Por Iara Reboredo
Letras Robadas parte de una idea demasiado fuerte como para fallar… o eso creía. La historia sigue a Rick Power (interpretado por Paul Rudd), un músico que sobrevive tocando en casamientos y que descubre que una canción suya se vuelve exitosa en manos de Danny Wilson (interpretado por Nick Jonas), un artista recién salido de una boyband que intenta definir su camino como solista. Desde el inicio, el conflicto puede imaginarse, pero no está explícito: se va construyendo a medida que avanza la trama. Me parece interesante cómo trabajan el guion en base a la autoría, el reconocimiento y el lugar del arte dentro de la industria musical, además de aportar un costado más realista que conecta con lo sentimental que atraviesa todo el universo que plantea.
John Carney (director de Sing Street y Begin Again), que históricamente ha trabajado historias donde la música funciona como núcleo emocional, en este proyecto parece más confiado en la eficacia de su premisa que en la construcción de cada escena. La puesta en escena rara vez propone una mirada realmente incisiva sobre los personajes o su entorno; en cambio, se apoya en una puesta funcional, que ilustra el conflicto más de lo que lo explora. Hay una sensibilidad evidente para lo musical y lo afectivo, pero esa sensibilidad no siempre se ve reflejada en pantalla. En varios momentos, la dirección parece otorgarle demasiado peso al guion, dejando en segundo plano el trabajo con la imagen, el ritmo interno de las escenas y la construcción de una identidad visual propia.
Letras Robadas no tiene una identidad clara, y eso se vuelve evidente en su diseño de producción. Hay una falta de precisión en la puesta en escena que se percibe desde la elección de los planos hasta la manera en que se organizan las escenas. En muchos momentos, la cámara parece estar simplemente registrando la acción sin aportar una mirada propia, como si la película confiara más en el guion que en la construcción visual del relato. Existen escenas en las que la construcción del espacio funciona muy bien en relación con el contexto que plantea, pero muchas otras se sienten vacías.

El sonido, que en una historia atravesada por la música debería ser un elemento fundamental, también presenta fallas notorias. Hay escenas que pierden continuidad sonora, entradas abruptas o cortes que no siempre están bien integrados, lo que genera rupturas en la experiencia. No se trata de errores aislados, sino de una sensación general de falta de cuidado en la postproducción.
La fotografía acompaña este problema. Más allá de algunos momentos bien logrados, el tratamiento visual no consigue generar una estética definida. La iluminación y el color parecen funcionales, pero no expresivos; pasan desapercibidos y terminan opacando el tono emotivo de la película. Los planos cumplen su función narrativa, pero solo en contadas ocasiones construyen atmósfera. En una película donde la música debería expandir el mundo emocional, la imagen se mantiene en un registro demasiado plano.
El montaje es, dentro de todo, el elemento más estable. Mantiene un ritmo coherente y evita que la narración se estanque, aunque sin demasiada inventiva. El uso de material de archivo me parece una decisión acertada e inteligente dentro del conjunto. La película avanza de manera correcta, pero sin aprovechar del todo las posibilidades dramáticas que su propio conflicto propone.
Las actuaciones ayudan a sostener lo esencial de la historia y le dan sentido a sus personajes. Paul Rudd construye a Rick desde una melancolía que encaja bien con un personaje que, aunque es consciente de que está relegado a un segundo plano dentro de la industria musical, no abandona del todo la necesidad de hacerse escuchar. Hay en él una mezcla entre resignación y persistencia: por momentos parece aceptar su lugar, pero en otros vuelve a intentarlo, como si cada oportunidad fuera la última para validar su música y su talento. Rudd trabaja bien esa característica sin exagerarla, dejando que se note en detalles más que en grandes gestos.
Nick Jonas, por su parte, compone a Danny desde un punto interesante: por momentos carismático, por momentos distante, como si el personaje estuviera midiendo su propia imagen. Esa dualidad le aporta algo de complejidad a la típica figura de popstar.

La relación entre ambos protagonistas es ambigua, atravesada por la admiración, la tensión y la apropiación creativa. Destaco que este último aspecto no se muestra desde un lugar totalmente egoísta, sino que presenta ambas caras de la moneda: cómo un mismo éxito puede significar cosas muy distintas según la posición desde la que se lo mire. Creo que es en ese conflicto donde la película encuentra sus mejores momentos: en la tensión entre lo que se crea y lo que se apropia.
Letras Robadas tiene un buen desarrollo de historia, incluso un elenco que se apropia de sus personajes y ayuda a que la trama se desenvuelva con fluidez, pero decae en la ejecución. Y en ese desajuste se vuelve evidente su principal problema: una realización que no logra potenciar el material que tiene entre manos.
Al final, lo que queda es la impresión de una película que podría haber sido mucho más de lo que es. No por falta de ideas, sino por falta de precisión. Porque cuando la forma no está a la altura del contenido, incluso una buena historia puede terminar sintiéndose incompleta.

Título: Letras robadas.
Título original: Power Ballad.
Dirección: John Carney.
Intérpretes: Paul Rudd, Nick Jonas, Peter McDonald, Havana Rose Liu, Jack Reynor, Sophie Vavasseur, Kelly Thornton, Marcella Plunkett y Rory Keenan.
Género: Comedia musical, Drama.
Calificación: Supervisión parental sugerida (ATP con reservas).
Duración: 98 minutos.
Origen: Irlanda/ EE.UU.
Año de realización: 2026.
Distribuidora: Diamond Films.
Fecha de estreno: 11/06/2026.
Puntaje: 6 (seis)
