Por Emiliano Fernández

En su pretensión de película semi coral, La conquista del honor abusa de los flashbacks, lo que provoca una fragmentación narrativa excesiva y hace que por momentos reine la confusión entre las tres historias, entre esos dos pasados y ese presente que construye el relato.

La conquista del honor: Manipulación psicológica de masas 3


Clint Eastwood nos entrega uno de los proyectos más ambiciosos de su carrera, el díptico compuesto por las dos superproducciones La conquista del honor (Flags of Our Fathers, 2006) y Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima, 2006), ambas filmadas en forma paralela y estrenadas con un mes de diferencia en los EEUU. Las películas se centran precisamente en la batalla de Iwo Jima, uno de los acontecimientos más sangrientos de la segunda guerra mundial, en el que se enfrentaron tropas estadounidenses y japonesas. Los combates se prolongaron entre febrero y marzo de 1945, generando 21000 muertos japoneses y solo 6800 norteamericanos. Mientras que la obra que aquí nos ocupa apunta a retratar el bando yanqui, Cartas desde Iwo Jima (se conocerá en Febrero) hace lo propio con los asiáticos.

La conquista del honor va y viene temporalmente para contar tres historias unidas por la guerra. La primera es la de un hijo que investiga la participación de su padre en la batalla, hecho histórico que siempre se negó a comentar. La segunda describe la batalla de Iwo Jima en sí, violencia y realismo meticuloso mediante. La tercera y última historia es la del regreso de las tropas y la manipulación política a la que fueron sometidas. Estos tres relatos tienen por eje unificador a un grupo de tres militares norteamericanos, los protagonistas de un La conquista del honor: Manipulación psicológica de masas 4hecho insignificante que fue luego utilizado para garantizar el financiamiento de la contienda bélica. Luego de conquistar el Monte Suribachi, a los norteamericanos se les ocurrió enarbolar la bandera en la cima del lugar. El instante en el que seis marinos levantan un viejo caño de agua japonés con la bandera atada en la punta fue retratado por un fotógrafo circunstancial. La foto posteriormente fue utilizada por el gobierno estadounidense como emblema del supuesto heroísmo de las tropas y como mecanismo publicitario para la venta de bonos de guerra. Tres de los hombres que estaban en la foto murieron en los enfrentamientos con los japoneses, por lo que la administración política norteamericana se tuvo que conformar con los servicios de los tres sobrevivientes, a los que mandó en una campaña en busca de fondos a través de todo el país.

Como era esperable en Eastwood, aquí los extremos se chocan frecuentemente. El tono del film varía entre lo heroico y lo desencantado, entre lo esperanzador y lo pesimista. El director apela a su inteligencia para el trazado ideológico de la película, entregando una obra patriota pero no nacionalista. Para no ser acusado de belicista cae en la corrección política de mostrar “el lado oscuro de la guerra”, léase mutilaciones, vísceras al aire y litros de sangre. Por otro lado, ya sabemos que el viejo Clint es un gran relativista que empareja en todo momento las cosas, haciendo que sus infantes de marina digan que “luchan por su patria pero que mueren por sus compañeros”. Al fin y al cabo el tipo es yanqui y no es nada extraño que defienda la “causa norteamericana”, vaya uno a saber que es eso (aunque es una fija que huele a imperio…). Eastwood siempre fue un cineasta extraño, difícil de encasillar, tanto en términos cinematográficos como políticos. De hecho, él siempre dijo que comparte cosas con la derecha y con la izquierda. Esta naturaleza pendular que hace a su arte y a su visión del mundo genera obras como esta, tan minimalista como épica, tan cuestionadora como conservadora.

El film indudablemente posee algunas fallas graves que remiten a su estructuración formal. En su pretensión de película semi coral, La conquista del honor abusa de los flashbacks, lo que provoca una fragmentación narrativa excesiva y hace que por momentos reine la confusión entre las tres historias, entre esos dos pasados y ese presente que construye el relato. La La conquista del honor: Manipulación psicológica de masas 5labor del elenco es correcta y está marcada por la decisión conciente del realizador de seleccionar actores relativamente desconocidos y con poca experiencia en el mainstream hollywoodense. Personificando a los tres protagonistas encontramos a Ryan Phillippe (John “Doc” Bradley), Jesse Bradford (Rene Gagnon), y Adam Beach. Solo este último logra despegarse del resto al componer al más sufrido, complejo y sensible de los marines, el descendiente de indígenas Ira Hayes.

Las escenas que describen la batalla exudan detallismo y prolijidad pero no aportan demasiado que no se haya visto en otras oportunidades. Eastwood parece más interesado en contrastar la brutalidad del frente bélico con el montaje para los medios que el gobierno norteamericano crea alrededor de los tres militares con el fin de recaudar dinero en momentos en que la escasez era la moneda corriente. Sin embargo, aquí los resortes narrativos también fallan en aportar algo genuinamente novedoso. El mejor Clint Eastwood, el que construye retratos descarnados y melancólicos de sus personajes, recién aparece en los últimos 30 minutos del film, cuando por fin deja de lado los combates y las giras por los fondos. Desde ya que es loable eso de que “la guerra es un infierno” y que “los políticos tergiversan, desvirtúan y destruyen todo lo bueno de los pueblos”. El problema es que eso ya se dijo muchas veces en el pasado con historias muy similares a esta. El componente humano recién se da cita en el final del film, ahí es cuando el director entrega un broche de oro coherente tanto con su ideología como con su enorme talento como cineasta. La conquista del honor es una película despareja y ambivalente dentro de una carrera extensa y ecléctica. Quizás el mayor inconveniente esté en su mismo seno, en el tratar de justificar las masacres, en el buscar un sentido aunque sea en las relaciones humanas inmediatas, en los compañeros de lucha, solo luego en la patria y las generalizaciones subsiguientes. Este porfiar detrás de un sentido, de una “causa”, es lo que termina impidiendo que el film se desarrolle en toda su magnitud (no solo los continuos flashbacks colaboran en esto). Descripciones magistrales de la manipulación psicológica de masas son los films bélicos del genial Stanley Kubrick, como La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957), Dr. Insólito (Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb, 1964) y Nacido para matar (Full Metal Jacket, 1987). En ellos vemos que en la guerra prima la locura sin parangón, el canibalismo más patético y la vanagloria cíclica. Estos elementos son precisamente los que Eastwood deja sin desarrollar, a pesar de su maestría visual, la mesura general y su buena fe sociopolítica.

La conquista del honor: Manipulación psicológica de masas 2Título: La Conquista del Honor
Titulo Original: Flags of Our Fathers
Director: Clint Eastwood
Género: Basado en libro, Bélica, Drama, Histórica
Intérpretes: Ryan Phillipe, Jesse Bradford, Adam Beach, Barry Pepper, Jaimie Bell, Robert Patrick y Paul Walker
Duración: 132 minutos
Origen: Estados Unidos
Año Realización: 2006
Calificación: Apta para mayores de 13 años, con reservas
Distribuidora: Warner
Fecha Estreno: 25/01/2007

Puntaje 7 (siete)

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