Por Francisco Nieto, corresponsal en España
De entrada, podemos afirmar que estamos ante una película ideal para ver en pleno verano bochornoso. Que levante la mano el que no se le ha pasado por la cabeza ir a casa del vecino ruidoso de turno a pedirle cuentas porque ya no aguantas más su poco sentido del respeto hacia los demás. Golpes en la pared, griterío, televisión a todo volumen…, todo eso y mucho más nos va a llevar a empatizar de inmediato con el protagonista del film, un muchacho que el poco rato que tiene para descansar en casa es víctima de estridencias varias producida, en principio, por sus nada silenciosos vecinos.
Tres años después de la compra, Woo-seong se encuentra en la indigencia y se ve obligado a aceptar trabajos extra, y no se siente nada cómodo en el apartamento. Su pareja (¿o esposa?) lo ha dejado; solo la vemos en breves flashbacks durante unos segundos al principio; no se entiende por qué ahora está solo. Todas las noches, Woo-seong es molestado por el ruido del apartamento de arriba. Golpea y vibra. No puede dormir. Los vecinos de abajo, una pareja extraña, creen que es Woo-seong quien hace el ruido y todos los días le ponen docenas de notas adhesivas en la puerta pidiéndole que se calle. No le creen cuando intenta explicar que los ruidos no vienen de su apartamento.

Al principio, cuando los ruidos raros del edificio crean un ambiente de tensión asfixiante emocionante y misteriosa, parece que vayamos a presenciar una versión actualizada de El inquilino (1976) de Roman Polanski, pero a mitad de la película el sentido de lo explicado cambia de rumbo y se convierte en un thriller de conspiración sobre negocios inmobiliarios turbios. Y como no, como se trata de un thriller surcoreano la cosa va a acabar como el Rosario de la aurora, con uso y abuso de armas blancas varias y mucha sangre derramada. La historia se vuelve entonces demasiado enrevesada. Cuesta seguir la trama con tantos contratos de arrendamiento legales e ilegales de por medio, subidas y bajadas del tipo de interés y ganancias y pérdidas extremas en el negocio de las criptomonedas.
Tampoco ayudan las casi dos horas de metraje, de las que, como suele ocurrir en la cinematografía de este país asiático, se podrían prescindir de unos cuantos minutos de relleno, ya que no hacen más que prolongar innecesariamente lo que ya se nos ha contado con anterioridad. Cuando la violencia hace acto de presencia en el último tercio del film, el director se recrea en ella de tal manera que todo lo demás pasa a un segundo término, como si se viera obligado a finiquitar la propuesta demostrando que tiene pulso para mostrar en pantalla la agresividad y el salvajismo, lo que le acercaría a los grandes mitos que han forjado su carrera a base de este tipo de producciones. Claro, nos referimos a Park Chan-wook, Bong Joon-ho y Kim Jee-woon.
El director Kim Tae-joon, quien ya estrenara en la misma plataforma de Netflix hace un par de años otro ejercicio de paranoia ciudadana titulado Identidad desbloqueada, está menos interesado en contar una historia que en crear una atmósfera de terror constante. El aire en el apartamento de Woo-sung se siente tenue, reciclado y peligrosamente quieto. La cámara de Kim participa activamente en esta sensación constante de ahogo, atrapando con frecuencia al sujeto en primeros planos claustrofóbicos que niegan cualquier sensación de espacio circundante. Los marcos de puertas y pasillos en formas deformadas y amenazantes reflejan un estado mental fracturado. La paleta visual profundiza este asalto psicológico. El mundo de Woo-sung está impregnado de un azul frío y clínico, la luz plana e indiferente de una morgue donde ya se ha declarado muerta la esperanza.

Algo bueno que se puede desprender de su visionado es que funciona bastante bien como sátira social, sobre todo en su primera mitad. En Corea del Sur, el acceso a una vivienda digna sigue siendo difícil para muchos ciudadanos, especialmente para los jóvenes. Los precios de las casas, especialmente en las ciudades, siguen siendo elevados, dificultando el acceso a la vivienda para muchos. Para colmo de males, la práctica de reducir tamaños en las viviendas para mantener precios competitivos ha acabado afectando a los residentes. El espacio promedio de las viviendas en Corea ha alcanzado su nivel más bajo en 30 años, con un promedio de 92 metros cuadrados, tres metros cuadrados menos que el pico de 2003, según el estudio gubernamental. Toda esta problemática queda muy bien expuesta en una historia que seguramente le sonará a muy familiar a los autóctonos que vean la película.
El final puede que no acabe de satisfacer a los que están acostumbrados a que no se deje ningún cabo suelto. La película rechaza cualquier resolución definitiva o catarsis, negando al público el consuelo de un veredicto claro o un silencio final. Simplemente se detiene, dejándonos en la oscuridad con el eco persistente de ese ruido condenable e irresuelto.
Título: Mis 84 m².
Título original: 84 Jegopmiteo.
Dirección: Kim Tae-joon y Sharon S. Park.
Intérpretes: Kang Ha-neul, Yeom Hye-ran, Seo Hyun-woo y Kang Ae-sim.
Género: Thriller, Drama.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 118 minutos.
Origen: Corea del Sur.
Año de realización: 2025.
Plataforma: Netflix
Fecha de estreno: 18/07/2025.
Puntaje: 6 (seis)
