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sábado, 14 marzo 2026
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Crónicas temporáneas – Capítulo 3: Álex de la Iglesia

ALEX DE LA IGLESIA Y EL SENTIDO DEL CAOS

Por Walter C. Medina*

Fue a la medianoche de un viernes de 1998. Las bendiciones de la televisión por cable ya habían comenzado a materializarse con opciones de hasta cincuenta canales, e incluso más. Había para todos los gustos; grandes cadenas dedicadas al deporte, una amplia gama de canales para niños y adolescentes, de noticias en continuado, de cine, de pesca y caza, de iglesias evangélicas, de ciencia, y hasta de venta de toda clase de productos, las 24 horas y en continuado.

En los años ‘90 el control remoto -el mando a distancia, como dicen en España- cambió la manera en la que mirábamos televisión. De repente teníamos el poder de subir o bajar el volumen cuando nos diera la gana, así como de saltar de un canal a otro sin la necesidad de movernos del sofá, de la cama, o de donde quiera que uno estuviese mirando televisión.

Aquella medianoche de un viernes cualquiera de 1998 detuve el frenesí vertiginoso del zapping que practicaba casi compulsivamente, recorriendo una y otra vez -desde el 1 hasta el 50- cada canal; lo detuve exactamente cuando -en el vértice izquierdo de la pantalla- el canal I.sat marcaba la hora cero en todo el país. Una voz en off anunciaba “A continuación en I.sat…. El Día de la Bestia, de Álex de la Iglesia”.

Santiago Segura, Armando De Razza y Álex Angulo en El día de la bestia (1995).

No me hizo falta más que aquel inquietante título para dejar el dedo quieto, salvo para presionar el botón del volumen hasta alcanzar el sonido que -desde el primer fotograma- la película comenzó a merecer. La música era intensa, caótica, perturbadora; una mezcla de heavy metal con electrónica que combinaba perfectamente con el tono oscuro de las primeras escenas, las del sacerdote enajenado (genialmente interpretado por el grandísimo actor vasco –fallecido en 2014- Álex Angulo) que cree que el fin del mundo está cerca, y se ha puesto al hombro la misión de detener la llegada del demonio.

Pero este texto no va de crítica de El Día de la Bestia, aunque si lo iría estaría encantado; quizás en otro momento. Porque lo que pretendo narrar es la serie de felices coincidencias que, ya desde lo profesional, se fueron dando con aquel director bilbaíno a quien, apenas unos años más tarde, precisamente en 2000, iba a conocer en persona durante una conferencia de prensa que ofreció en el Hotel Hermitage de Mar del Plata, durante la edición número quince del Festival Internacional de Cine, en la que se proyectó su quinto y genial largometraje, La Comunidad, joya cinematográfica considerada una de sus mejores realizaciones.

En el año 2000 yo estaba trabajando en la sección Espectáculos del histórico diario El Atlántico de Mar del Plata, en cuya redacción -y ya en los albores del nuevo milenio- aún se alzaban sobre los escritorios de fórmica aquellas destartaladas máquinas de escribir Remington que estaban allí desde épocas remotas, y que habían sido tecleadas por grandes periodistas ya extintos. Las únicas dos computadoras que El Atlántico había adquirido en el año 2000 se encontraban una en la oficina del querido Coqui Gastiarena, director por aquellos tiempos; y la otra en la de los Jefes Redactores, cuyos apellidos tampoco nunca olvidé: Merlo y Avellaneda. Los escritorios habían estado allí desde la década del cincuenta, o incluso de antes; los ceniceros, el teléfono amarillento, de línea, “fijo” y con el cable en tirabuzón. Las estanterías oxidadas, repletas de viejos y humedecidos ejemplares o de suplementos deportivos de los años setenta y ochenta, de la era dorada de El Atlántico, de cuando el diario se vendía como pan caliente; de diccionarios descolados, de manuales de estilo que nadie consultaba desde hacía años. En pleno año 2000 entrar a la redacción de El Atlántico era como viajar en el tiempo. Te sentías como alguno de los tantos personajes que ha dado el cine de ciencia ficción; esos tipos que -de un momento a otro- despiertan en algún momento del pasado, como me sucedía cada vez que me sentaba en mi escritorio y comenzaba a aporrear las teclas de la máquina. Era como estar en un escenario quieto, congelado en el tiempo. También recuerdo el olor de la tinta que subía desde el taller, el desorden, el murmullo, la luz mortecina, los techos descascarados, las grietas y las manchas de humedad verdeándolo todo. La crisis económica había golpeado fuerte, y muchos medios estaban en la cuerda floja, entre ellos El Atlántico, que ya no podía sostenerse solo, ni mucho menos competir en la nueva era que ya había comenzado: la era de la digitalización de los medios, y todo lo que esto supuso. De modo que si allí seguíamos -dándole a las teclas de las Remington- era sólo porque el Grupo Crónica, dirigido por Ricardo García, nos había rescatado, y la solución –aunque tristemente apenas sirviera para dilatar su agonía- fue ofrecer a los lectores una especie de “promo 2 X 1”. Ambos diarios, Crónica y El Atlántico, comenzaron a venderse (juntos) por el valor de por 1 Peso.

Siguiendo en el pasado, a la Mar del Plata de 2000 llegaba Alex de la Iglesia, autor -entre otras obras destacadas- de películas como Acción Mutante (1993), Perdita Durango (1997), Muertos de Risa (1999), además de la ya mencionada El Día de la Bestia, de 1995; y el cortometraje Mirindas Asesinas, de 1990, que había significado el interés de Pedro Almodóvar, quien lo apadrinó en la realización de su opera prima, la ya mencionada Acción Mutante.

El director bilbaíno tenía por aquel entonces treinta y cinco años. Comparo la expectativa que su presencia despertó entre el público y la prensa especializada, con la que en la edición siguiente de la muestra marplatense generaría la joven y talentosa directora salteña Lucrecia Martel tras el estreno de La Ciénaga, sin que las formas o maneras de hacer cine de ambos directores tengan ninguna relación, claro está. A la expectativa es a lo que hago referencia; a esa mención constante de su nombre, que ya comenzaba a circular entre la prensa local antes de su llegada a la ciudad. Recuerdo haber escuchado una curiosa comparación de la boca de un reconocido crítico cinematográfico de La Nación. “Es el Quentin Tarantino vasco”….

Carmen Maura, irreemplazable protagonista de La comunidad (2000).

A mí no me hacía falta más que haber visto El Día de la Bestia -aquel viernes de 1998 en I-Sat, con el control remoto en mi poder- para que me interesara cubrir la conferencia de prensa que Alex de la Iglesia iba a ofrecer después de la proyección de La Comunidad. Merlo y Avellaneda no pusieron objeción cuando lo propuse. Se trataba de uno de los cineastas que despertaba un enorme interés en la crítica especializada, y que había generado un ejército de seguidores tanto dentro como fuera de la Península Ibérica.

Aquella fue la primera vez que intercambié alguna que otra palabra para El Atlántico con Álex de la Iglesia, apenas unos minutos después de concluida la conferencia. “El cine es una forma de darle sentido al caos”, me dijo cuando le pregunté qué era para él el cine.

Nueve años más tarde, en marzo de 2009, por esas cuestiones del azar volví a conversar con Álex de la Iglesia, esta vez durante una de las fiestas organizadas en el Hotel Larios de la capital andaluza, en la cuarta jornada de la 12ª Edición del Festival de Cine Español de Málaga. Antes de aquel año, el director bilbaíno ya había vuelto a sacudir a la crítica especializada con 800 Balas (2002), Crimen Ferpecto (2004) y Los Crímenes de Oxford (2008), largometrajes que consiguieron el aplauso generalizado, sendos reconocimientos del público que llenó las salas, y en los que se reafirma un estilo único en el que la crítica social se conjuga con la sátira, el terror, la comedia negra y la ciencia ficción.

El ya fallecido John Hurt y Elijah Wood, eterno Frodo, en un pasaje de Los crímenes de Oxford (2008).

Por la tarde de aquella cuarta jornada del Festival de Cine Español de Málaga me había tocado entrevistar a Jorge Drexler para el extinto primer diario digital de la ciudad, YMalaga. La presencia del cantautor uruguayo (que en 2005 había sido laureado nada más ni nada menos que con un Premio Oscar a la Mejor Canción Original por el tema “Al Otro lado del río”, de la película Diarios de Motocicleta, de Walter Salles) tenía su motivo en la presentación del documental Un Instante Preciso, del cineasta catalán Manuel Huerga (Salvador -2006-; La Fuerza de un Silencio -2017-; Parenostre -2025-), cuya cámara seguía de cerca la gira emprendida por Catalunya unos años atrás por Drexler; una película intimista -rodada en blanco y negro- que resalta la relación cercana entre el uruguayo y su público.

Una vez finalizada la entrevista fue el mismo Drexler quien tuvo la deferencia de invitarnos a mí y a Delphine -mi compañera de vida de aquellos días-, a la proyección de Un Instante Preciso en el recientemente reinaugurado Cine Albéniz, a un posterior brindis en el tradicional bar Premier de la calle Alcazabilla, y finalmente a la fiesta que por la noche iba a reunir a cineastas, actores y prensa, en la terraza del Hotel Larios.

Caminamos con Drexler por el casco antiguo de la ciudad. En el trayecto hablamos de música, de la murga rioplatense y de su ascendencia en las chirigotas gaditanas. De un instante a otro me vi oficiando de guía turístico, ya que el autor de “Todo se Transforma” se detuvo a observar la imponencia de la catedral Basílica de la Encarnación, popularmente conocida como “La Manquita”; instante que aproveché para contarle lo que sabía al respecto: Que jamás se había podido terminar su torre sur debido a que los fondos fueron destinados a financiar la Guerra de la Independencia de Estados Unidos.

Santiago Segura, el querido Torrente, y Fernando Guillén Cuervo en la impactante Balada triste de trompeta (2010).

Drexler tarareaba melodías mientras nos dirigíamos hacia la calle Larios, coqueta peatonal de la capital andaluza. Apenas unos metros antes de arribar a destino telefoneó a su compañera, Leonor Watling, madre de su recién nacido hijo, excelente actriz (Hable con Ella -2002- de Pedro Almodóvar), y vocalista de la banda de jazz y rock Marlango. “¿Ya se durmió?”.

Subimos a la terraza del hotel. Jorge Drexler, Delphine y yo. Entre los primeros rostros que divisé estaba el de la gran Marisa Paredes, que conversaba con la directora Chus Gutiérrez. Las figuras más destacadas del cine español, sumadas a otras tantas en ciernes, colmaban la terraza del Hotel Larios, cada cual con su cubata en mano. De entre la multitud emergió Alex de la Iglesia, que caminaba hacia donde nos encontrábamos, junto con Carolina Bang -su compañera-, actriz que en los siguientes años iba brillar en películas con las que el director vasco sacudió las taquillas españolas (Balada Triste de Trompeta -2010-; La Chispa de la Vida -2011-; Las Brujas de Zugarramundi -2013-; Mi Gran Noche -2015-).

Inmediatamente después de los saludos, las felicitaciones y los abrazos, Drexler nos presentó. “Ella es Delphine, y él es Walter, periodista argentino”. Entrecruzamos besos y apretones de manos. Y aunque quizás no era el momento, se me ocurrió que debía decirle que nueve años atrás habíamos intercambiado algunas palabras en Mar del Plata: “El cine es una forma de darle sentido al caos”.

El cantante y siempre divo Raphael en Mi gran noche (2015), otro trabajo autoral del director bilbaíno junto a Jorge Guerricaechevarría.

Hablamos de su cine y del impacto que éste tenía en un público español que entendía, en cada una de sus cintas, que aquella crítica social salpicada de humor negro que alguna vez había sabido plasmar en la pantalla grande Luis García Berlanga (¡Bienvenido, Mister Marshall!, El Verdugo, La Vaquilla), tenía su continuidad –aunque de maneras y estilos diferentes- en su filmografía cargada de excéntricos personajes, de antihéroes, de frustrados y marginados.

Le conté la anécdota del control remoto con la que ilustré el primer párrafo de este extenso texto; le pregunté si seguía considerando que el cine era una forma de darle sentido al caos. Como respuesta recibí una sonrisa. “No tienes acento porteño….”, observó mientras hacía girar el hielo en su cubata. Y a continuación me soltó un interrogante: “¿Tú de qué ciudad de Argentina eres?”, pregunta que no dudé en responder sin siquiera sospechar que mi respuesta pudiera disparar un interés y un conocimiento que me descolocó por completo. “¿Necochea?. Me han dicho que hay muchos vascos allí, ¿verdad?”. (Con Alex de la Iglesia, en montaje, había trabajado el necochense Alejandro Lázaro, Premio Goya en 2009 por Los Crímenes de Oxford).

El cine era, desde su perspectiva, y tal como me lo había dicho nueve años atrás en Mar del Plata, “una forma de darle sentido al caos”, una definición que hasta el día de hoy me repito en silencio cada vez que –control remoto en mano- me dispongo a gozar de alguna película de su autoría, quizás con el ilusorio objetivo de encontrarle un sentido a mi propio caos.

*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.

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