa porque el pseudo cariz político también fue de corto vuelo, “fútbol como distracción de masas”, “amenazas con retenciones fiscales”… ¿Guiños al público futbolero?, dicen presente y en ocasiones alcanzando su cometido causando gracia, pero se pierden como la voz de un profesor tratando de poner orden en un aula llena de chicos gritando.

No obstante hay cosas positivas en los rubros técnicos como la reconstrucción de época, los efectos digitales para poner el Buenos Aires colonial como telón de fondo, por momentos No llores por mí, Inglaterra: El ADN es más fuerte 4magnífico y ampuloso, y por otros una auténtica cloaca -tal como uno se imagina que era en realidad- así como la iluminación de velas en escenas nocturnas… ¿pero son hoy en día un mérito a destacar estas tecnologías en una era donde existe un piso de calidad -una vez que se obtiene el presupuesto- en la cual todas las producciones las poseen? Lo que sigue importando es la historia, su planteamiento, pero utilizar música contemporánea en momentos supuestamente emotivos en una película que aunque sea una farsa es de época… no se explica el rumbo, cuando por el contrario otros momentos con notas de clavicordio fueron más acertados.

Recuerdo cuando Diego Capusotto en el programa televisivo que llevaba su nombre pasaba justamente videos con sus bandas preferidas, desde rock progresivo y jazz hasta grupos contemporáneos más experimentales del mundo y Buenos Aires también… ¿alguien hablaba de eso al día siguiente?, todos comentaban los sketches del programa, algunos más logrados que otros, pero sin embargo de la música extraña, poco conocida, nadie acusaba recibo, no germinaba en tierra extraña. Cuando se estrenó ¿Y dónde está el piloto?, trascendió su clase de humor, hoy en día es un clásico que continúan pasando sin cansancio. Las grandes obras, sean del género que sean, transgreden, movilizan, cada una en lo suyo, pero no dejan indemne, nivelando hacia arriba y evitando lugares comunes como el de “ingleses piratas”, cuando en ésa época el mundo era así, y hasta Argentina tenía “su propio pirata” que fue Hipólito Bouchard, quien además de asaltar buques españoles llegó a desembarcar en lo que hoy en día es California. No sé si el amor es más fuerte, pero pareciera que el ADN sí lo es.

No llores por mí, Inglaterra: El ADN es más fuerte 2Título: No llores por mí, Inglaterra.
Título Original: Idem.
Dirección: Néstor Montalbano.
Intérpretes: Gonzalo Heredia, Mike Amigorena, Mirta Busnelli, Diego Capusotto, Luciano Cáceres y Laura Fidalgo.
Género: Comedia, Sátira, Época.
Clasificación: Apta para mayores de 13 años.
Duración: 104 minutos.
Origen: Argentina.
Año de realización: 2018.
Distribuidora: Digicine.
Fecha de estreno: 31/05/2018

Puntaje: 6 (seis)

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