Gala se sienta frente al espejo y agarra los maquillajes de Kiwi como si fuesen suyos. Escribe su nombre y un corazón sobre el vidrio con labial rojo y se disfraza con un bigote y peluca: un gesto que refleja el abandono de cualquier tipo de transparencia en su persona. Una luz rojo-pasión la alumbra de costado mientras se despide por teléfono de su mamá con un frío y distante “te amo”. A través del espejo de tres partes su figura aparece duplicada, el encuadre acentúa su doble personalidad. Durante ese tiempo, Kiwi, quien se siente mal, vomita detrás de la puerta del baño al fondo de la imagen. Todos estos elementos construyen (al estilo de Úrsula en La Sirenita) el retrato dramático de Gala, la villana de la historia. Este plano es uno de los varios que evidencian lo presente que se encuentra la ópera prima de Axel Cheb Terrab en sus detalles.
El largometraje acompaña el reencuentro de dos amigas de la secundaria que hace 6 años no se ven. El intercambio ocurre dentro de un monoambiente donde las chicas, ríen, lloran, juegan y se confiesan en el transcurso de tan sólo unas horas. A medida que avanza la película, el peso dramático aumenta. El público se adentra en el pasado de las protagonistas y navega por el vínculo de ellas entre el amor y el odio, la violencia y una atracción casi erótica.

Lo teatral inunda la pantalla a través de una narración con mucho apoyo en el texto. Las actrices, Agustina Cabo y Carmen Fillol, impulsan la película hacia adelante con interpretaciones cautivantes y adecuadas al tono que cada secuencia exige. El trabajo actoral, desde la corporalidad de cada una y su relación con el espacio es muy preciso. La película se concentra de tal forma en los cruces entre ambas que resulta difícil dar cuenta de los alrededores. Es curioso que, por ejemplo, el espectador no es capaz de hacer un mapa claro en su cabeza del departamento donde se encuentran. Así, se habilita la posibilidad de que se produzcan ciertas abstracciones en las que las protagonistas parecen desplazarse hacia otro tiempo y lugar. En este sentido, la construcción del espacio guarda grandes similitudes con el escenario del teatro en el que el lugar de la historia representado puede mutar a lo largo de la obra. De esta forma, la casa de Kiwi es un departamento, pero también es el cuarto de Gala y su novio, el escenario de una obra de teatro y el lugar de una fiesta.
Gala & Kiwi es divertida, emotiva, te contagia las risas y también las lágrimas. Transcurre en un mismo lugar y momento pero se las ingenia para abarcar a través de diversos recursos un mundo más amplio. En la sala del Gaumont, donde se estrenó el jueves pasado, sucedieron momentos de inmersión total, en los que el público quieto y silencioso se veía envuelto en los sollozos y súplicas sin remedio de Gala, en el relato oral sufrido de Kiwi o en el duro monólogo de Tomás. Es una historia de pasiones intensas que explora esa falta de humanidad que incluso las personas más cercanas a uno pueden llegar a tener. La protagonista manipula y maltrata a la gente que quiere con descaro e indiferencia; resguardada bajo la máscara de una joven inocente, amorosa y seductora que desaparece, por momentos, en la mirada penetrante de Fillol.
Por supuesto que todo lo mencionado aparece atravesado por las posibilidades que el cine ofrece, las cuales el director y equipo parecen conocer bien. Los encuadres delinean las imágenes según aquello que se busca destacar en el momento: los planos cerrados en consonancia con la asfixia que Kiwi siente por su amiga; la cámara estática y respetuosa sobre el rostro de la primera cuando cuenta su experiencia traumática; o la forma en que la pantalla se desplaza ligeramente a través de los reflejos de cada una para dar cuenta de las manipulaciones entre ellas. Por su parte, el sonido, recurso audiovisual que comúnmente queda olvidado, se encuentra presente constantemente. Magnifica los ruidos exteriores e interiores del lugar construyendo un clima de intensidad y presión que cada vez aumenta más.

Sin embargo, si bien la producción alcanza todos estos logros, hacia el final se nota cierto cansancio. Algunas partes, cómo el último monólogo de Kiwi, suenan repetitivas y el sentido que se le otorga a determinados motivos (como la pulsera) queda diluido. El problema que el film exhibe es que es tan claro en su planificación de cada plano, en sus actuaciones, en las ideas que busca exponer que su forma se vuelve, por momentos, demasiado utilitaria. Aquí saltan a la vista escenas como cuando Gala, furiosa, rompe una copa de vidrio con la mano; o cuando Kiwi se desnuda justo cuando le va a confesar a su amiga lo sucedido aquella noche. Resultan modos bastante literales de narrar aquello que se quiere contar y pretenden un cierto dramatismo que no termina de estar completamente resuelto.
El largometraje se ensayó durante tres meses, se filmó en ocho días y esperó tres años para poder estrenarse en Argentina. Fue producida de manera independiente por todo un equipo de gente joven y talentosa. Atrapante, dramática y más oscura de lo que parece, invita al público a atravesar los vaivenes de esta tóxica amistad y las caras de la bestia disfrazada.
Título: Gala & Kiwi.
Título original: Idem.
Dirección: Axel Cheb Terrab.
Intérpretes: Agustina Cabo, Carmen Fillol, Bruno Coccia y Tomás Kirzner.
Dirección de Fotografía: Joaquín Pulpeiro.
Género: Drama.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 108 minutos.
Origen: Argentina.
Año de realización: 2024.
Distribuidora: Cine Tren.
Fecha de estreno: 22/05/2025.
Puntaje: 7 (siete)
