Por Joan Segovia
La historia gira alrededor de un concierto excepcional que reúne a cuatro intérpretes famosos y con un talento reconocido y a cuatro instrumentos de valor incalculable, cuatro Stradivarius ni más ni menos. La idea es atractiva y funciona como detonante interesante para la trama, pero lo que ofrece la premisa es todo lo que se nos da.
La película se estructura a partir de ensayos, algunas discusiones y pequeños ajustes que se van resolviendo progresivamente, siguiendo una lógica casi mecánica: cada escena empuja un poco más hacia una convivencia menos forzada, hacia el entendimiento mínimo necesario para que la música fluya. No hay problema que dure más de una escena ni conflicto que no se resuelva en menos tres minutos. El problema no es la previsibilidad del desarrollo narrativo, sino la falta de fricción real dentro de él.
La música ocupa un lugar central y, en ese sentido, el film muestra un respeto genuino por el acto de tocar. Los cuerpos, los gestos y el esfuerzo físico están presentes, y eso le da una textura apreciable en cada una de las escenas de ensayo. Se percibe la exigencia, el cansancio y la tensión que implica intentar sonar como un conjunto cuando el mundo parece conspirar en contra. Este es de largo el aspecto más logrado de la obra: la música no es un adorno, es el corazón de la película y no puede existir sin ella. Errar aquí hubiese hecho fracasar el film de forma horrenda.

Sin embargo, esa atención al detalle musical no se traslada con la misma fuerza al desarrollo de los personajes. Cada uno de ellos responde a una función clara dentro del cuarteto y rara vez se sale de ese marco. No como músicos, si no como personajes es sí. Tienen sus problemas personales, pero son básicos y aparecen solo cuando el relato los necesita, y desaparecen con la misma rapidez una vez cumplida su función dramática. Casi no hay roces, ni diferencias o choques de carácter o egos, pero los pocos que vemos están contenidos, controlados para no eclipsar la historia ni desviarla de su conclusión esperada. Nunca da la sensación de que el proyecto del concierto final pueda fracasar de verdad.
La organizadora de este evento es Astrid Carlson, interpretada por Valérie Donzelli. Esta carga con el peso simbólico del legado familiar y la responsabilidad de que el concierto se realice como su padre, ya fallecido, siempre imaginó. Su conflicto está bien definido, pero se mantiene en una zona segura. El duelo y la necesidad de cumplir una promesa funcionan como motor narrativo, pero pierde toda su profundidad. Los inconvenientes que van produciéndose los sortea sin esfuerzo ni conflicto y todas la carga dramática que conlleva su misión personal apenas se nos presenta. La película parece más interesada en que Astrid sostenga el relato y aporte una excusa narrativa para ubicar al resto del elenco de personajes que en explorar sus contradicciones o ambigüedades.
Tristemente, el resto de personajes son muy planos y no se alejan de los clichés sobre músicos que uno pueda imaginar en cinco minutos. El cuarteto lo componen el músico orgulloso con su gran ego, la joven estrella que los grandes no respetan y dos más que no se soportan por rencillas del pasado: el que hizo una gran carrera en el extranjero y la que tras años de duro trabajo se ha labrado un nombre y un prestigio. El compositor también viene con su tropo incluido de estar desencantado con el trabajo que realizó años atrás y que rehúye de la compañía de las personas. Casi tiene mérito que un grupo de personajes tan bidimensionales consigan transmitir algo con su música.

El tono general oscila entre el drama moderado y la comedia ligera, sin inclinarse con decisión hacia ninguno de los dos. El humor surge de situaciones reconocibles y de choques de personalidad, pero no incomoda ni provoca, apenas te esboza una sonrisa en alguna ocasión. El drama, por su parte, evita cualquier exceso. Todo está calculado para que el espectador acompañe la historia, expectante de encontrar un giro o de que estalle una tensión, pero antes de terminar el segundo acto ya se puede ver que no va a ocurrir nada fuera de lo esperado.
Desde lo visual, Los músicos es sobria y correcta. La puesta en escena acompaña a la música, como centro narrativo que es, y los instrumentos reciben una atención casi reverencial. No hay una búsqueda formal que destaque especialmente, pero tampoco errores evidentes. La película se apoya en una realización funcional, que entiende su rol como soporte del relato y poco más.
El mensaje central es claro y reiterado: el talento individual necesita del otro para tener sentido. Escuchar, ceder y adaptarse son las claves que el film propone, tanto para la música como para la convivencia humana. Es una idea válida, incluso necesaria, pero presentada de una forma tan insistente que suena a video de autoayuda. Cada avance del grupo refuerza esa noción sin dejar espacio para otras interpretaciones ni para lecturas más incómodas.

¿El desenlace cumple con lo que promete? A medias. El final funciona como cierre lógico y emocional, e incluso puede provocar una satisfacción por ver como todo encaja y se ordena. Es coherente con el espíritu de la película, aunque también refuerza la sensación de estar ante una obra que prioriza la armonía por encima de cualquier posible disonancia. Hay puntos expresamente olvidados de la trama que no se cierran. Un buen grupo de problemas y dilemas no consiguen encontrar sus respuestas antes de que termine la película, todo por el afán de mantener la calma y dejar tocar a los músicos. Ciertamente, esperaba algo más tras los más de noventa minutos.
Los músicos es una película cuidada, bien ejecutada y honesta desde la primera escena. No busca provocar ni descolocar, sino que la acompañemos en su historia sobre un concierto imposible de repetir. Funciona como relato humano y como celebración de lo que se consigue con el trabajo colectivo hecho desde el corazón, pero se queda corta si uno intenta ir más allá de ese terreno cómodo. Se deja ver con agrado y es muy placentera de escuchar si se aprecia la música clásica, pero me temo que se olvida pronto.
Título: Los músicos.
Título original: Les musiciens.
Dirección: Grégory Magne.
Intérpretes: Valérie Donzelli, Frédéric Pierrot, Mathieu Spinosi, Emma Ravier, Daniel Garlitsky y Marie Vialle.
Género: Comedia, Drama, Música.
Calificación: ATP.
Duración: 102 minutos.
Origen: Francia.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: CDI Films.
Fecha de estreno: 29/01/2026.
Puntaje: 6 (seis)
