Por Fernando Antonio Álvarez

Si tomáramos el surgimiento de la Nouvelle Vague y sus ecos en todas las cinematografías del mundo como un fenómeno parecido al del Big Bang con el Universo, nos veríamos obligados a nombrar a la Argentina como una honrosa excepción…ya que existen nombres de la generación del ’60 como Rodolfo Kuhn, David J. Kohon, Manuel Antín, así como el Leonardo Fabio de sus primeros tres films, que supieron pergeñar una obra personal sin caer -al menos en algunas ocasiones-  en una imitación en blanco y negro, con jazz y bossa-nova. Todo esto estaba presente porque era una realidad del mundo en ese momento, pero lo hacía conviviendo con un acervo cultural propio, vernáculo, con gusto a tierra, como diría en su libro Leopoldo Torre Nilsson, “Entre sajones y arrabal”, ya que este director (Hijo del también brillante director Leopoldo Torres Ríos) es considerado el padre de la generación del ’60, y sus películas, desarrolladas desde mediados de los ’50, representan capítulos fundamentales en la historia cinematográfica argentina, un pasaje a la adultez, repleta de metáforas, simbolismos, dudas, cuestionamientos y matrimonio entre las palabras y las imágenes, como su matrimonio con Beatriz Guido, autora de las novelas en que se basaron sus más grandes películas.

Piel de verano: Un Big Bang vernáculo 1
Torre Nilsson y su esposa Beatriz Guido.

Piel de verano, filmada en 1961, también entra en el universo de Guido, trabajado en films anteriores de Torre Nilsson, adentrándonos en secretos familiares, círculos cerrados, concéntricos, y endogámicos. Si hasta Borges con sus Ruinas circulares parece indicar el incierto destino de un país laberíntico, en el cual la verdad puede ser aún más perjudicial que la mentira.


Al igual que Ingmar Bergman, Federico Fellini o John Cassavetes, Leopoldo Torre Nilsson trabajaba siempre con sus grupos de actores fetiche, y Alfredo Alcón y Graciela Borges serían de la partida para esta viñeta oscura y divertida, que nos habla de cómo siempre crecen cosas…aún en la decadencia.

Nos topamos con el estilo así de golpe, sin previo aviso, pero lo reconocemos, y aquí está…presente en silencios, gestos, sonidos, una cortina, un mosquito, cada detalle nos cuenta algo…si sabemos verlo, claro. El diálogo tarda en llegar, y no hace falta, no se trata de cine mudo pero tampoco de tenerlo todo digerido. Estamos en 1960 y el mundo no se ha convertido aún en un cómic, no todo son superhéroes, remakes, para especular si se recaudan ganancias, y cada libro tenía algo propio que decir (como en Fahrenheit 451 de Francois Truffaut) y no pantallas que replican lo mismo una y otra vez.

Piel de verano: Un Big Bang vernáculo 2
Foto afiche: Graciela Borges en su esplendor.

 

Marcela (Graciela Borges) descansa plácidamente en la abulia de la casa en la costa, hasta que su abuela la despierta con una particular oferta, el hijo de su pareja -a quien Marcela no ve hace mucho y nunca ha soportado- se muere, irremediablemente desahuciado. Pero aunque la alcurnia aristócrata está por todos lados el dinero se encuentra del lado del abuelastro, cuyo hijo Martín (Alfredo Alcón) siempre idolatró a Marcela. Es por esto que su abuela le propone un viaje a París durante un año a cambio de que acompañe a Martín en su convalecencia final…y ella acepta, sin saber nada de lo que podría depararle el futuro. Martín llegará acompañado de dos cuidadores, un hombre y una mujer, quienes también traen sus historias a cuestas, un bastón, remedios, noches de insomnio con música que revolucionará la tranquilidad de Marcela hasta límites insospechados…pero allí, al final del arcoiris, está París, como el cuenco con monedas de oro que se encuentra fugazmente cuando llueve y hace sol al mismo tiempo.

Existen diferentes mundos y no hace falta una nave espacial para conocerlos, están todos acá en el planeta tierra. Sin embargo, algunos de ellos son tan inaccesibles como si se trataran del mismo Neptuno. Hasta se respira otra cosa distinta al oxígeno y sus muros son tan invisibles como infranqueables…hasta que algo ocurre, que nos hace sentir su presencia. Han estado desde siempre y seguirán estándolo porque así lo establece la naturaleza humana, que también es la animal. Pero ésto es mejor ignorarlo, ¿qué ocurre cuando nos confrontamos con verdades que no son liberadoras?, no siempre la verdad nos hace libres. Marcela se verá cara a cara con sus represiones, y descubrirá  otros mundos.

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Martín recordaba cada rincón de la casa aunque no iba hace años, sin embargo la enfermedad lo ha cambiado, ha domado ciertos caballos salvajes, algo de esto le cuenta a Marcela, que no es su prima -pero es como si lo fuera- y la sorprenderá con su inteligencia y su sentido del humor (que ganará terreno sobre los berrinches de enfermo), las salidas a la playa, esas cadencias y cascadas de flauta traversa, con ese aire salado que curte casi todas las pieles.

La cámara de Babsy (así le decían a Torre Nilsson en su familia) se mete por doquier, ávida e inquisidora, una vez es los ojos de Marcela, otra los de Martín, y a veces su espíritu.

La explosión de cine, como aquel Big Bang de los ’60, nos vuelve a atravesar, como una bocanada de aire fresco, como un susurro que se transforma en grito desde el mar, el tiempo es el correcto, la postura exacta, la toma se cierra para traernos un sentido desde un pasado que no debe perderse nunca porque lo que fue moderno y profundo en los ’60 será moderno y profundo para siempre.

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