Por Celín Cebrián, corresponsal de Nueva Tribuna España
Ha fallecido el maestro del cine húngaro, a los 70 años, tras una larga enfermedad. Ha sido considerado uno de los directores más influyentes y visionarios del cine contemporáneo. Era un grande, un autor grandísimo, pero poco conocido, pues nacer en un país como Hungría bajo la influencia soviética tampoco le facilitaba las cosas, lo cual no fue óbice para que contara con un gran prestigio entre otros compañeros. Quizás ha muerto uno de los cinco mejores cineastas del mundo y uno de los hombres más libres a la hora de filmar. Nos ha dejado el Tarkovski húngaro. Nos ha dejado una leyenda.
Nació en el año 1955 en Pécs, Hungría, donde comenzó su carrera como director amateur. Más tarde, trabajó en Balázs Béla Stúdió, el taller de cine experimental y donde realizó su debut. Estudió en la Színház-és Filmmuvészeti Egyetem (la Academia de Teatro y Cinematografía), en Budapest, entre los años 1977 a 1981. Y fue uno de los fundadores de “Társulás Filmstúdió”, desde 1981 hasta su cierre en 1985, donde trabajó como cineasta independiente. Entre 1989 y 1990 vivió en Berlín como invitado del Berliner Künstlerprogramm des DAAD (el Programa de Artistas en Berlín del DAAD o Servicio Alemán de Intercambio Académico), y desde 1990 fue profesor adjunto en la Deutsche Film-und Fernsehakademie Berlin (DFFB, Academia Alemana de Cine y Televisión de Berlín). También ha sido miembro de la Academia Europea de Cine desde 1997. En 2003, fundó TT Filmmuhely, un taller de cine independiente, del cual fue director hasta 2011. El taller ha producido algunas películas recientes y el propio Béla Tarr hizo de productor en algunos filmes de los directores. A lo que sumar, su experiencia como director académico y profesor en Film.factory, la Escuela Internacional de Cine de Sarajevo, que él mismo fundó en 2012. Ha sido presidente de la Asociación de Cineastas Húngaros, miembro de la Academia Széchenyi de Artes y Literatura, y ha recibido el reconocimiento más prestigioso para artistas húngaros, el Premio Kossuth, así como el premio a los mejores directores en Hungría, el Premio Balázs Béla. Además ha recibido la Légion d’Honneur francesa, entre otros importantes galardones nacionales e internacionales.
Dice Rancière, en su libro de 85 páginas sobre el autor húngaro, que Béla Tarr es el cineasta materialista por excelencia. Un director de cine que siempre ha agitado la concepción que se ha tenido hasta ahora del tiempo fílmico, sobre todo ese concepto del tiempo que tiene el espectador del cine comercial, tan acostumbrado a los cortes de
montaje constantes. Comenzó haciendo filmes políticos en la Hungría comunista, pero fue cambiando de temas, de tono, yendo hacia mundos menos explorados, utilizando largos planos secuencia y el blanco y negro: sus señas de identidad. De ahí que, en Armonías de Werckmeister, tengamos esas imágenes que nos transmiten una lenta solemnidad, hasta el punto de que parecen abrirnos la puerta a un enigma. En su cine predominan las vidas difíciles. El autor piensa que “no hay razón para hablar de vidas fáciles cuando la gente está muriendo sin motivo, cuando los niños pasan hambre… Algunas vidas son duras; algunas son sencillas… Depende de tu situación social, de tus posibilidades”. Palabras que suenan a desencanto. Y añade: -“Las películas mayoritariamente ignoran que nuestra vida sucede en el espacio y en el tiempo. La lógica de la narración ignora el espacio y el tiempo. Así que no hay motivo para ver esas películas. Es más… si alguien se limita a seguir el estilo televisivo, no puedo trabajar con él”. De ahí que a los jóvenes que seleccionaba Béla Tarr en sus cursos y programas, les diera algunos consejos: “Decidle a la industria audiovisual que se joda, porque, de lo contrario, matará vuestra imaginación, vuestra libertad. Os querrán domesticar como a una mascota para que seáis parte del sistema. Así que debéis estar fuera de ese sistema. No me gustan las instituciones que te quieren educar, las instituciones donde viene un profesor que, aunque quiera hacer bien su trabajo, te está diciendo cómo cree él que debes de hacer las cosas. Y después consigues una buena nota en el examen si repites lo que él ha dicho. No…. Me parece mucho más interesante estimular la imaginación. Sin normas… Libertad, en vez de educación… Yo os puedo ayudar, `pero prefiero provocaros, empujaros a que seáis más radicales, más estrictos… pero nada más. Tenéis que ser vosotros mismos”.

Volviendo a Rancière y su estudio sobre Béla Tarr, éste afirma que el testamento del cineasta húngaro (al que tampoco le gustaba que le llamaran cineasta, ya que aseguraba que “no sabía muy bien lo que era”) es un cine muy estético, lleno de brumas y paisajes apocalípticos en los que prefiere reencuadrar que utilizar el clásico plano-contraplano, con una elaboración muy refinada de la imagen y el sonido, un buen uso del “fuera de campo” y una cuidada banda musical, cosas que contribuyen a que su cine tenga ese carácter hipnótico y envolvente que tiene, en la línea de otros grandes maestros de la cinematografía, como lo eran Antonioni, Bresson, Mizoguchi, Ozu o de Angelopoulos pasando por Tarkovski, o Milos Jancsó. Unos pocos cineastas a los que podemos llamar artistas, autores superlativos, dada la pobreza creativa y la frivolidad existentes.
Nació en el seno de una familia de clase obrera y en su cine abordó los desafíos cotidianos o las esperanzas truncadas de la juventud: “Cuando tenía veintidós años, era joven y estaba lleno de indignación. Sentía que vivía en lugar terrible para los seres humanos. Sin embargo, con el tiempo, comencé a entender mejor el mundo”. La última película que realizó fue en 2011, cuando tenía apenas 56 años. Pero las películas que realizó a lo largo de su carrera ofrecen una visión fascinante de cómo era su trabajo y cuál era su estilo inconfundible. Cada una de ellas es una experiencia única y memorable: Nido familiar (1979), El forastero (1981), Almanaque de otoño (1984), La condena (1988), Sátántangó (1994), una obra maestra con una duración de 450 minutos, más de siete horas de duración y un profundo retrato de una sociedad en decadencia. En 1996, hizo El viento sopla donde quiere, a la que siguieron Armonías de Werckmeister (2000), El hombre de Budapest (2001), Los perros resina (2003), El hombre de Londres (2007) y El caballo de Turín (2011).

En 1982, la película Gente prefabricada, ganó una mención especial en el Festival de Locarno. Sántántangó, presentada en la sección Forum Berlinale, ganó el Premio Calgari. En el año 2000, Werckmeister Harmoniak, ganó el Gran Premio de la Semana de Cine Húngaro y El hombre de Londres participó en el 2007 por la disputa de los premios en el Festival de Cannes. Dos años antes, el mismo festival había nombrado a Béla Tarr “Cineasta Extranjero del Año”. En cuanto a su último largometraje, El caballo de Turín, en 2011 recibió el Gran Premio del Jurado y el Premio FIPRESCI en Berlín.
En Sántántangó, lo que hace el director húngaro no es otra cosa que esculpir el tiempo. En ella narra la decadencia de una cooperativa agrícola en las postrimerías de la Hungría comunista desde la perspectiva de los diversos personajes que la componen. Consiguió revolucionar el arte cinematográfico. Y, como todos los grandes revolucionarios, no lo hizo desde la nada, sino a partir de unas bases formales establecidas previamente ya por otros cineastas, como los ya citados aquí con anterioridad, a los que sumar, entre otros, a Carl Theodor Dreyer. Pero el director húngaro ha ido mucho más allá que cualquiera de ellos, extremando la concepción temporal de sus películas hasta alcanzar límites insospechados. Sátántangó es la adaptación de la novela homónima de Laszlo Krasznahorkai, co-escritor del guion junto a Béla Tarr. Convertida en una película de culto, Sátántangó es una experiencia cinematográfica radical, esencialmente distinta a cualquier otra. Buena parte de la fascinación proviene del contraste entre el rigor de su puesta en escena y el carácter sórdido de su contenido. Béla Tarr impacta de lleno en el espectador con una gran fuerza visual. Deslumbrante en ocasiones, molesta en otras, pero siempre desmesurada. Queda claro que no es una película perfecta pero sí sólida, intensa y sugerente. Es una de esas películas que parecen simples pero que no lo son. Al contrario, estamos ante un filme complejo, dada su estructura, como en la novela en la que se basa, cuyo esqueleto narrativo sigue los pasos del tanto: seis adelante, seis atrás, y así se van estructurando los capítulos y, por supuesto, después las secuencias, en tomas largas, muy largas, con movimientos calculados y coreografiados a pesar de su desnudez y sobriedad. Una película despojada de la profundidad espiritual de otros autores, como Dreyer o Bergman, en ese intento de ser sublimes. Aquí esa espiritualidad se sustituye por el sarcasmo socarrón, las atmósferas cutres, sucias, decadentes, arruinadas, acompañadas por una melodía llena de ruidos, y una música de acordeón compuesta por uno de los actores protagonistas. En resumidas cuentas, un mundo hecho pedazos rodado en un poderoso blanco y negro. El autor del texto, László Krasznahorkai, ha mantenido desde el principio un estrecho vínculo con el cine de su compatriota Béla Tarr, que dio lugar a algunas de las producciones más singulares del cine europeo. Como dice el ganador del Nobel… “Béla Tarr y yo compartimos una sensibilidad particular hacia el tiempo en la narrativa. Mis frases largas buscan captar el flujo del tiempo, mientras que Tarr las traduce en planos prolongados que permiten sentir el peso de cada instante. Nuestra colaboración fue como un diálogo silencioso, donde cada cual respetaba el lenguaje del otro. Tarr convirtió los extensos párrafos en planos secuencia de varios minutos: el barro, la lluvia y el silencio sustituyen a las palabras.

Estamos ante uno de esos directores capaces de pintar el tiempo mientras abre una ventana imaginaria por donde entra la esperanza. En Armonías de Werckmeister estamos ante otra obra maestra. No es un cine para cualquiera. Eso ya lo sabemos. Pero, como dice Emilio Arias, si te gusta el cine y esto no te gusta nada, es que no te gusta el cine.
En este caso en concreto, la obra está dirigida por Béla Tarr y Agnes Hranitzky, su mujer, que es la guionista de sus películas, otra obra basada en otra novela de su amigo el escritor Lászlo Krasznahorhai, viene a ser una reflexión sobre la demagogia popular y la manipulación mental. La película recibió en 2011 el Premio de la Asociación de Críticos de Chicago y fue Nominada a la Mejor Película Extranjera. Estamos ante una mirada espeluznante sobre el ser humano. Cuando estás viendo esta película, sientes que no eres tú el que está viendo esas imágenes, sino otro, un espectro o quizás un fantasma. Esto no es Hollywood. Esto es una película húngara, extraña, en la que quizás lo importante no sea entender, sino tener la oportunidad y la experiencia de visualizar esas poderosas imágenes, y dejarse envolver por su fascinante estilo, original, único.
Béla Tarr fue uno de los mejores directores de cine vivos del buen cine, del cine de verdad, aquel que nos hace reflexionar, quizás porque el director, de joven, quería ser filósofo, pero se negó a entrar a la universidad después de rodar un cortometraje en 8 mm sobre los trabajadores gitanos en Hungría. Es el cineasta del blanco y negro y de los silencios inabarcables. Desde el día de su boda con Ágnes Hranitzky, en 1979, el cine se convirtió en el motor de sus vidas. Han estado haciendo películas a cuatro manos, un cine lleno de emociones.

Hablar de Béla Tarr es hablar de un maestro indiscutible. Su filmografía deslumbra por la profundidad de sus temas y la belleza de sus imágenes, así como por su incansable exploración del alma y del ser humano como ser social. Como dice Juan Patricio Riveroll, “si Lars von Trier hizo un camino desde el preciosismo técnico, en sus primeras películas, hasta llegar al naturalismo con el Dogma 95, Béla Tarr tomó el camino inverso, yendo del realismo, en sus primeros trabajos, al artificio formal a partir de su adaptación de Macbeth. Werckmeister harmóniák, cuya traducción sería Armonías de Werckmeister, en alusión al músico y teórico germano Andreas Werckmeister (1645-1706), es la que más me conmueve”.
Una vez que nos hemos decidido y hemos optado por ir a ver Armonías de Werckmeister (2000), y estamos metidos en la sala y sentados en la butaca, hemos de saber que ya no podremos escaparnos. Entonces, pasaremos a formar parte del espectáculo: de la grandeza de sus planos, de esa precisión de la puesta en escena y de la serenidad con la que rueda, a lo que añadir la fotografía de Gábor Medvigy o Fred Kelemen. Lo queramos o no, una vez que empiece la película sabremos por qué estamos atrapados. Y al salir, podremos preguntarnos cómo es posible que en la época de Tik Tok, Netflix y otras plataformas todavía siga existiendo este cine, este milagro, esta maravilla dirigida a todos los soñadores del mundo, a esos que tenemos un corazón valiente, los mismos que vamos a ver el cine de Ozu, Tarkovsky, Bergman, Dreyer, Bresson o Malick.
El relato nos presenta a un cartero llamado János Valuska, que se ve inmerso en un verdadero caos, entre el fuego apagado de una estufa y una ballena varada en la plaza. Corren los años ochenta. La monótona vida de una fría y pequeña ciudad se ve alterada con la llegada de un circo ambulante, acompañado por una enigmática figura a la que llaman El Príncipe, que promete exhibir a la ballena más gran del mundo. Este insólito acontecimiento, añadido al clima sofocante de la “caza de brujas” contra los disidentes políticos, provoca una ola de recelo y desconfianza, que acaba de forma violenta. Frente a esa masa humana, un individuo, el joven y soñador János, se interesa por todo cuanto le rodea y se siente fascinado por cuanto ve: un enorme cetáceo muerto con un ojo que le mira. Béla Tarr y Agnes Hranitzky convierten esta película en un poema visual con el que vienen a decirnos que el autoritarismo y la tiranía colectiva, además de que anulan la inteligencia, siempre son una amenaza, puesto que la fuerza bruta desestabiliza.
El cadáver de la ballena gigante, un trozo de carne putrefacta en medio de la plaza, es una de las imágenes más inquietantes y extrañas que ha generado el cine en las últimas décadas. Mucho se ha escrito de lo que representa la ballena… sin embargo, Béla Tarr se ha desmarcado de ciertas interpretaciones y significados que, algunos críticos y analistas, han querido darle a esas imágenes, alegando que todo eso tiene mucho que ver con lo cósmico. Y añade: “Siempre he conservado una sensibilidad social. Me pongo al lado de la gente que sufre. Denuncio todas las formas de humillación y no soporto la violencia contra el ser humano. Al profundizar más, comprendí que los problemas, en un momento determinado, también podrían ser ontológicos. El mundo es cósmico. Esa es la historia de la humanidad”.

Es una película en la que destacan muchos momentos: el primer encuentro de János con la ballena dentro del camión, el viejo desnudo dentro de la bañera…, pero sobre todo ese prólogo con un interminable plano secuencia que tiene lugar en la taberna, que está a punto de cerrar. Puro lirismo. Es ese momento en el que el cartero hace representar el funcionamiento de la rotación de la tierra alrededor del sol y de los eclipses, y pone a los clientes, bastante ebrios ya, a girar como si fueran astros y satélites, y les dice: ”Y ahora veremos una explicación que nos ayudará a comprender, incluso a gente sencilla como vosotros, el significado de la inmortalidad. Lo único que os pido es que caminéis conmigo en la constancia por la inmensidad, la quietud y la paz que reinan en un vacío infinito…”.
Un drama oscuro, lento… aburrido en ocasiones, pero un deleite para la vista, compuesto por 39 secuencias, la mayoría de ellas rodada en plano secuencia, casi sin música, llenas de silencios y de pesimismo. Hay quien ha llegado a afirmar que en esta película no hace frío, hiela; no hay pobreza, hay miseria; no hay bares, hay tugurios; no hay suciedad, hay mugre. Y además también hay caos, violencia y donde, salvo los borrachos, nadie sonríe. Pero, como no podía ser de otra manera, en esta película también hay luz. Y los personajes gozan de una profunda humanidad.
Todo está en ruinas, la ruina de la modernidad, ese proceso de decadencia en el que está inmerso el sujeto contemporáneo, un paisaje muy análogo al actual en el que el individuo tiende a la soledad, al vacío, sin un horizonte que divisar a lo lejos.
El cetáceo del film se introduce en la plaza del pueblo y en sus creencias como si fuera un caballo de Troya, escondido en la parafernalia circense de charlatán, ecos del comunismo, que, en Hungría concretamente y tras la Segunda Guerra Mundial, sustituyó al colaboracionismo fascista de la Cruz y la Flecha de Szálasi. El príncipe alienta de la destrucción, como en su día Nietzsche y su león y su sentido estético nos previnieron de que serían vendidos al nazismo.
Armonías de Werckmeister no deja de ser una fábula, un relato con tintes misteriosos, que consigue reflejar el daño que hace el ejercicio del poder, su presencia y su implacable objetivo: dirigir y someter a los ciudadanos, manipular a las masas, ya sea a través de la extorsión o del miedo. El miedo es el símbolo de los esclavos.
