Por Migue Calabria
Durante todos estos años del cine como experiencia sensorial, existieron muchas películas que, luego de sus estrenos, cumplían su ciclo y desaparecían. Simplemente vivían en su época, siendo éxitos moderados o fracasos ruidosos, pero que, con el tiempo, se acomodan en la memoria o se pierden en el archivo. Hay otras, pocas, muy pocas realmente, que atraviesan el calendario, que sobreviven al paso del tiempo como si hubieran pactado con algo más poderoso que la moda. Tiburón (o Jaws, si preferimos el título original), esa criatura de celuloide nacida el 20 de junio de 1975, es una de esas películas que no envejece, que no se domestica, que no se deja analizar sin pelearte un poco, sin clavarte los dientes con cada plano. Hoy, a 50 años de su estreno, sigue siendo una película perfecta: no porque no tenga errores (casi todas las cintas grandes los tienen) sino porque lo que acierta lo hace con una precisión incomparable, con una contundencia emocional y técnica que convierte cada “falla” en una anécdota, cada problema de producción en una bendición accidental.
No es exagerado decir que Tiburón es el verdadero nacimiento del blockbuster moderno. Ni Star Wars, ni Jurassic Park, ni Marvel pudieron bajarlo de ese lugar. Antes de todo eso, fue Spielberg, con 27 años y un monstruo mecánico que casi lo vuelve loco, el que parió el fenómeno. Convirtió el verano en una temporada de estrenos, puso al cine de suspenso y horror en la cima de la taquilla y demostró que el terror podía ser sofisticado, masivo y artísticamente relevante al mismo tiempo. Además, lo hizo después de Reto a muerte (Duel, 1971), esa especie de ensayo cinematográfico donde un camión sin rostro perseguía a un pobre tipo por el desierto, o visto de otra manera, una primera batalla entre el hombre y la bestia. Si Duel fue una promesa, Tiburón fue el cumplimiento brutal de esa promesa.

La historia es simple: un tiburón blanco asesino aparece en las costas de Amity Island y empieza a atacar a los bañistas. El jefe de policía Brody, interpretado por Roy Scheider, el oceanógrafo Matt Hooper, encarnado por el gran Richard Dreyfuss y un desquiciado cazador de tiburones, llevado a la pantalla por Robert Shaw, se embarcan (literal) en una misión para cazarlo. Tres tipos, un bote, y un enemigo invisible durante la primera mitad del film. ¿Qué puede salir mal? O mejor dicho, ¿cómo es que con esa sinopsis se logró una obra maestra? Bueno, ahí está la magia. Tiburón no es solo un thriller de monstruo marino, es una clase magistral de tensión narrativa, un ejercicio de puesta en escena, un ballet de planos, sonido y silencios que no pierde fuerza ni conociendo el final.
Lo notable es cómo Spielberg construye el miedo a través de la sugerencia. Por culpa de fallas técnicas en el tiburón mecánico, al que ellos mismo bautizaron como Bruce, tuvo que esconder al monstruo durante buena parte del film. Esa limitación, que podría haber sido un lastre, se convirtió en su mejor arma. Usó el agua, los barriles, la música hipnótica de John Williams y las reacciones de los personajes para insinuar lo que no se mostraba. Como Hitchcock, entendió que lo que no se ve puede ser mucho más aterrador. El resultado: una de las bandas sonoras más reconocibles de la historia, y escenas, como la de apertura, que siguen dando escalofríos.
Roy Scheider ya era conocido por Contacto en Francia (The French Connection, 1971), y su papel como el jefe Brody es, quizá, uno de los más humanos de todo el cine de género. Es el tipo común, el padre, el que no pertenece al mar pero se embarca igual. Richard Dreyfuss venía de trabajar con George Lucas en American Graffiti (1973), y encarna al científico con una mezcla de sarcasmo e idealismo contagiosa. Robert Shaw, ya consagrado por Desde Rusia con amor o El golpe, carga con un pasado shakespeariano y le pone voz al inolvidable monólogo del USS Indianápolis, una escena que corta el aire como cuchillo afilado de sushi. Los tres, juntos en el bote, son como los tres arquetipos del cine clásico norteamericano: la ley, la ciencia y la experiencia. Spielberg los dirige como un director maduro, no como un adolescente de veintipico.
Cinematográficamente, Tiburón es una sinfonía. El montaje de Verna Fields, por el que ganó el Oscar, tiene un ritmo perfecto; la fotografía de Bill Butler, con esos paneos nerviosos y la profundidad de campo en el agua, logra lo impensado: hacernos sentir en peligro incluso cuando el mar está calmo; la escena del ataque en la playa con el dolly zoom sobre Scheider (ese que Spielberg le roba a Hitchcock) es puro arte en movimiento; y por supuesto, la música de John Williams, que no solo ganó el Oscar, sino que redefinió lo que puede hacer una banda sonora. ¿Qué más se puede pedir?
A lo largo de estos 50 años, la cinta no dejó de ser influyente. Ganó tres Oscars (montaje, música y sonido), fue la película más taquillera de la historia hasta la llegada de Star Wars, y cambió la forma de distribuir cine comercial. Generó imitaciones, parodias, homenajes y secuelas que jamás estuvieron a la altura pero también se convirtió en material de estudio. En clase de guion se analiza su estructura narrativa, en clase de dirección se desmenuzan sus planos, en sonido se estudia cómo crear tensión con el diseño auditivo, Incluso desde la actuación, que es un ejemplo de cómo los personajes pueden tener capas en una historia pensada para las masas.

Spielberg jamás volvió a filmar con ese nivel de “improvisación forzada”. Después vendrían sus etapas más calculadas, más académicas pero Tiburón tiene una energía visceral, una urgencia, una juventud casi punk rock. Es la película que lo lanzó al estrellato, sí, pero también es la que más representa su talento natural para el cine, la que lo obligó a tomar decisiones bajo presión, a confiar en su instinto, la película que lo curtió y lo marcó para siempre.
Hoy, verla sigue siendo una experiencia intensa. No se siente vieja, no se siente lenta, no se siente superada. Es más: muchas películas modernas de suspenso o terror, con efectos digitales y presupuestos millonarios, se ridiculizan frente a la fuerza de este film de 1975. No porque dependa de un bicho mecánico, sino porque depende de una atmósfera, de un director que entendió que el miedo está en el fuera de campo, en la mirada, en la pausa antes del rugido, que supo combinar lo mejor del cine clásico con una sensibilidad moderna y que, sin quererlo, reinventó el género sin traicionarlo. Entonces, cincuenta años después, seguimos hablando de ella, de la película, del tiburón, del plano, de la música, del bote, del disparo final, de los tres hombres en el mar, etc. Porque hay películas que mueren y desaparecen y hay películas que muerden y no te vuelven a soltar nunca más.
Título: Tiburón.
Título original: Jaws.
Dirección: Steven Spielberg.
Intérpretes: Roy Scheider, Robert Shaw, Richard Dreyfuss, Lorraine Gary, Murray Hamilton, Carl Gottlieb, Jeffrey C. Kramer, Susan Backlinie, Jonathan Filley, Chris Rebello y Jay Mello.
Género: Basado en novela, Thriller, Terror.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 124 minutos.
Origen: EE.UU.
Año de realización: 1975.
Plataforma: Netflix.
Estreno original en Argentina: 01/01/1976.
