Por Migue Calabria
Hay películas que no terminan de decidir qué quieren ser. Caminan la cornisa entre lo serio y lo efectista, entre el thriller contenido y el despliegue de acción al borde de lo inverosímil. En ese tironeo interno, algo se rompe. O al menos, algo se desdibuja.
Lo nuevo de James Hawes (Lazos de vida, 2023) entra exactamente en esa categoría: la de los híbridos narrativos que, en su afán por querer decir algo importante, terminan entregando una propuesta a medio cocinar. Lo digo con todo el respeto que merece un proyecto ambicioso que apuesta a hablar de temas pesados —la manipulación estatal, el revisionismo histórico, la impunidad institucionalizada— pero que, al mismo tiempo, le tiembla el pulso cuando toca aterrizar esas ideas en un cuerpo narrativo consistente. Es como si, por momentos, quisiera ser Syriana (Stephen Gaghan, 2005) pero se tentara con la idea de transformarse en Búsqueda Implacable (Taken, 2008). La mezcla no termina de cuajar.

Desde su arranque, la cinta se presenta con una impronta de seriedad. Hay planos cerrados, colores apagados, silencios incómodos. Todo está armado para dar a entender que lo que vamos a ver es profundo, que hay algo grande en juego. Y sí, claro que hay algo grande: el duelo por la muerte de una esposa, la corrupción institucionalizada, los crímenes de guerra encubiertos por organismos oficiales. El problema no es lo que se dice, sino cómo se dice, ahí es donde empiezan a aparecer las costuras.
El personaje central, interpretado por un Rami Malek (Mr. Robot, 2015-2019) que sigue demostrando una alarmante incapacidad para mutar gestualmente (la comparación con un robot no es un chiste fácil, es una realidad visible), se nos presenta como un hombre común metido en un juego de ajedrez internacional. Hasta ahí, bien. Pero mi conflicto con él es una cuestión de registro: siempre está en el mismo tono, siempre con esa mirada perdida, con esa corporalidad rígida, como si tuviera miedo de mover un músculo de más. En Mr. Robot esa desconexión emocional era funcional al personaje. Acá no y hace ruido. Es interesante ver una historia de espías donde el protagonista no tiene entrenamiento militar ni habilidades de combate dignas de una consola de videojuegos. Pero el verosímil se rompe cuando ese mismo personaje, que trabaja en una oficina, que lidia con papeles y reuniones, termina ejecutando una vendetta personal contra cuatro criminales internacionales como si fuera un clon de Ethan Hunt (Misión: imposible). Y no, no alcanza con poner cara de dolor o hacer que vomite después de matar a alguien, hay cosas que simplemente no se sostienen, por más que uno quiera creérselo, hay algo que no cierra.
Ese es el gran problema del filme: su incapacidad para definir un tono claro. La ambivalencia tonal se convierte en una carga. Hay escenas que parecen sacadas de un drama adulto, contenido, con tensión sostenida y subtexto político, pero que son seguidas por secuencias de acción donde el protagonista sobrevive tiroteos, persecuciones y explosiones con la misma facilidad con la que uno cambia de canal. Esa esquizofrenia narrativa termina desgastando la experiencia.
Técnicamente, hay que decirlo, es una obra correcta. La fotografía de Martin Ruhe, sin ser deslumbrante, construye una atmósfera gris, opresiva, que funciona con relación al mundo que retrata. La dirección es limpia, funcional, sin riesgos formales pero con pulso firme. Las escenas están bien coreografiadas, la puesta en escena es sobria y las locaciones —en su mayoría interiores burocráticos, pasillos angostos, despachos grises— colaboran con la sensación de encierro y asfixia. Incluso hay un uso inteligente de los fuera de campo para sugerir más de lo que se muestra, algo que se valora siempre.

Lo que se siente algo forzado es la duración. En determinado momento, la historia empieza a girar sobre sí misma. Las motivaciones ya están claras, el conflicto se ha instalado, pero la película insiste en estirar situaciones que no aportan nada nuevo, lo cual termina cansando. No porque uno tenga poco aguante, sino porque narrativamente se vuelve redundante, un thriller de espionaje no debería tener bajones de ritmo tan notorios y acá los tiene.
En cuanto al guion, la premisa es atractiva, pero su desarrollo peca de torpe. Hay diálogos que intentan sonar importantes pero que no dicen demasiado, personajes secundarios desdibujados que entran y salen sin dejar huella, y una sensación constante de que todo podría haber sido mucho más punzante. Cuando una película decide hablar de la CIA como entidad manipuladora de narrativas globales, debe tener algo para decir. Algo más que el típico “nos mienten desde arriba” que, si no viene acompañado de profundidad, se queda en consigna vacía.
Ahora bien, no todo es negativo. Hay momentos de tensión bien logrados, algunas ideas visuales interesantes, especialmente en el tercer acto cuando la película se pone más expresiva, y un intento de construir una mirada crítica sobre los organismos internacionales de inteligencia. Lo que falta es convicción, riesgo y decisión. Termina quedando como una propuesta que podría haber sido más, una de esas películas que si las ves en un avión, agradecés el entretenimiento pero que, si pagaste una entrada de cine, te quedás esperando un poco más, algo que nunca llega.
Título: El Amateur: Operación venganza.
Título original: The Amateur.
Dirección: James Hawes.
Intérpretes: Rami Malek, Rachel Brosnahan, Jon Bernthal, Caitriona Balfe, Michael Stuhlbarg, Holt McCallany, Julianne Nicholson, Adrian Martinez, Danny Sapani y Laurence Fishburne.
Género: Thriller, Acción, Espionaje.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 123 minutos.
Origen: EE.UU.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Disney – 20th Century Studios.
Fecha de estreno: 10/04/2025.
Puntaje: 6 (seis)
