DEL ESPECTÁCULO COREANO A LA REFLEXIÓN JAPONESA
Por Mónica Grau-Setó, corresponsal en Sitges
Este 2026 hemos asistido a películas espectaculares con zombis que evolucionan como un software a una comunidad rural amenazada por criaturas extraterrestres, pasando por intrigas en época de samuráis y a sentir las heridas del acoso escolar, el cine asiático vuelve a demostrar su diversidad en el Festival de Sitges.
Porque el Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña va mucho más allá del terror, y entre sus principales atractivos se encuentra la presencia del cine asiático, una cinematografía que año tras año ofrece propuestas capaces de renovar los códigos del género y explorar nuevas formas de narrar. La edición de 2026 ha vuelto a poner de manifiesto esa diversidad con cuatro películas procedentes de Corea del Sur y Japón que, desde planteamientos muy diferentes, invitan a descubrir distintas maneras de entender el cine contemporáneo.

Las producciones surcoreanas Colony, de Yeon Sang-ho, y Hope, de Na Hong-jin, representan dos de las apuestas más espectaculares de esta edición. Ambas recurren a amenazas extraordinarias para situar a sus personajes en escenarios de supervivencia extrema, aunque sus planteamientos son muy distintos, el primero reinventa el imaginario zombi mediante la inteligencia colectiva y la evolución de los infectados, y la otra convierte una remota población en el escenario de un enfrentamiento con criaturas de origen desconocido.
Frente a la velocidad, las persecuciones y el despliegue visual de estas dos propuestas, el cine japonés ofrece una experiencia más pausada. El samurái y el prisionero, de Kiyoshi Kurosawa, se adentra en las conspiraciones políticas y los crímenes que amenazan el equilibrio de un castillo durante el siglo XVI. Por su parte, la película de animación We Are Aliens, ópera prima de Kohei Kadowaki, aborda las consecuencias del acoso escolar y la manera en que una traición durante la infancia puede condicionar toda una vida.
Con cuatro películas, cuatro aproximaciones narrativas y cuatro maneras de relacionarse con el espectador., y desde la adrenalina hasta la introspección, Sitges vuelve a recordarnos que el cine oriental no responde a una única identidad estética ni a una sola forma de contar historias.
COLONY
Zombis que actualizan literalmente el género

Ficha técnica
Dirección: Yeon Sang-ho. Guion: Yeon Sang-ho y Choi Kyu-seok. Fotografía: Byun Bong-sun. Montaje: Han Mee-yeon. Intérpretes: Jun Ji-hyun, Koo Kyo-hwan, Ji Chang-wook, Kim Shin-rok y Go Soo. Duración: 123 minutos. Año: 2026. Género: Terror, ciencia ficción y acción.
Sinopsis: La profesora de biotecnología Se-jeong asiste a un congreso científico que termina convirtiéndose en una catástrofe cuando se libera un virus de rápida mutación. Con el edificio acordonado y los supervivientes atrapados en su interior, la amenaza crece a medida que los infectados desarrollan nuevas capacidades. El director de Train to Busan regresa al género zombi con una historia de supervivencia que introduce una inquietante variante: los muertos vivientes aprenden de sus víctimas.
Yeon Sang-ho vuelve a demostrar su capacidad para renovar un género tan transitado como el de los zombis. Desde que sorprendió al público internacional con Train to Busan (2016), también presentada en Sitges, el cineasta surcoreano ha construido un universo en el que el terror sirve también para examinar los defectos de la humanidad. Sus posteriores secuelas y aproximaciones al imaginario de los infectados, como Península y la película de animación Seoul Station, consolidaron su interés por los escenarios de colapso social.
En Colony, sin embargo, este peligro adquiere una dimensión diferente, aquí no basta con correr más que los infectados, esconderse o bloquear una puerta. Estos infectados evolucionan a medida que atacan, aprenden de sus errores y transmiten información entre ellas. Su comportamiento recuerda al de un programa informático que recibe actualizaciones constantes, en esos momentos de recarga tiemblan y no atacan, pero con cada nueva versión sus víctimas se convierten en más vulnerables.
El punto de partida nos traslada a un congreso de biotecnología celebrado en un enorme complejo comercial, con una advertencia sobre un posible ataque bioterrorista a la policía que precede a la liberación de un patógeno experimental. En cuestión de minutos, el edificio se transforma en una trampa mortal, y las autoridades sellan los accesos para impedir que la infección se extienda, mientras los supervivientes descubren que nadie acudirá a rescatarlos mientras exista riesgo de contagio.

La película juega con referentes reconocibles del cine de epidemias y muertos vivientes, desde Resident Evil hasta Guerra Mundial Z, Exterminio y Amanecer de los muertos. También evoca las historias de invasiones y pérdida de identidad de La invasión de los surpadores de cuerpos. No obstante, Yeon Sang-ho utiliza estas influencias para construir una amenaza con personalidad propia y resucita el género de los zombies con gran originalidad.
La principal novedad reside en este comportamiento colectivo de los infectados, como pueden transmitir información mentalmente entre ellos. Durante sus primeras fases, reaccionan de manera instintiva ante los estímulos visuales y atacan con una violencia descontrolada, no pueden diferenciar un humano de un póster o un video. Sin embargo, pronto empiezan a coordinarse, compartir información y aprender a reconocer las estrategias de sus adversarios. Sus movimientos sincronizados, que en ocasiones recuerdan a una coreografía, refuerzan la impresión de que ya no estamos ante una multitud de individuos, sino ante una única entidad capaz de pensar y adaptarse.
Para conseguir ese efecto, la producción trabajó con varios equipos de danza contemporánea y especialistas en movimientos colectivos. El resultado aporta una dimensión física muy particular a las secuencias de persecución y combate, con los cuerpos se desplazan con una coordinación inquietante, como si respondieran a una misma inteligencia, y sin abuso de efectos especiales.
El director establece un interesante contraste entre esa masa uniforme y los supervivientes. Entre los atrapados encontramos personajes de procedencias y personalidades muy diferentes, desde estudiantes hasta trabajadores del complejo, personal de seguridad y personas con dificultades de movilidad, y cada uno reacciona de manera distinta ante el peligro, algo habitual en el director. Algunos intentan escapar, otros se paralizan y unos pocos descubren capacidades que desconocían tener como su protagonista la doctora Kwon Se-jeong.

Esta oposición entre la inteligencia colectiva y la individualidad constituye el núcleo temático de la película, sobre todo con la protagonista. La infección no solo amenaza con destruir los cuerpos, sino que plantea la posibilidad de una humanidad que renuncie a su autonomía para convertirse en una masa perfectamente coordinada. La biotecnología, la ambición empresarial y la instrumentalización del conocimiento científico adquieren así una dimensión inquietante.
Yeon Sang-ho vuelve a utilizar el espectáculo para introducir una reflexión social, en un mundo donde las grandes organizaciones acumulan poder y la tecnología condiciona cada vez más nuestras decisiones, la pérdida de individualidad se convierte en una amenaza tan perturbadora como los propios zombis.
Colony funciona especialmente bien cuando explota la incertidumbre, y cada nueva habilidad de los infectados obliga a los supervivientes a modificar sus estrategias y al espectador a replantearse las reglas del juego. Aquí la tensión no depende únicamente de la ratonera donde se encuentran sino también en saber quién sobrevivirá, sin ignorar de qué serán capaces de aprender las criaturas en el siguiente enfrentamiento.
El resultado es una película de acción y terror que aporta nuevas posibilidades al género. Y aunque puede reconocerse la herencia de los grandes clásicos, su aproximación a la inteligencia colectiva y a la evolución de los infectados introduce un elemento diferencial. Yeon Sang-ho convierte la actualización tecnológica en una amenaza literal y demuestra que todavía es posible encontrar nuevas formas de asustar con los zombis.
HOPE
Cuando el monstruo deja de ser lo que parece

Ficha técnica
Dirección: Na Hong-jin. Guion: Na Hong-jin. Fotografía: Hong Kyung-pyo. Montaje: Kim Sun-min. Intérpretes: Hwang Jung-min, Zo In-sung, Hoyeon, Michael Fassbender y Alicia Vikander. Productoras: Forged Films, Plus M Entertainment y Westworld. Duración: 160 minutos. Año: 2026. Género: Ciencia ficción, acción y monster movie.
Sinopsis: En la remota localidad surcoreana de Hope Harbor, el jefe de policía Bum-seok y la agente Sung-ae investigan una serie de ataques que han dejado un rastro de destrucción. Mientras los habitantes intentan averiguar qué amenaza se esconde en los alrededores, un grupo de cazadores descubre que la persecución ha cambiado de sentido: ahora son ellos quienes están siendo cazados.
Tras diez años después de The Wailing (2016), Na Hong-jin regresa con una producción de dimensiones extraordinarias, estamos ante la producción surcoreana más cara de la historia. Hope apuesta por la ciencia ficción y el cine de monstruos para construir una historia de supervivencia que se aleja del tono sombrío de sus anteriores trabajos sin renunciar a la violencia, la incertidumbre y la desconfianza que caracterizan su filmografía.
Presentada en el circuito de festivales internacionales, la película destaca por su ambición visual y por un despliegue de acción que la convierte en una de las propuestas más aparatosas de Sitges 2026. Sus 160 minutos podrían hacer pensar en una experiencia excesivamente larga, pero la sucesión de situaciones límite y el crecimiento progresivo de la amenaza sostienen buena parte de su atractivo.
La historia transcurre en Hope Harbor, una pequeña población ficticia situada en una zona aislada, próxima a la zona desmilitarizada ante la frontera entre Corea del Norte y Corea del Sur, está rodeada por el mar, los bosques y una zona montañosa afectada por incendios, la localidad se encuentra prácticamente incomunicada cuando empiezan los ataques.
Sus habitantes no son soldados de élite ni expertos en enfrentarse a criaturas desconocidas, nos encontramos con pescadores, tenderos, cazadores, familias y ancianos que llevan toda una vida en una comunidad donde todos se conocen. Sin embargo, pero sin olvidar que la proximidad a una frontera militarizada ha marcado su existencia. La desconfianza, la memoria de los conflictos armados y la costumbre de vivir en alerta han creado una sociedad en la que la posibilidad de organizarse para defenderse no resulta del todo extraña. La gran mayoría de los ancianos son ex combatientes de la Guerra de Vietnam, y con el conflicto vigente con el Norte, viven rodeados de desconfianza y miedo con el otro lado, todos almacenan armas y forman milicias armadas, llevan años conviviendo con un estado de alerta, por lo que cuando algo gigante ataque el poblado estos ancianos no se quedarán escondidos.

El jefe de policía Bum-seok y la agente Sung-ae comienzan investigando la aparición de animales descuartizados. Lo que parece un caso extraño termina convirtiéndose en una pesadilla cuando los ataques alcanzan dimensiones que superan cualquier experiencia anterior. Las carreteras, las granjas y los bosques muestran las huellas de una fuerza destructora desconocida, mientras la población comprende que la ayuda exterior no llegará a tiempo.
Na Hong-jin administra la aparición de la amenaza con paciencia y durante buena parte del primer tramo, el espectador observa las consecuencias de los ataques antes de enfrentarse directamente a las criaturas, de hecho hasta el minuto 45 no aparece totalmente el monstruo y este nos recuerda a un ser del Ataque de los Titanes. El paisaje adquiere así una función narrativa, donde cada destrozo, cada rastro de violencia y cada espacio abandonado contribuyen a construir una sensación de peligro que crece antes de que podamos comprender su origen.
Uno de los aspectos más llamativos es la perspectiva visual elegida para representar a los seres ya que, en determinados momentos, la cámara parece adoptar una posición ajena a la mirada humana, como si contempláramos el pueblo desde la altura de una criatura que lo observa desde fuera. Esta decisión introduce una sensación de extrañeza y permite que el entorno cotidiano se transforme progresivamente en un escenario amenazador.
Cuando comienza la acción a gran escala, Hope despliega persecuciones espectaculares con coches, caballos y carreras a través de callejones y zonas boscosas. La fotografía de Hong Kyung-pyo contribuye a dar amplitud y fuerza a estos enfrentamientos, mientras la escala de las criaturas acentúa la vulnerabilidad de los habitantes.
La película combina registros que, sobre el papel, podrían parecer incompatibles pero esa alternancia funciona ante la pantalla, y la violencia convive con momentos de humor, especialmente a través de algunos personajes de la comunidad, y la narración va modificando nuestra percepción de lo que está ocurriendo. Lo que al principio parece una historia convencional de monstruos y supervivientes adquiere nuevas dimensiones cuando descubrimos más información sobre el origen y las motivaciones de las criaturas.
Aviso de spoilers: el siguiente párrafo revela información importante de la trama.
Inicialmente podemos pensar en algún monstruo o leyenda del bosque, pero pronto llegará la revelación de que los seres proceden del espacio, cuando localicen en el bosque una inmensa figura esférica que es una nave extraterrestre, y a partir de aquí cambia el sentido de la historia. En estos extraterrestres no todos comparten la misma función ni las mismas motivaciones entre ellos existen jerarquías, vínculos familiares y relaciones de protección. El primer ser que ha destruido medio pueblo es el guerrero y guardián Ma’veyyo, interpretado por Michael Fassbender, y está relacionado con la seguridad del príncipe heredero que ha desaparecido en la zona, mientras que J’aur, encarnada por Alicia Vikander, es la emperatriz que busca a su hijo Kali. La aparición de estos vínculos obliga a reconsiderar la naturaleza de los enfrentamientos y la frontera entre amenaza y supervivencia.
Fin de los spoilers.

Este cambio de perspectiva permite a Na Hong-jin jugar con las expectativas del cine de monstruos. La película no se limita a enfrentar a una comunidad humana contra una fuerza destructora, sino que introduce un conflicto cuyas dimensiones superan lo que los protagonistas pueden comprender inicialmente.
En ese sentido, Hope puede evocar diferentes referentes del cine de ciencia ficción y acción, desde Depredador hasta Aliens, Transformers o Avatar. Sin embargo, su interés no reside tanto en establecer comparaciones como en convertir una pequeña localidad aislada en el centro de un acontecimiento extraordinario.
El resultado es una producción que privilegia la experiencia audiovisual y la intensidad del espectáculo. Algunas decisiones narrativas pueden resultar excesivas o exigir una suspensión considerable de la incredulidad, pero su ambición formal y su capacidad para construir secuencias de acción de gran escala son indiscutibles.
Na Hong-jin demuestra que el cine coreano puede abordar el espectáculo de gran presupuesto sin limitarse a reproducir fórmulas internacionales, y Hope combina ciencia ficción, humor, violencia y drama comunitario en una propuesta desmesurada que encuentra su principal fortaleza en el impacto visual y en la progresiva transformación de aquello que creíamos estar viendo.
EL SAMURÁI Y EL PRISIONERO
Intrigas palaciegas, honor y desconfianza

Ficha técnica
Dirección: Kiyoshi Kurosawa. Guion: Kiyoshi Kurosawa. Fotografía: Yasuyuki Sasaki. Montaje: Koichi Takahashi. Intérpretes: Masahiro Motoki, Masaki Suda, Yuriko Yoshitaka, Munetaka Aoki, Jō Odagiri, Tasuku Emoto y Ryōta Miyadate. País: Japón. Duración: 147 minutos. Año: 2026. Género: Thriller histórico y misterio.
Sinopsis: Cuando el señor feudal Murashige Araki se rebela contra el poderoso Nobunaga Oda, su castillo queda sometido a un asedio. Aislado y rodeado de enemigos potenciales, deberá enfrentarse también a una serie de misteriosos asesinatos que amenazan con destruir el frágil equilibrio de su corte. Para descubrir quién está detrás de los crímenes, recurrirá a un prisionero cuya capacidad de observación puede resultar decisiva.
Kiyoshi Kurosawa, conocido por su particular aproximación al suspense y al terror psicológico en películas como Kairo, se adentra en el Japón del siglo XVI con un relato que combina intriga criminal, reconstrucción histórica y conspiraciones políticas.
Lo que inicialmente promete ser un misterio de investigación termina convirtiéndose en una reflexión sobre el poder, la lealtad y la fragilidad de las relaciones humanas. El cineasta se aleja de la imagen más espectacular del cine de samuráis, y aquí no debemos esperar grandes batallas, combates constantes ni una sucesión de duelos sangrientos. La violencia permanece en segundo plano, mientras la palabra, la observación y la sospecha ocupan el centro de la narración.
La historia comienza en 1578, en el castillo de Rioka. Con Murashige Araki, interpretado por Masahiro Motoki, que se ha rebelado contra el tirano Nobunaga Oda, una de las figuras históricas fundamentales en el proceso de unificación de Japón. A medida que se prepara para resistir el asedio, sus alianzas se debilitan, va asumiendo que pierde apoyos y la posibilidad de una traición interna se vuelve cada vez más inquietante.

A esta amenaza política se suma una sucesión de extraños asesinatos dentro de la fortaleza. Ese castillo, que debería ser un espacio de protección, se transforma en una prisión dominada por el miedo y la desconfianza, y nadie parece estar completamente a salvo y cada personaje puede ocultar información decisiva.
Para esclarecer los crímenes, Murashige recurre a Kanbei Kuroda, un estratega samurái encarcelado que ha sido enviado por Oda para negociar la rendición. Su capacidad de observación y su inteligencia lo convierten en una figura esencial para reconstruir los acontecimientos, aunque su condición de prisionero limita su acceso directo a los escenarios de los asesinatos y se basa sólo en las anotaciones del propio señor Araki.
Este planteamiento transforma la investigación en un ejercicio de deducción, Kanbei debe interpretar las descripciones que recibe, examinar las contradicciones y reconstruir los hechos desde el lugar donde permanece encerrado. La película propone así una intriga que recuerda a los relatos clásicos de misterio, en los que la resolución de un crimen depende tanto de las pistas como de la capacidad para interpretar el comportamiento humano.
Sin embargo, el suspense no siempre alcanza la intensidad que promete su premisa, ya que el desarrollo pausado y la abundancia de diálogos ralentizan el avance de la investigación, mientras que algunas de las sospechas pueden resultar previsibles para el espectador desde el inicio del filme. El misterio pierde parte de su capacidad de sorpresa cuando las posibles respuestas comienzan a intuirse antes de que la narración las confirme.
La película encuentra sus mayores virtudes en otros aspectos, empezando por la puesta en escena y la fotografía que construyen un universo cerrado, organizado mediante espacios geométricos, corredores, habitaciones y zonas en penumbra. El castillo no funciona únicamente como escenario histórico, sino como una representación física de las estructuras de poder que mantienen a sus habitantes atrapados.
Las puertas, los límites arquitectónicos y las sombras sugieren que siempre existe algo que queda fuera de nuestra mirada, y esa composición visual refuerza la sensación de vigilancia permanente y convierte cada encuentro en una posible negociación o amenaza.

También destaca el retrato de una sociedad sometida a códigos de honor estrictos, donde la lealtad no siempre nace de la convicción, sino del miedo a las consecuencias de la desobediencia. Las alianzas pueden romperse por conveniencia, y las palabras adquieren un peso político que convierte cualquier conversación en un movimiento dentro de una partida mucho mayor.
A través de sus personajes, Kiyoshi Kurosawa cuestiona la idealización de la figura del samurái. Tras la imagen del guerrero honorable aparecen individuos vulnerables, condicionados por sus ambiciones y por un sistema en el que la supervivencia depende de saber en quién confiar. El relato histórico termina conectando con preocupaciones contemporáneas: la manipulación, los rumores, la propaganda y la facilidad con la que el poder puede determinar qué versión de los hechos se considera verdadera.
Con 147 minutos de duración, El samurái y el prisionero exige paciencia, ya que su ritmo no está diseñado para ofrecer una sucesión continua de revelaciones, sino para sumergirnos en un mundo donde las decisiones se toman lentamente y las consecuencias pueden tardar en manifestarse.
El resultado es irregular como thriller de deducción, pero interesante como retrato histórico y psicológico, por lo que la película encuentra su identidad en la atmósfera, la puesta en escena y la reflexión sobre las relaciones de poder, más que en la sorpresa de su desenlace. Una propuesta que demuestra que el cine de samuráis puede abandonar la épica del combate para explorar la violencia silenciosa de las intrigas.
WE ARE ALIENS
¿Somos conscientes del dolor ajeno?

Ficha técnica
Dirección: Kohei Kadowaki. Guion: Kohei Kadowaki. Fotografía: Kohei Kadowaki. Montaje: Kenichiro Tachikawa. Intérpretes: Amane Okayama y Ryota Bando. País: Japón. Duración: 117 minutos. Año: 2026. Técnica: Animación 2D y rotoscopia.
Sinopsis: En una pequeña localidad japonesa, la traición entre dos amigos de la infancia desencadena un suceso traumático que marcará sus vidas durante más de treinta años. A través de una narración que transita de la inocencia infantil a las dificultades de la edad adulta, la película explora la soledad, el acoso escolar y las consecuencias de mirar hacia otro lado ante el sufrimiento de los demás.
La animación japonesa vuelve a demostrar que puede abordar cuestiones complejas sin renunciar a la experimentación visual. We Are Aliens, ópera prima de Kohei Kadowaki, se convirtió en una de las propuestas destacadas de la edición de 2026 de Sitges, donde obtuvo el premio al mejor largometraje de animación en la sección Anima’t.
La película parte de una experiencia reconocible: una amistad que parece indestructible durante la infancia puede romperse por una traición, un malentendido o la intervención de quienes encuentran en la exclusión de otro compañero una forma de pertenecer al grupo. Lo que comienza como un conflicto entre dos niños termina convirtiéndose en una herida que atraviesa décadas.
Kadowaki plantea la historia desde una doble perspectiva, siguiendo a Tsubasa y Gyotaro, interpretados por las voces de Amane Okayama y Ryota Bando. Sus miradas permiten reconstruir los acontecimientos de forma progresiva, incorporando información que modifica nuestra comprensión de lo sucedido, con ambos puntos de vista. La narración no se limita a señalar culpables, sino que explora cómo los recuerdos, las interpretaciones y el silencio pueden distorsionar una experiencia compartida.

El acoso escolar constituye el núcleo emocional del relato y la película muestra cómo una comunidad puede contribuir al sufrimiento de una víctima incluso cuando la mayoría de sus integrantes no participa directamente en las agresiones. Los rumores se extienden, las relaciones se deterioran y quienes podrían intervenir optan por permanecer al margen, ese silencio y mirar hacia otro lado también dañan a la víctima.
Esta dimensión colectiva convierte la historia en algo más que un drama sobre una amistad rota. We Are Aliens plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto somos responsables del dolor que presenciamos cuando decidimos no actuar?
La película también se interesa por las consecuencias a largo plazo del trauma, la infancia no aparece como un periodo que queda automáticamente atrás al alcanzar la edad adulta y esas experiencias dolorosas pueden alterar la autoestima para toda la vida, condicionar las relaciones y transformar la manera en que una persona se percibe a sí misma.
En este sentido, la evolución de Gyotaro resulta especialmente significativa, del niño inquieto y divertido que conocemos en los primeros compases se transforma progresivamente en un adulto marcado por la inseguridad y el fracaso personal. La pérdida de su espontaneidad refleja el peso de una experiencia que nunca ha conseguido superar del todo.
La propuesta visual acompaña este proceso mediante una combinación de animación tradicional en dos dimensiones y rotoscopia. El dibujo no permanece estático: sus líneas, proporciones y expresiones cambian a medida que los personajes avanzan hacia la edad adulta. Los rostros pueden deformarse, los trazos adquieren mayor brusquedad y las sombras ganan presencia, creando una correspondencia entre la evolución gráfica y el deterioro emocional.
La técnica no se utiliza únicamente como un recurso estético. La transformación de las imágenes contribuye a expresar aquello que los personajes no siempre consiguen verbalizar. La memoria, el miedo y la soledad se manifiestan en los propios cuerpos dibujados, como si la realidad exterior comenzara a deformarse bajo el peso de la experiencia interior.

El trabajo resulta especialmente notable teniendo en cuenta que se trata de una ópera prima desarrollada con un equipo de unas veinte personas. La combinación de técnicas y la construcción de una identidad visual propia permiten a Kadowaki abordar una historia íntima sin recurrir a un realismo convencional.
El ritmo pausado favorece la observación y la reflexión, y a diferencia de las dos producciones coreanas, que mantienen al espectador en tensión mediante amenazas físicas y situaciones de supervivencia, We Are Aliens construye su intensidad desde los silencios, las transformaciones emocionales y la información que vamos descubriendo.
Su duración de 117 minutos permite desarrollar el paso del tiempo y mostrar cómo un acontecimiento aparentemente localizado puede extender sus consecuencias durante décadas. La película no busca una resolución sencilla ni una división absoluta entre víctimas y culpables, sino que examina los mecanismos sociales que permiten que una injusticia se prolongue.
El resultado es una obra de animación madura, melancólica y visualmente expresiva. Kadowaki demuestra que el género puede servir para abordar cuestiones sociales sin renunciar a la experimentación formal. El filme se ha llevado el premio de Mejor largometraje de animación en la sección Anima’ t en Sitges 2026, todo un éxito siendo una ópera prima de Kohei Kadowaki. Una película de animación que nos muestra desde la mirada inocente de la infancia hasta la adultez de las sombras y luces que hay en la vida, y una madurez argumental que sorprende por la juventud de su director
Su película convierte una historia de acoso escolar en una reflexión universal sobre la responsabilidad, la empatía y las heridas que permanecen abiertas cuando nadie se atreve a intervenir.
CUATRO PELÍCULAS, CUATRO FORMAS DE MIRAR
El recorrido por estas cuatro películas permite comprobar hasta qué punto el cine asiático contemporáneo se resiste a cualquier clasificación simplificadora. La nacionalidad de sus producciones no determina una única identidad narrativa: cada cineasta encuentra en el género una herramienta distinta para desarrollar sus preocupaciones.
Las dos propuestas surcoreanas apuestan por el impacto audiovisual, aunque desde perspectivas diferentes. Colony transforma el imaginario zombi en una metáfora sobre la inteligencia colectiva, la tecnología y la pérdida de individualidad. Hope, en cambio, construye un espectáculo de ciencia ficción a gran escala, donde una comunidad aislada debe enfrentarse a una amenaza cuya naturaleza desconoce.
Las dos películas japonesas desplazan el interés hacia los conflictos humanos. El samurái y el prisionero utiliza el misterio y la reconstrucción histórica para cuestionar los códigos del honor, las estructuras de poder y la fragilidad de la confianza. We Are Aliens convierte la animación en una herramienta para explorar el trauma, el acoso escolar y las consecuencias del silencio colectivo.
También varía la relación que cada película establece con el espectador. Mientras las producciones coreanas buscan mantener la tensión mediante la acción, el movimiento y la espectacularidad, las japonesas requieren una disposición más contemplativa. No se trata necesariamente de que unas sean mejores que otras, sino de que sus objetivos y sus mecanismos narrativos son diferentes.
La espectacularidad visual tampoco garantiza por sí sola una película redonda. En Colony, la innovación de los infectados aporta frescura a un género conocido; en Hope, la ambición del espectáculo convive con decisiones narrativas que pueden resultar excesivas. Por su parte, El samurái y el prisionero encuentra su principal fortaleza en la puesta en escena, aunque su intriga puede perder capacidad de sorpresa, mientras que We Are Aliens integra su experimentación visual en el desarrollo emocional de los personajes.
En definitiva, el cine oriental vuelve a demostrar en Sitges que no existe una única manera de entender el género fantástico. Puede ser una experiencia de adrenalina, una reflexión sobre la sociedad, una reconstrucción de las relaciones de poder o un viaje hacia las heridas de la infancia. Cuatro películas muy distintas que comparten una misma capacidad: utilizar el lenguaje cinematográfico para llevarnos más allá de lo cotidiano y obligarnos a mirar de otra manera aquello que creemos conocer.
