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viernes, 30 enero 2026
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Crónicas temporáneas – Capítulo 2: Claude Lelouch

NO ME IMAGINABA QUE ERAS TAN LELOUCH

Por Walter C. Medina

“No me imaginaba que eras tan Lelouch/ tu beso en el vidrio/ dejó marcado el rouge”, rezaba la letra de “Tomo lo que encuentro”, hit extraído de “Locura” (1985), quinto álbum de Virus, la banda de los hermanos Moura.

Recordaba la letra como si la hubiese escuchado por última vez aquella misma mañana. La susurraba mientras iba de camino a mi encuentro con el director de cine francés cuyo apellido le había servido de inspiración a Federico Moura, para adjetivar a una joven romántica y soñadora. ¿Lo sabría? ¿Sabría Claude Lelouch lo que ser muy “lelouch” significaba, según aquella vieja canción?

La tercera jornada del 32º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata había amanecido fresca pero soleada. La expectativa por las películas de la Competencia Internacional se manifestaba en las interminables filas para acceder a los cines, en el centenar de periodistas acreditados, y en la convocante serie de actividades paralelas que recientemente habían comenzado a formar parte de la grilla del festival. La muestra marplatense seguía viva y coleando, a pesar de los recortes en Cultura y del desfinanciamiento del INCAA que, por aquellos años, sembraban dudas respecto de su continuidad.  

Mi cita con el realizador que alguna vez había alzado la estatuilla más preciada que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, estaba programada para las 10 AM. Restaban apenas unos cuantos minutos; sin embargo el viento gélido proveniente de la costa me dio el impulso final para comenzar a subir los peldaños de la escalera de acceso al hotel Hermitage. 

No era aún la hora acordaba, aunque de todos modos me anuncié en el vestíbulo.  

“El señor Claude Lelouch lo espera; lo acompaño”, me dijo una de las recepcionistas de aquel emblema arquitectónico marplatense que a lo largo de su historia supo hospedar a grandes celebridades del Séptimo Arte, tal como se aprecia en su “Vereda de las Estrellas”, todo un símbolo del legado cultural de la ciudad: Allí imprimieron sus manos artistas María Grazia Cucinotta, Catherine Denueve, Jacqueline Bisset, Gerard Depardieu, Juliette Binoche, Susan Sarandon, Tim Robbins, Ben Gazzara. Icónico hotel en el que ahora, y gracias la invitación cursada por la Alianza Francesa de Buenos Aires -conjuntamente con el Consulado-, se hospedaba uno de los directores de cine más prolífícos de todos los tiempos; nada más ni nada menos que el autor -entre otras sesenta joyas cinematográficas- de la doblemente oscarizada Un homme et une femme (Un Hombre y Una Mujer), de 1966.

Durante el trayecto, desde la redacción de La Capital hasta el Hermitage, había repetido en silencio la melodía que creo haber escuchado por primera vez a los quince años gracias al queridísimo Sergio “Laucha” Bassi, disc-jockey de la disco  “C. Gardel”; y al padrino musical de ese mismo “boliche bailable”, Alejandro Pont Lezica, que por aquellas épocas solía visitar Necochea, trayendo consigo su rico bagaje de novedades discográficas. 

“No me imaginaba que eras tan Lelouch, tu beso en el vidrio, dejó marcado el rouge….” 

Me recuerdo cantándola una y mil veces por aquellos días de la adolescencia. En el colectivo, en la ducha, en los “asaltos” y en los recreos de mi segundo año de la escuela secundaria. Sencillamente porque se trataba de un hit. Y los hits son pegadizos. Mil veces más habría vuelto a escucharla desde entonces, seguramente, y sin embargo nunca me había detenido a pensar en el significado, según Virus, de “ser tan Lelouch”.  

La recepcionista me acompañó, tal como me lo había dicho. “Señor Lelouch….”, dijo en un perfecto francés cuando finalmente llegamos a la mesa en la que el cineasta me aguardaba, y desde donde podía observarse, a través del ventanal, el trajín de los automóviles que a esas horas circulaban por la avenida Patricio Peralta Ramos. “Le presento a Walter Medina, periodista del diario La Capital”.

Claro que la canción de Virus no era la única referencia que tenía en mente acerca del realizador nacido en París en 1937. Recodaba el impacto que me había provocado Les uns et les autres (Los Unos y los Otros), aquella miniserie reeditada en formato largometraje para su proyección internacional estrenada en 1981 que había podido ver recién en 1989 gracias a “Función Privada”, el programa para cinéfilos de ATC (Argentina Televisora Color) conducido por Carlos Morelli y Rómulo Berruti. La secuencia final era tan mágica que todavía conservaba fresco el recuerdo de Jorge Donn girando en círculos, interpretando en danza el famoso “Bolero” de Maurice Ravel.  

 

Me observó por un instante antes de ponerse de pie para estrechar su mano con la mía y expresar un “C’est un plaisir” mediante el cual dábamos inicio a la entrevista concertada dos días antes, a pocas horas de arribado a la ciudad. Inmediatamente después, y con un gesto cordial, me conminó a tomar asiento.

“Enchanté”, dije, demostrando de este modo que mi conocimiento de la lengua francesa me permitía -al menos- cumplir con lo protocolar. Lelouch sonrió, quizás debido a que mi pronunciación no había sido del todo correcta, como tampoco habría de serlo la suya –apenas unos minutos más tarde- cuando comparara los croissants franceses con las “mediolunas” argentinas. 

Eran las 10 de la mañana del 19 de noviembre de 2017, tercera jornada de la trigésimo segunda edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata que aquel año había quedado opacado por la tragedia del ARA San Juan. “Lo que importa ahora no es el cine sino la vida de las personas que están atrapadas en el fondo del océano”, iba a declarar al día siguiente la actriz inglesa Vanessa Redgrave, que había llegado a la Mar del Plata acompañada por su hijo, el guionista y director Carlo Gabriel Nero (fruto del matrimonio de Redgrave con el gran Franco Nero).

La desaparición del submarino argentino estaba en la portada de los principales diarios nacionales. Lelouch acababa de ver la noticia en La Capital, y se mostraba tan conmovido como lo estábamos todos. Sin embargo lo que nos convocaba era el cine, y a pesar de aquella tragedia que enlutaba al país entero, de cine habríamos de hablar.

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Sus ojos brillaban de una manera especial. Eran los ojos de quien había visto demasiado, de quien se había comprometido con causas y dolores ajenos para plasmarlos -desde la belleza poética- en la gran pantalla. Me impresionó la claridad con la que recordaba los episodios que definieron su vocación, la emotividad que esgrimía sin disimulo durante el repaso de los sucesos que lo catapultaron a la dirección cinematográfica, y a transformarse, mal que le pesara, en uno de los directores más aclamados por la crítica especializada. “El cine me salvó la vida”, me dijo, e inmediatamente tomé nota mental de que aquella afirmación debía encabezar la entrevista. 

Perseguida su familia por la Gestapo, el por entonces pequeño Claude Lelouch se escondía en la oscuridad de las salas de proyección. “El cine me salvó literalmente la vida. Después de la guerra el cine era mi casa y mi única obsesión. Mi padre decidió regalarme una cámara y me dijo “bueno, ahora arréglate como puedas”. Y con esa cámara he hecho 47 películas”.

El rodaje de Les uns et les autres (Los Unos y Los Otros) había dejado un sinfín de anécdotas que Lelouch estaba dispuesto a revivir. “Esa película es mi memoria de la guerra. En el filme cuento las mismas historias que escuchaba en mi casa, acerca de los hombres y mujeres que nos rodeaban. Me había impactado en particular la historia del chico que había sido de verdad abandonado en un ferrocarril, tal como lo narro en el filme. Yo amo a los sobrevivientes, son más interesantes porque cuando alguien se acerca tanto a la muerte, aprecia mucho más la vida. A veces es una fortuna esquivar la muerte. Los sobrevivientes aman la vida y es esa vida la que yo quiero compartir con el público para que también la amen. Yo soy un sobreviviente no sólo de la guerra, sino también del cine. Tengo el coraje de los sobrevivientes. Los sobrevivientes son valientes”.

Lelouch ya había estado en Mar del Plata muchos años atrás, durante la edición que correspondió al año 1965, apenas unos meses antes del estreno mundial de la aclamada Un homme et une femme. Le pregunté qué había cambiado en su filmografía desde aquella primera visita al festival. Su respuesta no se hizo esperar. “Desde entonces tuve la suerte de dirigir cuarenta películas, he vivido cuarenta vidas distintas, porque cada película es una vida. Y además soy ahora un señor mayor muy joven”.    

La irrupción de la Nouvelle Vague a finales de los años 50s fue un tema ineludible, aunque el cine de Lelouch no necesariamente se hubiera suscripto a dicha corriente cinematográfica que sumó entre sus filas a cineastas de la talla de François Truffaut y Jean Luc Godard. “Eran mis amigos, pero nunca estuve de acuerdo con la nouvelle vague. A ellos les agradezco el haberme enseñado lo que para mí no había que hacer. Realmente crecimos juntos y fuimos muy amigos; pero no hacemos el mismo cine. Ellos se dedicaron al cine profesional, mientras yo sigo siendo un amateur”.

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De Mijaíl Kalatózov a Charles Chaplin, el homenaje a sus grandes maestros estuvo presente en sus remembranzas. El primero de ellos fue quien personalmente despertó su vocación. “Antes sólo me limitaba a querer ser un cameraman, un reportero de actualidad; quería viajar, conocer el mundo, y creía que el pasaporte era sólo mi cámara. Pero observando un día de rodaje de Mijaíl Kalatózov me dije ese es el oficio que yo quiero hacer. Y desde hace sesenta años trato de hacerlo”. ¿Y Chaplin? “De él aprendí que el sentido del humor es la aspirina de la Humanidad”.

Nos despedimos con otro fuerte apretón de manos. Al día siguiente Lelouch iba a ser protagonista de la Sección Especial Charlas con Maestros, a la que por supuesto asistí. En esa instancia no imaginé que el director francés podía ser tan extraordinariamente amable como para acompañarme a paso lento hacia la recepción. Aproveché este gesto para  preguntarle en off si estaba al corriente de que su apellido había sido incluido como adjetivo en una de las canciones más populares del rock argentino de los años 80s. Su reacción fue extraordinaria. “¡Merde!”, exclamó antes de soltar una genuina risotada y asegurarme -con enorme sorpresa-  que desconocía por completo este dato. 

Antes de descender la escalinata del Hermitage arranqué una hoja de mi cuaderno de apuntes. Lelouch se quedó en silencio, quizás advirtiendo mi intención. “Virus. Álbum “Locura”, canción “Tomo lo que encuentro”, escribí con tinta azul y letra desprolija. Curioso como el niño que había sido, Lelouch tomó aquel apunte que le ofrecí, y se lo quedó observando por un instante, antes de guardárselo en el bolsillo de su campera. “Mercí”, me dijo cuando finalmente nos despedimos. “¡Vive le cinema!”, exclamó con entusiasmo adolescente, dándome una palmada en la espalda. “Que viva el cine”, le respondí con una sonrisa, antes de emprender la retirada. 

Claude Lelouch dejó huella en Mar del Plata; metafórica y literalmente. “Bon après-midi Walter”, me dijo tres días más tarde cuando me vio entre la multitud de curiosos y periodistas que cubríamos su grabado de manos en la Vereda de las Estrellas del Hotel Hermitage.

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Desde aquella entrevista he vuelto a revisar su filmografía, he visto el extraordinario documental “The Cinema of Claude Lelouch” (Amazon Prime Video), y por enésima vez me adentré en la extraordinaria “Un homme et une femme”, tan compleja y al mismo tiempo tan sencilla como lo son sus protagonistas, esas dos almas solitarias encarnadas por Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant. 

A pesar de la oferta tentadora que Hollywood le hizo a fines de los años ‘60s, Lelouch nunca traicionó ni a su cine ni a su país. Y quizás por esta misma razón, por su inmenso aporte al cine francés, por su influencia dentro del ámbito cultural galo, continúa recibiendo homenajes y reconocimientos en toda Europa.

Aquel año el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata premió con el Astor de Oro a “Wajib”, de la cineasta palestina Annemarie Jacir; otra de las gratas sorpresas de aquella histórica edición que nunca imaginamos que habría de ser tan Lelouch. 

 

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