Por Pablo E. Arahuete 

Se trata de ver o mirar. Eso es todo. La ópera prima de María Álvarez consigue a fuerza de paciencia y cine ver más allá de la mirada de su grupo de jubiladas que transmiten pasión, vitalidad y generan la empatía directa en cada intervención, donde la presencia de la cámara no altera la naturalidad sino que por el contrario las vuelve más vivas y trascendentes que lo que la propia imagen podría llegar a representar. La cinefilia no tiene lugares porque es lo mismo Madrid, Montevideo o Buenos Aires siempre que exista una sala a medio llenar y una pantalla capaz de transportar desde esa ventana a otros mundos, aunque lo importante surja a partir de quién mira y quién ve. Allí, el cine y la vida se encuentran por primera vez, se enamoran perdidamente y se separan cuando se encienden las luces para que al día siguiente la película sea otra, con las mismas tramas pero que nunca terminen como el olvido cuando existe la imagen y el recuerdo. No sólo para amantes del cine este documental conmovedor construye un espacio cinematográfico propio, cálido y humano sino para aquellos que viven de esa magia irresuelta cada vez que toman una cámara como María Álvarez y salen a buscar historias,fragmentos de vida en el tiempo como el de cada una de las cinéfilas que ya forman parte de ese firmamento cinematográfico.


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