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jueves, 1 enero 2026
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Crónicas temporáneas – Capítulo 1: Rossy de Palma

DE CHICAS ALMODÓVAR

Por Walter C. Medina*

“¡¿Qué tal si brindas conmigo?!”

Así de directa había sido la cordial propuesta de Rossy de Palma minutos antes de iniciar la entrevista que la agencia malagueña Punto.Press me había solicitado, y que iba a tener lugar en el pub Toulouse de la capital andaluza. 

No me dio tiempo a responderle que sí, e inmediatamente procedió a ordenar los dos primeros cubatas de un afamado y exquisito ron que –con motivo de una exposición de fotografías realizadas en La Habana por la propia Rossy- auspiciaba su visita a la ciudad.

“¡Chin, chin!”, me dijo con una sonrisa amistosa, chocando su vaso de trago largo contra el mío.

Mientras la observaba ingerir los primeros sorbos de aquel dulzón elixir, no dejaba de recordar algunas de las escenas más memorables del cine español, instantes en los que Pedro Almodóvar supo potenciar la belleza picassiana de su rostro; y de toda ella en su esencia misma, claro está. El director manchego veía a Rossy como una “obra de arte”; lo había dicho durante una entrevista a finales de los años 80s. Me acordaba de esto mientras la observaba como la había observado Pedro, como a esas obras de arte que despiertan en el espectador las más absurdas reflexiones. Su cara es un lienzo de ángulos y sombras…”, pensé, intentando retener la idea.  “…Su nariz, un trazo firme y decidido”.  

“Fue durante un concierto de mi banda Peor Imposible….”, me contaría unos minutos más tarde, antes de acabar el primer cubata. “Pedro vino a verme después del show y me invitó a actuar en su película La Ley del Deseo (1987)”. Rossy fue la vocalista y fundadora de aquella banda que combinaba punk con new wave, y cuyo éxito se extendió desde 1984 a 1988.   

“¡Chin, chin!”, dijo luego por segunda vez, entusiasmada quizás por la buena recepción que su presencia estaba teniendo en la ciudad. 

Debo confesar que las seis de la tarde no son ni han sido horas –no, al menos para mí-, de arrancar con cubatas de ron. Yo me hubiera inclinado por un café con leche con bollería malagueña, un bocata de ibérico con un pizca aceite de oliva, o a lo sumo un zumo de naranjas con una tapita de rusa. Pero Rossy de Palma había ordenado dos cubatas y allí estábamos ahora, a las seis de la tarde de un día como hoy (pero de 2008), en el recientemente reinaugurado bar Toulouse -situado en la calle Echegaray, en el corazón del Casco Antiguo de la mediterránea ciudad de Málaga-, y a puro ron. 

Brindamos. Aunque para esa instancia no habíamos intercambiado más que dos o tres comentarios acerca de su vuelo desde Madrid, de la entrevista, de la agencia de noticias que iba a publicarla, del clima en Andalucía durante el otoño, etc, etc.

Durante aquellos tímidos primeros sorbos, mientras me concentraba en la profundidad de sus ojos negros, brillantes, grandes y algo saltones, recordé aquella escena mítica de Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios (1988) que, un poco por decoro y otro por no ser políticamente incorrecto, o grosero (o no deconstruido, o qué se yo), no mencionaré, aunque quienes la hayan visto la recordarán de inmediato. La escena inolvidable de Rossy en una de las películas más aplaudidas de la historia del cine español.

Hablamos de cine, por supuesto, pero también de la Movida Madrileña, aquel “destape” a la española que impactó como una ola tras la muerte de Franco y que tuvo su mayor efervescencia durante la segunda mitad de la década de los ochenta, ya reinstaurada democracia. También hablamos de música, de moda, de televisión y de literatura; del cine quinqui español y de las vidas jóvenes que se había llevado el caballo por aquellos años; de su amistad con Victoria Abril, a quien recientemente había visitado en París, y de otros tantos bueyes perdidos. Tan variado fue el temario que promediando el tercer cubata ni ella ni yo sabíamos por qué motivo –repentinamente y como si fuera parte de un guion, como si esperásemos que alguien gritara desde las sombras un “¡Corten!”- estábamos entonando a dúo una canción de Los Parchís que los dos nos sabíamos de memoria. Seguramente había surgido de una de las preguntas relacionadas con la España post-franquista; la de Adolfo Suárez, la de la Transición, la de la legalización del Partido Comunista luego de cuarenta años de clandestinidad, la de Naranjito; una España que recién iba tomando color.

De souvenir me tocó nada más ni nada menos que una de las botellas de aquella marca de ron que sponsoreó su visita a la Costa del Sol. La propia Rossy fue a buscarla a la barra del Toulouse. “Toma”, me dijo antes de que nos despidiésemos. Y sí que la tomé.   

Me alejé del Toulouse justo antes de que sonaran las campanas de “La Manquita”, cuyo nombre verdadero es Basílica de la Encarnación, una catedral imponente que mezcla el gótico con el renacentista y el barroco. Más de doscientos cincuenta años demoró su construcción, hasta que en 1782 finalmente abrió sus puertas a los fieles; con su torre sur de ochenta y cuatro metros de altura, y la inexistente norte, que nunca se construyó, lo que hizo que los malagueños la rebautizaran como “La Manquita”. Una maravilla arquitectónica de la que ahora emergía el replicar de las campanadas que anunciaban una nueva hora; eran las 8PM. Estaba refrescando, aunque ni por asomo este detalle climatológico amedrentaba el paso raudo de malagueños y turistas que -ajenos a la crisis que aquel año asoló a España tras la quiebra de Lehman Brothers y el consecuente estallido de la burbuja inmobiliaria- a esas horas aún iban y venían de una tienda a otra, aprovechando los últimos días de rebajas, previos a las ofertas navideñas. Las callejuelas angostas y serpenteantes que confluyen en la Plaza de La Merced estaban abarrotadas por el gentío; los niños corrían sonrientes remontando globos mientras que el humo denso y gris de las castañas asadas ensayaba figuras fantasmagóricas antes de desaparecer en la claridad de la noche.   

Precisamente allí, en aquella misma plaza, se alza el monumento escultórico de bronce que la ciudad inauguró años atrás para homenajear a uno de sus hijos predilectos, Pablo Picasso, que nació en el número 15 de La Merced. Es un banco de mármol en el que la figura del pintor, en tamaño natural, permite que uno pueda sentarse a su lado; un monumento que se ha convertido en el más fotografiado por los turistas que, en los días de mayor concurrencia, esperan ansiosos su turno para posar junto al genial artista malagueño. 

Me quedé un buen rato sentado a la izquierda de Don Pablo, observando el revolotear de las palomas, medio aturdido –tengo que confesar- por el efecto de los cubatas. Entre dormido y atolondrado me apoyé sobre el hombro del Padre del Cubismo (no eran aún épocas de selfis, de lo contrario quizás me hubiera hecho una), y en una incipiente duermevela no sé por qué recordé a Jean-Luc Godard diciendo que el cine es la verdad a 24 fotogramas por segundo. 

Achiné los ojos como si ajustara un objetivo y jugué entonces a adivinar cuál de todas aquellas mujeres que deambulaban por La Merced podía ser la traficante de drogas de Átame! (1989), o Marian, la misteriosa ama de casa de Julieta (2016), o la Marisa de Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios que lucha por su propia independencia, o la Elena fuerte y decidida de Madres Paralelas (2021), o la Juana de Kika (1993), aquella excéntrica asistenta de hogar. Si Godard acertaba en sus pareceres, el cine estaba sucediéndome en mis propias narices, y en las de Don Pablo Picasso, de quien Almodóvar se había inspirado para adjetivar la belleza de Rossy. (Todo encajaba). Cualquiera de aquellas mujeres podía estar interpretando el guion de su propia existencia; cualquiera de ellas, incluso –y sin ser consciente de ello- podía ser una “chica almodóvar”.   

Me despertó un niño que hizo explotar un globo muy cerca de mí. Pegué un sobresalto. Había estado cabeceando contra el hombro del autor de “El Guernica” (una escena de cine vanguardista que hasta el día de hoy lamento haber interpretado); otra vez sonaban las campanas de La Manquita. Eran las 9 de la noche de un día como hoy, pero de hace mucho, mucho tiempo. 

Volví despacio, como en cámara lenta. No hacía frío. Nunca hace frío en la Costa del Sol. Bajé por el paseo marítimo y de ahí caminé hasta Marcos de Obregón 5, 3ro “A”, aquel luminoso piso en el que viví seis años, y cuyas ventanas daban al Mediterráneo. Sin saber bien por qué, sentí por un momento una extraña sensación de añoranza, una punción, una incomodidad. “Lo que se perdió Almodóvar…”, reflexioné antes abrir el portal de entrada, mientras esquivaba latas y botellas que habían quedado en la acera tras el clásico botellón de adolescentes. Me había retrotraído al instante en el que Rossy y yo –tal como pudieran haberlo hecho dos chicas almodóvar– nos habíamos puesto a cantar a dúo “Somos cinco amigos de verdad/ cinco campanitas de cristal/ Siempre cara a Dios, lejos del dolor… Somos cinco amigos de verdad”.

Cuando me fui a la cama tenía incrustada una certeza: Bien que me pesare, casi sin querer, y sólo por un instante, de alguna manera yo también había sido una chica almodóvar, y había compartido set nada más ni nada menos que con Rossy de Palma, aunque no hubiera habido nadie detrás de cámara, ni siquiera cámara.  

Me fui quedando dormido mientras tarareaba la melodía de Parchís. Si el cine era la vida a 24 fotogramas por segundo, ¡qué escena se había perdido Pedro!, me dije en un susurro inaudible instantes antes de que Morfeo por fin me atrapara.     

*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.

 

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