Por Pablo Arahuete

La directora Saula Benavente toma la muerte como punto de partida en Karakol (2020), su nuevo filme con estreno previsto para el 03/09, una sugestiva propuesta cinematográfica que se apoya en los pilares de la ausencia, la memoria, el recuerdo y el viaje de descubrimiento. Le preguntamos al respecto en esta entrevista.

Pablo Arahuete: –¿Cómo repercute la muerte ajena respecto a la idea de nuestra propia muerte?


Saula Benavente:Supongo que a todos nos pasa lo mismo: la muerte de otro nos obliga a replantear nuestra vida. De alguna manera nos sacude el eje, nos cuestiona. Hay que ver en qué momento de la vida estamos. No es lo mismo el cimbronazo de una ausencia en la niñez o adolescencia (se nos rompe la sensación de inmortalidad), en la madurez (nos cambia el esquema de valores) o ya más grandes (quizás la miramos con algo de resignación). Lo cierto, creo yo, es que en un primer momento nos sentimos incapaces de salir del dolor. Luego, lentamente, aprendemos a acomodarlo. Hay quienes sostienen que la muerte es lo que le da el sentido a la vida. En lo personal, no la necesito.

P.A: -¿Pueden ser los recuerdos una manera distinta de evocar la ausencia?

Saula Benavente:Pienso que los recuerdos sirven mucho cuando son redescubrimientos. La ausencia no es algo estático, quien ya no está no se queda quieto. Aparece en distintas formas. Que alguien nos narre un acontecimiento que no sabíamos, que aparezca una anécdota desconocida, una foto nunca vista, que descubramos una parte nueva de alguna manera reconstruye al ausente y lo proyecta. Lo expande en nosotros, nos lo devuelve. Me ha pasado de encontrar una carta o escuchar a alguien hablarme de mi padre, de mis abuelos, del padre de mi hijo (que son los míos que ya no están) y esas informaciones novedosas provocan que aquel ausente se quede conmigo un rato más.

P.A: – ¿Qué representaba para vos ese lugar tan remoto como desconocido para conectarte con la historia?

Saula Benavente:Ese lugar remoto tiene que ver con lo no transitado. Con un escenario virgen, irreconocible, donde jamás se estuvo. Adonde se va por primera vez, sin saber qué es lo que uno va a encontrar allí. Buscaba un territorio desconocido, que pueda ser explorado, que no se le puedan reconocer signos. Y que dé también la idea de lo infinito, porque creo que -en lo profundo- es lo que somos.

P.A: – ¿Cuál fue el criterio en el armado del casting?

Saula Benavente:Junto a Agustina Muñoz delineamos la historia, varios años atrás. Así que el guión estuvo escrito para ella. Lo mismo que el personaje de la tía: siempre fue Solita Silveyra, aunque lo supo mucho después, recién cuando la llamé para que participase. Para mí, no podía ser nadie más. Creo que es la mejor actriz de su generación, maneja todos los registros y es encantadora para trabajar. Con respecto a la madre, yo quería una actriz extranjera, necesitábamos armar una familia viajada, que hable todo el tiempo de viajes. Contrariamente a lo que pasa cuando hay una coproducción y se tiene la necesidad de inventar un personaje foráneo, acá no había coproductor. Fantaseamos con Dominique Sanda pero nos parecía difícil hasta que nos enteramos que vivía en Uruguay. Me recibió en su casa, llena de animales, y enseguida nos entendimos. Puso una sola condición: no ser doblada. Y lo que yo necesitaba era su acento. Luego llegaron los hermanos, Pablo Lapadula y Guido Losantos, a quienes había visto trabajar en teatro. Quizás la situación más curiosa se dio con Santiago Fondevila: recién nos conocimos subiéndonos al avión que nos llevaba a Tajikistán. El estaba en pleno viaje de bodas, hicimos casting por skype, conversamos mucho y nos arriesgamos. Es que a él le tocaban las escenas en Karakol, un decorado en condiciones muy particulares, quince días durmiendo en el piso… Resultó que se integró inmediatamente al equipo.

P.A: – ¿Qué fue lo más difícil a la hora de rodar en esos territorios y cuáles fueron las mayores barreras en materia de comunicación?

Saula Benavente: -Lo difícil fueron los imprevistos, porque con Eva Padró -la directora de producción- habíamos viajado nueve meses antes haciendo scouting y todo parecía estar bajo control. Pero claro, cuando uno tiene que trabajar con gente que no es de cine, hay entendimientos que no terminan dándose, sobre todo en relación a los tiempos. Nosotros tuvimos un guía local, ese fue todo el servicio de producción que conseguimos allí. Era nuestro guia, nuestro traductor, el asistente de producción, el conductor, el que manejaba el pequeño generador que era casi la única fuente de electricidad que teníamos. Y además, actuó. Sin él nada hubiera sido posible pero a veces no comprendía que necesitábamos ciertas certezas… Filmamos en un poblado de no más de treinta casas, a espaldas del lago Karakul, a cuatro mil metros de altura. Es un pueblo que en invierno se cierra porque todo se hiela. Nadie habla inglés. Las lenguas eran la kirguisa, el farsi, ruso o búlgaro. Pero terminaba dándose algo mágico: nos entendíamos. Lo realmente complicado fue caer en la cuenta de que estábamos rodando sin permiso en un país -y sobre todo esa zona fronteriza con Kirguistán- muy militarizado. Quisimos hacer las cosas bien pero no tuvimos la posibilidad de gestionar una autorización: no había adónde. Entonces tuvimos que esquivar policías, soldados que pasaban en camioneta, poner la cámara en lugares poco expuestos. Este tipo de rodajes solo se pueden dar con un equipo reducido, muy sólido, realmente comprometido. El hecho de no tener señal de celular y vivir todos en una misma casa ayudó mucho a armar esa cofradía.

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