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viernes, 16 octubre 2026
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Romeo y Ofelia: Los colores de la maldad

Por Maximiliano Curcio

Con Romeo y Ofelia, Gustavo Postiglione se interna en los territorios del deseo, la violencia y la tragedia, a partir de una relectura singular de William Shakespeare, situada en la Rosario contemporánea. La película entrecruza personajes y conflictos de diversas piezas del bardo británico para construir una trama de rivalidades, lealtades y pasiones atravesada por la violencia política y marginal.

Los talentosos Guillermo Pfening, Antonella Costa, Claudia Cantero, Juan Nemirovsky y Camila Viale encabezan un elenco que encuentra en ese contraste entre lo clásico y lo contemporáneo el punto de partida para una narración concebida a partir de extensos planos secuencia: una decisión formal que convierte el tiempo real en materia dramática y obliga a intérpretes, cámara y figuras a compartir un mismo recorrido, sin cortes ni posibilidad de retroceder. El largometraje confirma además una de las constantes de la trayectoria del prolífico hacedor independiente: hacer del propio dispositivo cinematográfico un espacio de laboratorio.

Hay en Romeo y Ofelia una pericia técnica que se vuelve indisociable del relato. La cámara se desplaza por los espacios mediante travellings continuos, acompaña a quienes los habitan, los persigue y, en ocasiones, parece descubrir junto con ellos aquello que sucede. El movimiento no pretende funcionar como mero alarde de virtuosismo, sino que configura un singular conector espacial en el que las distintas zonas en donde se desarrolla la trama —el bar, las calles, los lugares de reunión, el teatro— quedan enlazadas como partes de un mismo organismo. La decisión de recurrir al plano secuencia introduce, además, una cuota de intimidad y riesgo actoral: los intérpretes no cuentan con la posibilidad de refugiarse en el montaje, y cada desplazamiento, cada pausa y cada yerro potencial quedan incorporados a la experiencia de la toma. La cámara en mano, por su parte, acentúa esa proximidad y ese margen de incertidumbre, como si la escena pudiera desbordar en cualquier momento sus propios límites.

Esa teatralidad implícita conlleva una particular sensación de espontaneidad. Postiglione, director de cine y teatro, guionista y docente, ha construido una filmografía en la que el ensayo sobre las formas de producción y la relación entre cine, actuación y representación ocupan un lugar significativo. Desde El asadito, El cumple y La peli hasta Días de mayo y Simulacro, su recorrido muestra una persistente voluntad de explorar los límites de la ficción cinematográfica. Romeo y Ofelia se inscribe en dicha búsqueda y lleva todavía más lejos la convivencia entre lenguajes: el relato, en buena medida, constituye una representación consciente de sí mismo. Rodado en el sótano de un centro cultural rosarino, el escenario, las figuras y el propio ejercicio actoral terminan formando parte de aquello que se narra.

No resulta casual, entonces, la elección del universo shakesperiano. Las razones por las que las emblemáticas obras a las que se alude continúan siendo atemporales acaso tengan que ver con esa capacidad para encontrar, detrás de las circunstancias históricas, los impulsos más persistentes de la condición humana. Locura, fantasmas, delirios de poder, ambición, deseo, traición y muerte atraviesan el drama de Romeo y Ofelia con naturalidad: no necesitan una época precisa para volver a manifestarse.

La citada temporalidad imprecisa del relato termina siendo, paradójicamente, una de sus mayores certezas: hay cuestiones atávicas de la condición humana que continúan encontrando nuevas máscaras. El odio entre propios y extraños, la lealtad sometida a prueba, la rebelión contra una filiación impuesta, la ambición de poder y el deseo condenado a fracasar remiten a fuerzas que exceden una época.

En el flamante largometraje, esa temporalidad inexacta es deliberada: estamos ante una Rosario irreconocible y extrañada, donde delitos, filiaciones y conspiraciones parecen pertenecer a un tiempo suspendido. El director no busca reproducir una coyuntura determinada; por el contrario, encuentra estimulantes formas de leer una realidad que le resulta propia. Y lo hace conjugando arte, inteligencia y experimentación.

La ciudad se transforma, así, en territorio trágico. Dos bandas rivales, viejos rencores, traiciones y rebeliones organizan una disputa en la que los vínculos familiares se confunden con los negocios y el poder. Un asesinato y el nacimiento de un amor prohibido desencadenan una cadena de acontecimientos violentos, signados por comunes denominadores: la ambición de gloria, el juego sucio y la lucha por el territorio terminan configurando una trama donde nadie parece quedar a salvo del precio de la lealtad.

Postiglione, metarreferencias mediante, dirige la mirada hacia la más amoral oscuridad de los vínculos humanos: ese punto en que la filiación deja de significar protección y puede volverse condena. La muerte excede el acontecimiento que pone en marcha la acción; maldice y mancha una ciudad entera, deja sangre en las calles y convierte la violencia en una herencia.

Los guiños a personajes y tramas shakesperianos son constantes, pero no funcionan solamente como citas culturales. De Romeo a Hamlet, de Ofelia a Julieta, de Claudio a Macbeth y de Gertrudis a Lady Macbeth, las identidades se aproximan y superponen para producir una nueva constelación dramática. El procedimiento permite que la película dialogue con textos conocidos sin quedar completamente subordinada a ellos. La relectura social ocurre, justamente, en ese desplazamiento: las tragedias clásicas son trasladadas a un paisaje donde las organizaciones delictivas y la esfera política conforman una estructura de poder contemporánea.

La música participa de esa construcción de manera igualmente particular. La permeabilidad entre lo diegético y lo extradiegético desdibuja deliberadamente la frontera entre el mundo representado y la mirada cinematográfica que lo organiza. De allí, que no se limite a acompañar la acción: en ocasiones parece surgir de ella y, al mismo tiempo, completarla desde el afuera.

El bello y tempestuoso drama que construye Postiglione se sostiene, entonces, sobre una contradicción fértil. Cuanto más visible resulta el artificio, más urgente parece la violencia que lo atraviesa. Los decorados, los desplazamientos, la teatralidad y las referencias literarias recuerdan permanentemente que estamos ante una ficción; sin embargo, las pasiones que circulan por ella adquieren una dimensión concreta, casi física. Los cuerpos dejan de ser solamente elementos de una tragedia conocida para convertirse en signos de una ciudad que parece condenada a repetir sus propias heridas.

Romeo y Ofelia encuentra allí su sentido más profundo: Postiglione toma los restos de tres tragedias, los mezcla con una realidad social reconocible y los dispone dentro de un mecanismo cinematográfico exigente, que encuentra, tanto en la labor de consagrados intérpretes como Pfening, Costa y Cantero, o ascendentes figuras como Viale, Nemirovsky o Melgar, a instrumentos capaces de comprender y encarnar la singularidad del estilo del director, condición indispensable para desplegar la potencia fílmica.

Rosario, escenario y territorio de disputa, finalmente, río de sangre, demuestra que una tragedia puede cambiar de nombre, de paisaje y de época sin dejar de hablar en tiempo presente.

CINE GAUMONT – SALA 3
Funciones del 10 al 16/9
Horario 21:30 hs.

Título: Romeo y Ofelia.
Título original: Idem.
Dirección: Gustavo Postiglione.
Intérpretes: Guillermo Pfening, Antonella Costa, Manuel Melgar, Camila Viale, Claudia Cantero, Miranda Postiglione y Juan Nemirovsky.
Género: Drama, Thriller.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 122 minutos.
Origen: Argentina.
Año de realización: 2026.
Distribuidora: Cine Tren.
Fecha de estreno: 10/09/2026.

Puntaje: 7 (siete)

 

 

 

 

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