Por Pablo Arahuete

¿Qué filmaría Pier Paolo Pasolini en un paseo vital con una cámara por las calles de Ituzaingó?; ¿sobre cuáles ragazzi, pibes, haría foco? Y a Pier, con su camarita distintiva e intimidante, seguro alguien lo miraría como a un extraño, escudado siempre detrás de anteojos negros tal vez para que el sol no lo descubriera desprevenido en su acto de lascivia o naturaleza instintiva cuando el deseo puede y anhela más. Ese sol es el que necesitó Raúl Perrone para volver a apostar a la estética como parte de un lenguaje infinito, que recorre sus películas, Hierba, Favula, entre otras hace tiempo y que pretende prolongarse en cada una de las historias que su cámara narra.
Sol porque la necesidad de la iluminación para filmar con una cámara estenofoica- que sin entrar en detalles- implica algo así como filmar sin lente es realmente novedoso, aunque a la vez nos retrotrae a la prehistoria del cine. Al acto en que esos pioneros, corsarios, experimentaban en el océano de la incerteza cuando la luz buscaba incipiente el agujero oscuro como Pier Paolo en la oscuridad del deseo, expuesto a la mirada del sol.

A veces un torbellino que se entremezcla con la chillona trompeta del jazz, recorre el poema cinematográfico Corsario; otras en las estrofas de un poema que no le pertenece al director de Teorema, sino que trae la voz de Verlaine en su descripción minuciosa de los jóvenes y sus características físicas, su clase obrera y su procacidad en el hablar, para encontrar en la repetición y en la textura de la imagen, que hace del desenfocar su mayor virtud, el territorio virgen para que el Corsario Raúl Perrone deambule y despliegue su arte y su pícara y estimulante idea de “robarle” algo al cine o a la vida, en los retratos actuales de esos pibes que cada día se multiplica y se aproximan a Pier Paolo Pasolini, quien llega aquí en otro de sus viajes por la fantasmática de la cinefilia, representado y en primer lugar como observador observado.


Corsario, de Raúl Perrone: Desenfocar en la tempestad 2

La superposición de planos en el mismo encuadre nuevamente hace estragos en lo visual y la singularidad de la textura de una imagen imperfecta desecha el homogéneo y discreto encanto del digital. Y nuevamente, las referencias directas con el arte y sus diferentes encuentros mágicos con el cine del realizador de Ituzaingó, que va desde el recuerdo de un poema de Dylan Thomas recitado a desgano por los distintos aspirantes a un casting en presencia del cazador furtivo de los anteojos oscuros, para que Marcelo Ricagno juegue un personaje de asistente y los rostros y cuerpos de los chicos-chicas o pibes-pibas también jueguen y no actúen, premisa irrenunciable del cine Anti Autor, que vuelve a reinventarse y no naufraga en el intento como tampoco la energía del color cuando domina el blanco y negro en los casi 60 minutos de metraje.

Tal vez el viaje a los 60, quizás un poema sin tiempo, pero esas flores de colores fuertes forman parte de un gran jardín, el de los pibes o ragazzis de Pasolini y Perrone, ambos corsarios de ley, que no temen a las tempestades de las mareas de la cultura convencional, que arremeten con bravura y riesgo a los tifones digitados de la corrección política. Hablar de un pibe, apodado “El rata”, que se ahogó en el río también es poesía de la crueldad humana. Lo levantaron con ganchos desde los pies, dicen otros chicos en las mismas condiciones mientras el sol los ilumina y parte de su infancia derrite fragilidad y vulnerabilidad, solamente repetida en los ojos cuando el foco arremete a la estética y le gana por varios cuerpos al cine del miserabilismo que es rentable.

La poesía no se mercantiliza en el pensamiento de los utópicos como esta película o poema. Simplemente, fluye con las ganas del deseo y la manera de compartirlo en una imagen fuera de foco, en un poema de otro tiempo o en los cuadros vivientes que transportan tristeza por la falta de movimiento y belleza a la vez por la perfección de los cuerpos y la luz que los baña.

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