Los cortometrajes también son parte de la muestra del Festival de Derechos Humanos. Aquí dos reseñas de Laura Pacheco Mora.

Un oscuro día de injusticia: Cartas abiertas

Un oscuro día de injusticia (2018), es un cortometraje de animación de Julio Azamor y Daniela Fiore que retrata el último día en la vida del periodista y escritor Rodolfo Walsh, quien fue perseguido por la última dictadura cívico-militar, no aceptó salir del país para ser protegido y eligió escribir cartas abiertas. La primera fue la famosa Carta abierta de un escritor a la Junta Militar. Cabe destacar que el nombre del documental, es también el nombre que Walsh le otorgara a uno de sus cuentos.


Últimos días del Festival: Los cortos 2

Considero que se podría haber aprovechado mucho más el recurso de la animación y ser creativos más que realista, para darle un tono distintivo; produce reminiscencias a la historieta como El Eternauta, también vinculado a la época, lo que resulta en una tibia propuesta. La música del comienzo acompaña al dramatismo; sin embargo, la del final se torna trivial en relación a la seriedad el tema que se está tratando.

Caparazones: Mundos paralelos

Caparazones (2018) es un cortometraje del director y guionista Eduardo Elli quien se despacha con una genial metáfora de una posible realidad en un contexto, muy complicado de nuestro país, puesto que se puede aplicar a otros momentos, realidades y lugares. Lo cierto es que el director hizo foco en la realidad de un niño y el mundo que gira a su alrededor, a la vez que del mundo de los adultos, es mejor abstraerse. El mundo lúdico e inocente de un niño, junto a sus cuestionamientos, una tortuga que siempre está atada a algo o arrastra una plancha y el lugar que creó para sus hormigas, confluyen en un universo distópico vs una trementa realidad en la que su padre es actor social.

Buenos Aires, 2 de diciembre, 1990. Los carapintadas planean un alzamiento armado. Tobías, de seis años, guarda hormigas en frascos. Su papá, Santiago, participa en la organización del alzamiento. Su mamá no está desde hace tiempo. Cuando los carapintadas se rinden, Santiago debe decidir qué hacer con su hijo. En este contexto, suceden varias historias en simultáneo, reales e imaginarias.

Con un guion impecable y con las preguntas exactas del niño hacia su tortuga, que bien podrían, metafóricamente hablando, aplicarse a la vida que llevamos todos, -logrando con este recurso la identificación del espectador-, o a la madre ausente de Tobías (Renato Méndez), o de la realidad de su padre Alberto Ajaka; así sucede con cada elemento muy bien elegido por Eduardo Elli para representar algo más, sujeto, por supuesto a la interpretación de cada espectador. Comprendemos la relación padre-hijo y existe solo un diálogo entre ellos, inteligente recurso, además del relato radial que se encarga de ponernos en contexto.

Las interpretaciones de Alberto Ajaka y Renato Méndez, son impecables. Merecen especial mención el trabajo de dirección, cámara, arte, montaje y fotografía que son extraordinarios. Si bien son pocos los elementos utilizados, el acierto en la manera del relato, el orden y el foco/fuera de foco, es perfecto. Un corto digno de rever y analizar, más allá del delicadísimo tema social en el que está contextualizado y nos sensibiliza como ciudadanos. El sonido cobra un papel crucial, ya que no sólo se encarga de informarnos lo que sucede en las calles y fuera de esa casa en la que conviven, sino que reemplaza noticias que es mejor “no escuchar”, con el benevolente sonido del mar, gracias a un elemento que es un caracol en el oído, aunque en realidad lo que suena dentro del caracol es un murmullo que nos recuerda al sonido del mar porque es fluctuante, como las olas que van y vienen. Una lectura más a lo representado y otra alegoría para la realidad social y política.

 

 

 

 

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