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lunes, 5 octubre 2026
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El retrato de mi padre: Bitácora de un padre ausente

Por Lourdes Ibarlucea

Algunas películas no se conforman con narrar un hecho: se animan a atravesarlo, a explorarlo desde todos sus bordes, como si fueran un cuaderno de bitácora en el que cada página suma una pieza del rompecabezas. El retrato de mi padre, documental del uruguayo Juan Ignacio Fernández Hoppe, pertenece a esa categoría de cine que incomoda y abraza al mismo tiempo.

El film se inicia desde una herida: la muerte sospechosa del padre del director, ocurrida en 1990 en Salinas, cuando él tenía apenas ocho años. En la playa lo encontraron con psicofármacos entre sus pertenencias, pero no se realizó autopsia, y las hipótesis oscilaron entre el suicidio y el accidente. La falta de certezas se transformó en un silencio pesado, una verdad suspendida durante tres décadas que Hoppe intenta desentrañar.

Entre thriller y diario íntimo

La estructura documental adquiere el pulso de un thriller: expedientes policiales imposibles de rastrear, testimonios contradictorios y relatos que nunca encajan del todo. Sin embargo, la fuerza de la película no se agota en la tensión investigativa, sino que reside en su capacidad de transformar esa búsqueda exterior en un viaje interior: el de un hijo que necesita reconstruir el rostro de su padre para poder, finalmente, dialogar con su ausencia.

En esa operación íntima, la película se convierte también en un diario personal, donde cada recuerdo, cada cinta y cada fotografía funcionan como anotaciones de lo perdido y lo reencontrado. Este registro se construye a partir de materiales íntimos: cajas con objetos olvidados, fotografías antiguas, grabaciones en cinta, recuerdos familiares. Cada fragmento actúa como una huella, un indicio que se analiza con cuidado, pero también como evidencia de lo que ya no puede volver. En ese sentido, Hoppe encuentra en la estética de lo artesanal y lo doméstico una fuerza poética que recuerda al estilo de Wes Anderson en Un reino bajo la luna (Moonrise Kingdom, 2012): la mirada minuciosa que transforma lo cotidiano en una puesta en escena cargada de memoria.

Siguiendo esta línea, Roland Barthes afirma que la fotografía funciona como testigo de lo que ya no está. El retrato de mi padre convierte, así, cada imagen, objeto y grabación en una huella que remite tanto a la ausencia del padre como a la construcción de la memoria familiar. La película muestra que recordar no es simplemente evocar, sino reconstruir: dialogar con el vacío y reconocer que la presencia se hace sentir a través de la marca que deja la ausencia.

Tres ejes narrativos

La película se abre en múltiples ejes narrativos:

● El policial/archivístico, marcado por la imposibilidad de acceder a registros oficiales y por la decisión inicial de la madre —psiquiatra de profesión— de no autorizar la autopsia.
● El familiar/personal, atravesado por la infancia truncada, la convivencia posterior con el padrastro (el escritor Mario Levrero) y las memorias dispersas de la familia: la abuela, los primos, la tía, todos convocados a testimoniar.
● El musical/espiritual, quizás el más luminoso: el padre como músico inclasificable, musicoterapeuta de adolescentes, un hombre que transmitía comunión y creatividad a través de la música. Ex alumnos recuerdan sus clases como espacios de descubrimiento, casi de revelación, y lo definen como alguien que tenía un don de Dios.

Retratar para existir

Ese mosaico da forma a un retrato que nunca se cierra del todo, porque lo que vuelve en cada entrevista no es solo la figura del padre, sino también los límites del recuerdo y del lenguaje. El testimonio de la madre, con su escepticismo y sus objeciones, tensiona la narración y expone lo que muchas veces queda oculto en los relatos familiares: las zonas grises, los silencios, las verdades imposibles de enunciar y las formas de cuidar(se).

El propio director lo dice con claridad: “Fue preciso perder la fe, sentir que esta autopsia cinematográfica había fracasado, para acercarme un poco a la frustración que pudo haber sentido mi padre al ver que sus sueños se hacían añicos. Fue entonces que ocurrió el milagro”. Ese milagro no es la verdad absoluta sobre lo ocurrido, sino la posibilidad de reconciliarse con el misterio, de aceptar lo opaco de lo vivido.

Sigmund Freud ha mostrado que los deseos insatisfechos y los sueños truncos dejan huellas profundas en la memoria y en la psique. En “El malestar en la cultura”, Freud reflexiona sobre cómo la frustración de los anhelos personales y las expectativas incumplidas no desaparece, sino que se internaliza, afectando la forma en que se recuerda y se reconstruye el pasado. En el documental de Juan Ignacio Fernández Hoppe, esta idea se hace tangible: la ausencia del padre se entrelaza con la sensación de proyectos interrumpidos, talentos inconclusos y aspiraciones que quedaron suspendidas.

Un cine que recuerda

Más allá de los premios que pudo recibir el film, lo que permanece es la sensación de estar frente a una obra que funciona como un cuaderno de memorias: cada testimonio, cada foto, cada música para piano que acompaña la narración es como una anotación íntima, un gesto de hijo que quiere comprender, aunque sepa que el pasado ya no puede cambiarse.

El retrato de mi padre nos recuerda que hay verdades que solo se dicen después de la muerte, y que muchas veces el cine es la única herramienta para convocarlas y hacerlas memoria colectiva.

ESTRENO en Cine Arte Cacodelphia (Av. Pres. R. Sáenz Peña 1150)

Título: El retrato de mi padre.
Título original: Idem.
Dirección: Juan Ignacio Fernández Hoppe.
Participaciones de: Alicia Hoppe, Juan Ignacio Fernández Hoppe, Marina Fernández, Carlos Casatti y Beatriz Casatti.
Género: Documental, Thriller.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 99 minutos.
Origen: Uruguay.
Año de realización: 2022.
Distribuidora: Santa Cine.
Fecha de estreno: 26/09/2025.

Puntaje: 8 (ocho)

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