Por Iara Reboredo
La carrera de Mona Fastvold y Brady Corbet fue evolucionando de forma paralela durante la última década. Ambos guionistas se consolidaron como cineastas con una gran conexión para lo autoral, y lo demostraron con sus películas: Corbet obtuvo amplio reconocimiento dirigiendo El Brutalista (2024), y ahora Mona Fastvold presenta El Testimonio de Ann Lee una obra igualmente ambiciosa, aunque mucho más silenciosa en su recepción. La película propone una mirada singular sobre una figura histórica poco conocida: Ann Lee. Realmente no tenía idea del argumento de esta película, y mucho menos de lo que me esperaba dentro de la sala.
En El Testimonio de Ann Lee, Mona Fastvold propone una aproximación poco convencional al género biográfico. En lugar de seguir la estructura clásica de la biopic, más que nada centrar el relato en la acumulación de hechos históricos, construye un retrato espiritual y emocional de Ann Lee, una figura histórica tan fascinante como enigmática. Nacida en Inglaterra en 1736, Ann Lee fue la fundadora y líder del movimiento religioso conocido como los “Shakers”, una comunidad protestante que defendía la igualdad espiritual entre hombres y mujeres y practicaba rituales religiosos basados en cantos, danzas y movimientos corporales que buscaban alcanzar el éxtasis místico.
Interpretada por Amanda Seyfried con una intensidad física y emocional poco antes vista en pantalla, Ann Lee aparece como una figura atravesada por múltiples contradicciones. La película reconstruye su trayectoria desde una perspectiva clara: una mujer marcada por el sufrimiento personal, atrapada en un matrimonio opresivo y progresivamente transformada en líder espiritual tras una serie de experiencias religiosas. En ese proceso, Ann Lee comienza a ser considerada por sus seguidores como la encarnación femenina de Cristo, una afirmación que desafía las estructuras de la religión del siglo XVIII.

En ese sentido, la película se articula alrededor de varios ejes temáticos que exceden el simple retrato histórico. Por un lado, aparece la cuestión de la maternidad frustrada, un trauma que marca profundamente la vida de Lee y que funciona como detonante de su transformación, y, por otro, explora la compleja relación entre religión, poder y género. En una época en la que las mujeres apenas tenían voz dentro de las instituciones, Ann Lee se posiciona como líder de una comunidad que predica la igualdad espiritual y propone un modelo de vida basado en el trabajo colectivo, la propiedad comunal y el celibato.
Uno de los aspectos más llamativos de la película es su particular aproximación al musical. A primera vista, la idea de convertir la historia en un musical podría parecer una decisión extravagante, sin embargo, la elección de la directora se sostiene en un fundamento histórico: esa comunidad realizaba rituales que incluían cantos y coreografías colectivas, prácticas que buscaban liberar el cuerpo como vía de acceso a lo divino. La película incorpora estas manifestaciones en una serie de secuencias musicales que le dan otro toque a la trama, avanza sin estancarse, y se convierte en una experiencia sensorial donde el movimiento, la voz y el ritmo adquieren un papel central.
Debo admitir que hay ciertas decisiones estéticas que acercan la película a ciertas tendencias del cine contemporáneo: el retrato de comunidades cerradas, atravesadas por tensiones internas, evoca inevitablemente a una película de M. Night Shyamalan llamada La Aldea (2004), o, en la mayor parte de las escenas, a la película de Ari Aster Midsommar – El terror no espera la noche (2019).
Más allá de eso, la ambición estética y temática de Fastvold también es, irónicamente, uno de los principales problemas de la película. El Testimonio de Ann Lee intenta abarcar demasiadas dimensiones de la figura que retrata: lo religioso, la tensión entre la fe y el fanatismo, la crítica a las estructuras patriarcales, la construcción de comunidades alternativas… Si bien estos elementos enriquecen el trasfondo ideológico, también generan una sensación de dispersión narrativa. El relato carece de grandes picos emocionales o narrativos y se desarrolla con una cadencia más contemplativa que dramática.

Algo similar ocurre con los números musicales; aunque son visualmente potentes, muchas de estas secuencias repiten una estructura similar, lo que termina generando una sensación de reiteración. La película apuesta por una integración orgánica entre lo musical y lo dramático, pero esa continuidad estética también contribuye a una cierta monotonía formal.
En ese contexto, el trabajo de Amanda Seyfried se convierte en el pilar del film. Su interpretación combina fragilidad y determinación, componiendo un personaje que oscila entre la santidad y la obsesión. Más que una heroína tradicional, es como una figura ambigua, y es esa ambigüedad, quizás, lo más interesante de la película.
Puede que El Testimonio de Ann Lee no alcance la contundencia narrativa de otras obras recientes del famoso “cine de autor”, pero su ambición estética y su mirada compleja sobre la fe la convierten en una experiencia cinematográfica bastante singular. Es una película por momentos dispersa, pero también fascinante, que te deja sin aliento, es un intento arriesgado de explorar la espiritualidad y el poder desde un lenguaje tan sensorial como imperfecto.

Título: El testimonio de Ann Lee.
Título original: The Testament of Ann Lee.
Dirección: Mona Fastvold.
Intérpretes: Amanda Seyfried, Lewis Pullman, Thomasin McKenzie, Christopher Abbott, Tim Blake Nelson, Stacy Martin, Matthew Beard y Scott Handy.
Género: Drama histórico, Musical.
Calificación: AM 16.
Duración: 114 minutos
Origen: Reino Unido/ EE.UU.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Searchlight Pictures/ Disney.
Fecha de estreno: 12/03/2026.
Puntaje: 6 (seis)
