LAS CONVICCIONES POR ENCIMA DE LOS APLAUSOS
Por Walter C. Medina*
El 2 de septiembre de 2015, en una playa cercana a Bodrum, en la costa de Turquía, la reportera gráfica Nilüfer Demir tomaba una fotografía que iba a conmover al mundo entero. Aylan Kurdi, un pequeño niño de tan solo cinco años, yacía sin vida, recostado al borde de la orilla.
La imagen era el reflejo más desgarrador de una crisis humanitaria que se acrecentaba con el correr de los días. Un niño ahogado en el Mar Mediterráneo durante la travesía emigrante hacia la tan ansiada Europa; una realidad trágica que, por primera vez, se hacía visible de manera descarnada, impactando como un cachetazo en la cara de la opinión pública.
La trágica muerte de Aylan Kurdi sacudió la conciencia global. En contraste con el silencio de los líderes de la Comunidad Europea, figuras destacadas de la industria cinematográfica alzaron su voz para condenar la inacción gubernamental y visibilizar la crisis de los refugiados y de los cientos de inmigrantes que, hasta el día de hoy, el Mediterráneo continúa tragándose.
Para una actriz con la sensibilidad de Vanessa Redgrave, la fotografía del cadáver de aquel niño kurdo iba a significar, a sus ochenta años, su debut como directora cinematográfica.
En una entrevista realizada por el diario El Mundo, de España, la ganadora del Oscar a la Mejor Actriz de Reparto por Julia (1977) confesó que, aunque llevaba décadas trabajando con organizaciones de apoyo a refugiados, ver la imagen en la televisión la conmovió de manera especial. “Sentí que tenía que hacer algo, algo más. Sentía que los gobiernos europeos eran responsables. Y yo, en parte, también lo era”
Fruto del impacto generado por la fotografía que dio la vuelta al mundo es Sea Sorrow (traducido como “Mar de Lágrimas”), documental que Redgrave dirigió, y que nació de la necesidad de canalizar su tristeza y denunciar a la Unión Europea por el uso de “excusas terroríficas” para no salvar vidas. Así lo expresó en Mar del Plata el 23 de noviembre de 2017, durante el trigésimo segundo Festival Internacional de Cine, en el que la actriz presentó su opera prima.

Vanessa Redgrave había arribado a La Feliz invitada por la British Council. La actriz que supo estar bajo las órdenes de Michelangelo Antonioni en la ya clásica Blow-Up (1966), ya había visitado Argentina en 1993, aunque era la primera vez que se presentaba en la muestra marplatense.
Aquella edición del festival estuvo signada por la trágica noticia de la desaparición del submarino Ara San Juan y de sus cuarenta y cuatro tripulantes; una desgracia que enlutó al país y que saltó a las portadas de todos los medios nacionales. El Ara San Juan se perdía en las profundidades del océano dos días antes de que Vanessa Redgrave llegara a la ciudad junto a su hijo, Carlo Nero, fruto de su matrimonio con el inolvidable actor italiano Franco Nero.
Como señalé en párrafos anteriores, se trataba de la segunda oportunidad en la que la Redgrave visitaba el país; en 1993, durante el primer período menemista, su compromiso con causas nobles la había traído a la histórica Plaza de Mayo, en la que giró en torno a la mítica pirámide para honrar a las Madres -a quienes visitó personalmente- y a los desaparecidos. Lo había hecho mientras interpretaba en Buenos Aires a Kate Benson, una directora de cine decidida a contar la historia de la esposa de un desaparecido de la última Dictadura Cívico-Militar. Ideada y dirigida por Lita Stantic, la película se estrenó bajo el título Un Muro de Silencio y fue co-producida entre Argentina, el Reino Unido y México. En este largometraje Vanessa Radgrave compartió reparto con grandes figuras de nuestro cine, como Lautaro Murúa, Soledad Villamil, Julio Chávez y Lorenzo Quinteros.

Claro que la célebre actriz inglesa no era la única figura internacional presente en la 32 edición del festival. No menos relevante era la visita del genial director francés ganador del Oscar, Claude Lelouch –a quien dediqué el capítulo 2 de estas “Crónicas Temporáneas”– o la de la destacada directora palestina Annemarie Jacir (cuya película Wajib obtuvo el máximo galardón del evento, el Astor de Oro a Mejor Película), o la de Sylvie Pialat, productora independiente francesa que fue invitada en el marco de la retrospectiva dedicada a su difunto esposo, el cineasta Maurice Pialat; o la de la directora alemana Valeska Grisebach, que participó del encuentro y fue premiada con el Astor de Plata a la Mejor Dirección por su película Western.
Unos días después de haber entrevistado en el Hotel Hermitage al prolífero director de Un Hombre y Una Mujer, Los Unos y Los Otros y otras cincuenta realizaciones más, en las prioridades transcriptas en mi bloc de notas resaltaba la fecha y la hora de mi tarea más próxima: “Vanessa Redgrave, Hotel Provincial, 23 de noviembre”.

Hasta aquel día, mi agenda había fluctuado entre el visionado de películas de la Sección Competencia Internacional, las críticas, las entrevistas y las notas de color.
El festival había comenzado siete días antes, el viernes 17 de noviembre, apenas dos días después de que se conociera la noticia de la desaparición del submarino Ara San Juan. Los medios nacionales se habían trasladado a Mar del Plata, y los canales nacionales transmitían en directo desde la Base Naval, a cuyas puertas llegaban los familiares de los tripulantes, esperanzados en los resultados de la búsqueda.
Bajando por Rivadavia me dirigía hacia el Hotel Provincial aquella tarde del 23 de
noviembre, para asistir a la rueda de prensa de la actriz británica que a los 80 años se había puesto detrás de cámara para denunciar -en formato documental- la nula empatía de la Unión Europea ante el drama de los refugiados sirios. Sea Sorrow se había estrenado en mayo de aquel mismo año en la Sección Proyecciones Especiales del Festival de Cannes.
Ingresé al salón Dauphin del NH Gran Hotel Provincial, en donde ya comenzaban a ganar lugar en primera fila los periodistas y fotógrafos acreditados. Apuré el paso y conseguí sitio en la segunda hilera de sillas. No llevaba preguntas preparadas; tampoco había visto el documental, aunque sí había tenido tiempo de leer algunas críticas publicadas en medios especializados. “El filme destaca por su honestidad brutal y por el profundo compromiso político y humanista de su directora con los derechos humanos” había elogiado Jean-Pierre Garcia desde Cannes para el portal mexicano Corre Cámara.
Si existía un motivo que me movilizase a indagar más sobre determinados artistas, siempre había sido el costado social, el compromiso hacia causas nobles de las que algunos de ellos hacían bandera. Y Vanessa Redgrave era una de ellas. La actriz nacida en Londres en 1937 no era reconocida simplemente por sus actuaciones notables en películas como en Blow-Up (1966), Isadora (1968), Marie Stuart, Reina de Escocia (1971), Julia (1977), La Mansión Howard (1992) y otras tantas, sino también por su lucha en favor de los Derechos Humanos. Redgrave no renegaba de que la hubiesen tildado de “actriz marxista por su compromiso en la vida social y política inglesa” -tal como un periodista galo la había definido-, sino que, por el contrario, se sentía a gusto con dicha etiqueta.

Que a sus ochenta años decidiera colocarse una cámara al hombro para combatir la indiferencia europea ante el drama de los migrantes que huían de las guerras en Medio Oriente, era motivo más que sobrado para despertar el interés de la prensa.
La sala fue completándose con la presencia de periodistas locales y nacionales. Cinco minutos antes de la hora prevista la puerta de entrada dio paso a la gran figura del cine inglés, que caminó lentamente, del brazo de su hijo, hacia el lugar asignado para el inicio de la conferencia.
El parecido físico de Carlo con su padre era asombroso. Para quienes estábamos en las primeras filas, daba la sensación de que nos encontrábamos delante del mismísimo Franco Nero.
En esto reflexionaba mientras la actriz se colocaba de cara al micrófono.
“Quiero compartir mi tristeza con ustedes…”, comenzó diciendo, visiblemente conmovida, solidarizándose con los familiares de los 44 tripulantes del Ara San Juan. “No les dicen nada a los familiares. Y eso no es respeto”, dijo inmediatamente después, cuestionando el manejo de la información en torno al operativo de búsqueda, y responsabilizando al gobierno del por entonces presidente Mauricio Macri.

El silencio se apoderaba de la sala cada vez que Redgrave hacía una pausa en su descargo, enfatizaba o levantaba la vista para mirarnos a los ojos.
Finalmente, y para explicar su fuerte conexión emocional con el caso, mencionó los antecedentes militares de su propia familia: “Todos los miembros de mi familia eran miembros de la Armada Real Británica durante la Segunda Guerra Mundial. Mi abuelo era instructor de la escuela en donde se formaban los marineros, mi padre era un marinero común, los dos hermanos de mi madre estaban en la armada y uno murió en el Pacífico”
Aquella fue una de las más memorables conferencias de prensa de toda la historia del Festival de Cine de Mar del Plata, que trascurrió en paralelo a la tragedia del Ara San Juan. Al finalizar, durante la recepción organizada por el British Council y la dirección del festival, cada uno de los periodistas que estuvimos allí pudimos intercambiar alguna que otra impresión con la gran actriz inglesa; saludos protocolares, gestos de respeto y muestras de admiración.
De este modo pasaba por Mar del Plata de una de las actrices más importantes de su generación. Aunque reducir su legado al cine o al teatro sería contar la historia a medias, porque Redgrave encarna el concepto puro del artista comprometido, alguien que entendió la fama no como un fin, sino como una plataforma y un megáfono para los desposeídos.
Su compromiso con las causas justas y humanas se define por su valentía frente a las consecuencias. Mientras Hollywood solía preferir el silencio cómodo, Redgrave supo desafiar el statu quo global. Su defensa histórica de los derechos del pueblo palestino -visibilizada de manera impactante en su discurso de los Premios Oscar en 1978-, ya había demostrado que sus convicciones estaban por encima de cualquier aplauso complaciente.
A lo largo de las décadas, marchando contra la guerra, defendiendo el desarme nuclear o canalizando su energía como Embajadora de Buena Voluntad de UNICEF para proteger a los refugiados, la actriz británica ha mantenido una coherencia implacable.
Vanessa Redgrave no solo interpretó tragedias en el escenario, sino que dedicó su vida entera a intentar aliviar las tragedias del mundo real.
*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.
