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lunes, 20 abril 2026
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Amores perros 25° Aniversario: ¿México lindo?

Por Francisco Nieto, corresponsal en España

Amores perros comienza su viaje con una dirección dinámica y original. Todo se enmarca en una composición de especímenes de un zoológico humano en el centro de la capital de México. Algunos ladran y otros son valientes, algunos son estúpidos y unos pocos incluso muerden. Pero todos están enjaulados. Existencias desgastadas por agujeros que ya no se pueden llenar: estos son los personajes de Amores Perros, el primer largometraje del realizador mexicano Alejandro González Iñárritu. Antes de que existiera su compañero Emmanuel Lubezki. Antes de que tuviera estatuillas de oro en la estantería de su sala, y antes de haber creado una verdadera obra maestra.

La primera parte de la historia es frenética y apasionante: enfrentan a los perros entre sí mientras los dueños son bestias ávidas de dinero. Hienas mexicanas. El segundo segmento, más lento y perturbador, retrata el colapso moral y mental de una pareja normal de clase media. El episodio final, reflexivo e inolvidable, es la historia de su profesor convertido en vagabundo. Tres historias unidas por un accidente de coche que trastocará las precarias vidas de los protagonistas. Un retrato auténtico del México de la década de los noventa del siglo pasado, la tierra de los mayas, que organizaba competiciones clandestinas mientras intentaban ganar la lucha por la supervivencia. Un tríptico de los miedos humanos sobre el destino de la vida.

La música sale del cerebro de Gustavo Santaolalla y entra en el nuestro. Sus enfáticas notas de guitarra se combinan a la perfección con imágenes fieles de una sociedad en decadencia. El Nuevo Realismo Mexicano de Iñárritu, de una población de mastines que nunca se rinde. Es una película que te hace comprender lo vulnerables que somos ante la muerte. Una propuesta decididamente macabra. Un drama contemporáneo, sucio y sincero.

El Chivo: la figura más cautivadora entre las historias entrelazadas es la de El Chivo. La actuación de Emilio Echevarría es formidable. Profesor de una universidad privada, un día decide huir de casa, abandonando a su esposa e hija sin dejar rastro para que su familia no le pueda encontrar. Camarada y guerrillero político, pasará años en prisión. Ahora vive como mendigo, casi criminal, con sus perros como su única familia. Para ganarse la vida, ejerce de sicario; un asesino que mata por dinero en nombre del policía que lo arrestó. Es la compleja figura de un hombre culto, resignado a la vida, que —un bastardo— lo arrastra día tras día. Su mirada está alerta, pero llena de una maldita desesperación. Un hombre que espera volver a ver a su hija, jamás olvidada, mirando al cielo entre las hojas. Un perro callejero con las cuerdas vocales cortadas. Un mastín mexicano.

Por otro lado la cinematografía de Rodrigo Prieto es lúgubre y apropiada para una película que te conmueve con sus colores abigarrados. Y te agarra por la garganta porque las imágenes te golpean como un puñetazo. Vidas devoradas por la ausencia de una figura paterna. Historias tristes de hombres y mujeres que sufren como perros. Es una película que no se pregunta si un perro es el mejor amigo del hombre, sino si el hombre es el mejor amigo del perro. La respuesta es no, nunca. Los pobres y tristes animales, que irrumpen y conectan las historias, destruirán las vidas de las máscaras involucradas, en una desesperación de identidad que une a todos con la frase final de la película: “Somos también lo que perdemos”.

La sangre que mancha a los protagonistas de esta película nos conecta directamente con un elemento cinematográfico significativo: el cuerpo. La transformación de los cuerpos y la apariencia de quienes podríamos considerar los tres protagonistas principales tendrán así un valor catártico y revolucionario. No hay ironía sobre la violencia y la muerte, ni nada que nos haga pensar en una historia pulp, pero hay que reconocer que Iñárritu revisó la estructura narrativa de Tarantino, con un relato circular entrelazado, eventos vividos desde diferentes puntos de vista, para describir la emoción y la muerte. También hay que fijarse en que un año antes, Paul Thomas Anderson hizo en parte lo que haría el cineasta mexicano, con nueve historias de vida entrelazadas en el Los Ángeles contemporáneo: Magnolia.

No hay ninguno de los trampolines conceptuales, metafóricos o incluso estéticos de las películas que concebiría y dirigiría después de su debut, que lo catapultarían a la meca Hollywoodiense. Aquí está el realismo brutal de un joven autor que lleva las historias que ha visto en su vientre. Y las da a luz con dolor.

En el año 2000, Alejandro González Iñárritu, sin pedigrí y con solo su talento, comenzó a marcar su territorio. Hoy, marca, sin restricciones, una parte de la historia del cine contemporáneo.

Título: Amores perros.  Dirección: Alejandro González Iñárritu. Intérpretes: Emilio Echevarría, Gael García Bernal, Goya Toledo, Alvaro Guerrero, Vanessa Bauche, Jorge Salinas, Marco Pérez, Rodrigo Murray, Humberto Busto, Gerardo Campbell, Rosa María Bianchi, Dunia Saldívar, Adriana Barraza, José Serami y Lourdes Echevarría. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Gustavo Santaolalla. Montaje: Alejandro González Iñárritu, Luis Carballar & Fernando Pérez Unda. Género: Drama coral, Cult movie. Calificación: AM 18 años. Duración: 153 minutos. Origen: México. Año de realización: 2000. Distribuidora: Maco Cine & MUBI. Fecha de estreno en Argentina: 19/10/2000. Reestreno 25° Aniversario: 02/10/2025.

Puntaje: 9 (nueve)

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