Por @PabloArahuete

Gustavo Fontán alcanzó lo que pocos directores argentinos independientes: cerrar una trilogía muy personal donde su poética se mantiene intacta. Tuvimos la posibilidad nuevamente de charlar un rato con él en pleno festival sobre La casa, su última película que ahora se estrena en el festival con grandes posibilidades de llegar en un futuro a las salas comerciales.

Pablo E. Arahuete: – Desde que pensaste en la historia de El árbol hasta este cierre de la trilogía de Banfield con La casa,¿cambió en algo tu mirada en relación al lugar en el que viviste varios años atrás?


Gustavo Fontán: – Cuando empezamos a filmar El árbol (2006), y en la continuidad hacia Elegía de abril (2010) y La casa (2012), lo que nos propusimos es esforzarnos en mirar lo ya visto, ver de nuevo aquello que por cotidiano una ya no ve. Ver es necesariamente, planteado de esta manera, una opción de descubrimiento y aprendizaje. Hay algo entonces que se mantiene, que está anclado en sensaciones del pasado, pero también algo que se altera o se muestra como epifanía.

P.E.A: – ¿Cuándo aparece en tu proceso creativo a lo largo de estos años el indicio de que debías darle un cierre a esta historia relacionada directamente con los recuerdos y los fantasmas del pasado?

Gustavo Fontán: – Desde el principio estuvo planteada como trilogía. Eran tres movimientos. Al llegar al último trabajaríamos con las huellas de una casa sin personajes, con los fantasmas de una casa centenaria a punto de ser demolida. Hay una frialdad cruel en el modo en que se demuelen casas. El capital no sabe de recovecos, de fantasmas, de palabras de amor, de gestos humanos, de la luz de las ventanas: recupera lo que se puede transformar en mercancía y descarta todo lo otro.

P.E.A: – ¿Quedó algo sin resolverse o sin contar al finalizar la trilogía?

Gustavo Fontán: – Todos los intersticios del relato para que el espectador sea parte. Es una de las más importantes convicciones que tenemos.

P.E.A: – Hay dos zonas muy marcadas en tu película que hacen referencia a las ausencias, por un lado por el juego de superposición de imágenes y sombras en la pared y la otra zona tiene que ver con los habitantes de la casa que llegan fragmentados. ¿Tuviste presente esa diferenciación en el espacio o más bien fue concebido desde un lado más conceptual?

Gustavo Fontán: – La idea era avanzar hacia una imagen (que siempre es presente) que pueda romper su cronología y contenga el pasado y el futuro a la vez. Para eso, la tensión entre lo que está y lo que se fuga era clave. Nos resultaba central capturar ese instante único en el que vemos pero no podemos afirmar que vemos porque lo que estaba frente a nuestros ojos ya no está más.

P.E.A: – Aprovecho esta oportunidad para destacar el excelente trabajo de la fotografía que nuevamente estuvo a cargo de Diego Poleri. ¿Cómo trabajaste el tratamiento de imagen con él?

Gustavo Fontán: – Muchas charlas y pruebas. Los dos estamos convencidos de que la forma es la expresión de un contenido particular: la forma no debe ser nunca un capricho esteticista sino la estrategia para explorar y expresar algo en particular. El trabajo con Poleri es siempre rico, pero también con todo el equipo. Lo fugaz de lo que intentábamos capturar exigía un grupo intensamente unido. Estoy convencido de que si el director consigue encausar con precisión las sensibilidades de todos la película crece.

P.E.A: – Tanto en La orilla que se abisma como ahora con La casaprescindiste de diálogos y de palabras, salvo aquellas que llegan como murmullo y que son apenas audibles. ¿Sos partidario de la idea que el poder expresivo de una imagen o un sonido abre otros sentidos que las palabras reducen o clausuran definitivamente?

Gustavo Fontán: – Es verdad que la palabra opera muchas veces como explicación. Pero no me parece que la palabra en el cine necesariamente clausure. A veces sí y a veces no. Lo que sí creo es que en una película uno debe usar sólo los recursos que se vuelven esenciales. La economía de recursos es para nosotros siempre un propósito.

P.E.A: – ¿Qué significa para vos como cineasta independiente haber completado esta trilogía y qué nos espera de aquí en adelante con respecto a tus proyectos futuros?

Gustavo Fontán: – Tengo una serena felicidad, fueron ocho años de un enorme placer creativo. Con todas las tensiones que significa hacer. Claro, hay que hacer el duelo, pero eso es parte de la vida y también del arte. Ahora quiero volver al río Paraná y darle continuidad a lo empezado en La orilla que se abisma. El rostro se llamará esa película. Este movimiento terminará, según los planes, con la adaptación de El limonero real de Juan José Saer.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here