Por Celín Cebrián, corresponsal de Nueva Tribuna España
El actor, el Laurence Olivier estadounidense, falleció el 15 de febrero en su granja en Middelburg, Virginia, a los 95 años. Tuvo una extensa carrera durante más de 70 años: primero sobre las tablas, luego en televisión y después en el cine.
Bob era apasionado, tenía talento y carácter. Hay quienes aseguran que era un actor histriónico, puesto que en todos sus papeles buscaba que no decayera la atención del público. Para ello interpretaba inyectando a sus personajes la máxima emoción, además de
teatralidad. Lo que más valoraba es lo que se decía y cómo se decía. Su actuación en El Padrino II (1974) fue sutil: en Tom Hagen no hay violencia física ni verbal: -“Un hombre con un maletín puede robar más que cien hombres armados”. Ésa es la frase del hijo adoptivo, además de ser el abogado de la famiglia de don Vito Corleone. No hacía ruido, pero cuando aparecía en pantalla, era tan magnético, que su presencia impactaba rápidamente en el público y le proporcionaba intensidad a la obra, aportando una verdad emocional inigualable. Digamos que pasaba desapercibido en la vida real, pero destacaba en sus personajes. Y si hablamos de su papel en Apocalypse Now (1979) como el Coronel Kilgore… En nuestra memoria todavía quedarán los ecos de aquella frase: -“¿Hueles a eso? Napalm, hijo. Me encanta el olor a napalm por la mañana. Nada en el mundo huele así. Ese olor a gasolina… Olía a victoria… Algún día esta guerra terminará…”.
Nació el 5 de enero de 1931 en California en una familia de raíces francesas, ha sido considerado uno de los mejores actores de todos los tiempos. Llegó a ser nominado a los premios de la Academia de Hollywood en siete ocasiones, consiguiendo el Oscar en 1983 por El precio de la felicidad, encarnando a un vagabundo excantante de country. Además, ganó un BAFTA, cuatro Globos de Oro, dos Premios Primetime Emmy y un Premio del Sindicato de Actores de Cine. En 2005, recibió la Medalla Nacional de las Artes de manos del presidente George W. Bush en la Casa Blanca.

Era tan camaleónico y tenía tanta pasión por su oficio… Amaba a sus personajes. Le dio todo lo que tenía dentro a sus personajes. Se vaciaba, sobre todo por la esencia humana que representaban. Ya de niño, tenía muy buen oído para quedarse con el habla de la gente para después imitarla. También tenía buen ojo para imitar sus gestos. Se quedaba con recuerdos de todo tipo. Poco a poco fue recopilando ideas. Y cuando le tocó prepararse para el papel de Mac Sledge en El precio de la felicidad (Tender Mercies), estuvo cantando con una banda de country y conduciendo por el este de Texas con un amigo, quien al final le preguntó por qué estaba haciendo todo eso, a lo que Robert Duvall le contestó: -“¡Buscan acentos…!”. E igual hizo cuando se preparó para un papel que lo convertiría en estrella: se hizo amigo de rufianes en Harlem. En otra ocasión, colaboró con la policía antes de interpretar a un investigador obstinando en Confesiones verdaderas (1981). Y para prepararse uno de los papeles más emblemáticos que hizo en teatro, que fue el estafador Teach en aquella producción de Broadway de 1977, American Buffalo, de David Mamet, se pasó un tiempo con un ex convicto, de quien copió la idea de llevar un arma en los genitales.

Era hijo de Milgred Virginia Duvall (de soltera Hart), actriz aficionada, y de William Howard Duval, contralmirante de la Marina de los Estados Unidos, cuyo padre, al parecer, descendía de Mareen Duvall, una de las primeras colonas de Maryland. Fue el segundo de tres hijos. Pasó su infancia en Annapolis, donde su padre estaba destinado en la Academia Naval. Y allí asistió a la Escuela Severn, en Severna Park y después en The Principia, San Luis, Misuri, antes de graduarse en la licenciatura de Artes Dramáticas en el Principia College Elsah de Illinois, en 1953. Su padre esperaba que asistiera a la Academia Naval, pero le dijo “soy pésimo en todo, menos actuando”. Aun así, después de la guerra de Corea, estuvo un año en el ejército y se retiró como soldado de primera clase, por lo que después recibió algunas críticas: -“Dicen que me enfrenté a los comunistas de una trinchera en Frozen Chosin… Pero, ¡diablos”, si apenas si logré terminar el entrenamiento básico con un rifle M-1”. En el invierno de 1955 asistió a la Neighborhood Playhouse School of the Theatre en la ciudad de Nueva York. Entre sus compañeros se encontraban Dustin Hoffman, Gene Hackman y James Dean, Mientras se formaba, trabajaba como empleado de correos en Manhattan.

Su carrera en el teatro, fue temprana. Comenzó en 1952 y duró hasta 1969. Mientras actuaba en el Teatro Gateway, al mismo tiempo lo hacía en el Teatro Cívico de Augusta, en el Teatro McLean de Virginia y en el Arena Stage de Washington, lo que le llevó a ser miembro del taller profesional de Sabford Meisner. Hasta que en 1959 pudo interpretar un papel principal como el de Stanley Kowalski en Un tranvía llamado deseo. Su actuación más destacada fuera de Broadway fue Panorama desde el Puente, de Miller, en el Sheridan Square Playhouse, en el año 1965. Y su primera aparición televisiva fue en 1959 en el Armstrong Circle Theater en el episodio “The Jaibreak”. En cuanto a su debut cinematográfico, fue como Boo Radley en Matar a un ruiseñor (1962), por recomendación de su guionista, Horton Foote, que se había fijado en él, ya que Duvall tenía un amor particular por la gente común y una gran capacidad para infundirle carácter a sus interpretaciones, además de hacer revelaciones fascinantes. Después vinieron varias películas, como Capitán Newman, Dr. en medicina (Captain Newman, 1963), La jauría humana (The Chase, 1966), La conquista de la luna (Countdown, 1967), Bullit (1968), Temple de acero (True Grit, 1969)… A partir de 1970, Robert Duvall se había convertido en una actor importante cuya presencia era sinónimo de calidad. Entonces, llegaron los grandes títulos: M*A*S*H en 1970, THX 1138 (1971), El Padrino (The Godfather, 1972), El Padrino II (The Godfather Part II, 1974), La Conversación (The Conversation, 1974)…, además de algunos papeles secundarios. En 1976 volvió a televisión y poco después llegó… Apocalypse Now, en 1979. Coppola dijo que Robert era uno de los cuatro o cinco mejores actores del mundo.

En los 80 continuó apareciendo en películas, con papeles de detective, como en Confesiones verdaderas (1981), de periodista, El Mejor (The Natural, 1984), agente de policía, en Vigilantes de la calle (Colors, 1988)… La actriz Tess Harper comentó que ella llegó a conocer a su coprotagonista en la película El precio de la felicidad, pero no a Robert. Es más, el director, Bruce Beresford, también comentó que la transformación del actor era tan brutal que daban escalofríos en la nuca al verlo interpretar. Era asombroso. Opiniones aparte, el actor tenía mucha personalidad, además de carácter, y no con todos los directores congeniaba. Con Beresford era uno con el que siempre tenía alguna tirantez. Se peleó también con Henry Hataway: -” Yo soy el que decide lo que voy a hacer con mi personaje. Admito las indicaciones, pero no me gusta que estén detrás de mí echándome el aliento”. No sucedía lo mismo con Ulu Grosbard, quien lo guio en Confesiones verdaderas, y también en el teatro. Duvall cantaba sus propias canciones e insistía que se pusiera eso en su contrato a la hora de cobrar lo que le correspondía. Era muy estricto con su salarios y sus derechos. Tanto que fue una de las causas por las que no participó en El Padrino III. Así lo argumentaba: -“Si le pagaran a Al Pacino el doble que me pagan a mí, no estaría mal… Lo aceptaría. ¡Pero es que le pagan cuatro veces más…!”. Fue el momento en el que decidió fundar una productora. Pero volviendo a lo de cantar en las películas… Robert también era un gran bailarín. De hecho tenía estudios como un hábil bailarín de tango argentino, como lo demostró en Assassination Tango (2002), película rodada en Argentina dirigida por el mismo actor. Incluso llegó a practicar el jiu-jitsu brasileño y artes marciales.

En los 90, siguió mostrando su categoría y su espectro, con Días de trueno (Days of Thunder, 1990), Noches de Rosa (Rambling Rose, 1991), Un día de furia (Falling Down, 1993), Fenómeno (Phenomenon, 1996)… En la década del 2000 participó más de una quincena de películas, entre las que están Pacto de justicia (Open Range, 2003), Get Low (2010), Jack Reacher – Bajo la mira (Jack Reacher, 2012), y en 2014 llegó El Juez (The Judge), junto a Robert Downey Jr. A los 84 años, Robert Duvall se convirtió en el actor de mayor edad en ser nominado al Oscar al Mejor Actor de Reparto por este papel. En 2018 apareció en el thriller Viudas (Widows). Dirigido por Steve McQueen, como un poderoso corrupto. Y en 2022 apareció en Garra (Hustle) y Los crímenes de la academia (The Pale Blue Eye) para Netflix.
Duvall se ha casado cuatro veces: con Barbara Benjamin, ex locutora y bailarina, a la que conoció en Matar a un ruiseñor; con Gail Youngs, de 1982 a 1986; con Sharon Brophy, otra bailarina (1991-1995). Y en el 2005 con su cuarta esposa, Luciana Pedraza, una argentina a la que le llevaba 41 años, nieta de la pionera de la aviación argentina Susana Ferrari Billinghurst. Así lo cuenta el actor: -“Fui a la floristería y estaba cerrada. Entonces, me fui a la panadería. Si la floristería hubiera estado abierta, nunca hubiera conocido a Luciana”. No tenía hijos. Con ella, con Luciana, fundó un Fondo para Niños para ayudar a las familias del norte de Argentina. También apoyó activamente a Pro Mujer, que ayuda a las mujeres de América latina.

Su habilidad hizo que lo compararan con Laurence Olivier. En 1980, Vincent Canby, En el New York Times, lo llamó sin rodeos “el Olivier estadounidense”. Una afirmación muy en la línea de lo que llegó a decir de él Herbert Ross, que lo dirigió en El caso final (The Seven-Per-Cent Solution, 1976). Ross llegó a decir que “sólo Duvall y George c. Scott tienen ese alcance y esa variedad que tenía Laurence Olivier”.
Como director, probó suerte en repetidas ocasiones: We´re not the Jet Set (1977), un documental sobre Nebraska, dedicado al rodeo. Angelo My Love (1983), dio lugar después

de un encuentro con un chico de la calle, una película basada sobre la vida de los gitanos en la ciudad de Nueva York. Pero ningún proyecto tenía más de su alma que El Apóstol (The Apostle, 1997), que, además de financiarlo, lo escribió, lo dirigió y lo protagonizó. En él interpreta a Sonny Dewey, un obstinado predicador en busca de redención. Recibió otra nominación al Oscar.
A todo lo largo de su carrera, no le gustaron demasiado los focos. De hecho, siempre se mantuvo a distancia de Hollywood. Afirmaba que se podía disfrutar más siendo un actor de reparto, llevando la vida de un actor secundario. Por eso durante años vivió en su rancho al norte de Virginia. Es más, si la Meca del cine se suponía que estaba dominada por los liberales, por el contrario, él era un ferviente conservador al que no le importaba sujetarle los guiones a Marlon Brando en el rodaje de El Padrino II.
