¿Poder ver y escuchar a los muertos es un don o una condena? Para Ema, una médica recién jubilada, la respuesta parece haber sido siempre la segunda. Desde hace años convive con una capacidad que la obliga a percibir aquello que los demás no pueden: presencias que permanecen del otro lado, almas incapaces de abandonar del todo el mundo de los vivos y señales provenientes de un territorio que debería permanecer en silencio. Pero cuando su sobrina llega a escena y un triple asesinato sacude el barrio de Piedrabuena, esa facultad deja de ser un asunto privado. Lo que hasta entonces parecía una carga personal comienza a extenderse por la comunidad y a alterar el frágil equilibrio entre quienes están y quienes ya no.
Mis muertos tristes, la miniserie dirigida por Pablo Larraín y basada en el universo literario de Mariana Enríquez, encuentra en el terror una vía de acceso a conflictos mucho más concretos. El cuento homónimo funciona como eje de una adaptación que incorpora personajes y materiales de otros relatos de la escritora, entre ellos “Julie” y “Un lugar soleado para gente sombría”. Enríquez participó del proceso junto con Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y el propio Larraín. El resultado es una narración de cuatro episodios que combina horror, drama familiar y observación social, y que traslada al lenguaje audiovisual una de las zonas más reconocibles de la obra de la autora: la convivencia inquietante entre lo cotidiano y aquello que preferimos no mirar.
La elección de Larraín para llevar ese universo a la pantalla tampoco resulta casual. Su prolífica y lograda filmografía —de Tony Manero y Post Mortem a El club, Neruda, Jackie, Spencer y El Conde— está poblada por personajes sometidos a dilemas íntimos que nunca pueden separarse del contexto que los rodea. La violencia, la memoria, las estructuras de poder y las zonas oscuras de una sociedad atraviesan buena parte de su cine.

En Mis Muertos Tristes, los espectros no parecen regresar únicamente para provocar miedo. Cada uno arrastra algo que quedó pendiente: una muerte violenta, una injusticia, un abandono, un dolor que nadie quiso o pudo elaborar. Su presencia convierte la ausencia en una forma de memoria: ¿quién responde por esas vidas y qué responsabilidad tienen los vivos frente a aquello que decidieron olvidar?
Larraín construye un mundo en el que lo imposible se incorpora gradualmente a la vida cotidiana. No hay una ruptura tajante entre lo real y lo fantástico; ambos registros empiezan a contaminarse hasta resultar inseparables. Ema debe aprender a convivir con quienes se fueron, pero también con una familia atravesada por reproches, pérdidas y asuntos inconclusos. La dimensión paranormal funciona, así, como prolongación de una encrucijada emocional.
En este flamante estreno de Netflix, el duelo se mezcla con aquello que quedó pendiente, con las palabras que nunca llegaron a decirse y con figuras que se niegan a desaparecer. Tal vez los fantasmas no regresen (solo) para asustar, sino porque todavía tienen algo que decir. Sus manifestaciones pueden adquirir una dimensión física, incluso sexual, pero detrás de ellas persiste una incomodidad más profunda: la imposibilidad de mantener enterrado aquello que una comunidad intenta dejar atrás.
Mercedes Morán encuentra en su personaje una combinación precisa de vulnerabilidad, experiencia y resistencia. No interpreta a una heroína en el sentido tradicional, encarna a una mujer que lleva décadas intentando convivir con una capacidad que nunca pidió y que ahora la obliga a enfrentar aquello que preferiría mantener a distancia. Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez completan un elenco de fuerte presencia, al que completan con acertadas intervenciones Carlos Portaluppi, Germán de Silva y Luz Jiménez. El conjunto resulta esencial para que el elemento fantástico conserve credibilidad: antes de creer en lo sobrenatural, la serie necesita que creamos en quienes conviven con las manifestaciones.
Mientras tanto, Piedrabuena adquiere una importancia que excede la de simple escenario. El barrio aparece atravesado por la precariedad, la violencia y el abandono, y el triple asesinato que desencadena parte de la trama introduce una dimensión social que termina proyectándose sobre el plano fantástico. Las víctimas deambulan por el mismo territorio que habitaron en vida, de modo que la geografía cotidiana se convierte también en un espacio de memoria.

Es allí donde la serie establece uno de sus vínculos más fuertes con la literatura de Enríquez. La pobreza, las vidas alejadas de los centros de poder, las muertes que pueden quedar sin respuesta y los sectores condenados al olvido no constituyen un simple telón de fondo. Son la materia misma del horror. Lo perturbador no consiste únicamente en que existan apariciones, sino en descubrir que las circunstancias que las producen pertenecen al mundo reconocible de todos los días.
Sin embargo, no todo el recorrido alcanza la misma intensidad. Hay momentos en que el subrayado resulta excesivo y otros en los que el tono dramático pierde notoria precisión. Algunas situaciones parecen necesitar mayor sutileza para conservar su ambigüedad, mientras determinados recursos buscan una contundencia que termina explicando demasiado. El material literario posee una riqueza que no siempre encuentra una traducción igualmente matizada en pantalla; de hecho, algunas lecturas críticas han señalado precisamente un exceso de subrayados y una pérdida de ciertos matices presentes en la obra de Enríquez.
Aun así, la serie encuentra su mayor fuerza cuando comprende que el verdadero espanto no está necesariamente en aquello que aparece frente a nosotros, sino en lo que esa aparición obliga a recordar. Bajo la óptica de Larrain, el verdadero miedo nace cuando una pérdida deja de ser privada y cuando una comunidad ya no puede continuar fingiendo que determinadas heridas no existen.

Título: Mis muertos tristes.
Título internacional: My Sad Dead.
Dirección: Pablo Larraín.
Creador: Pablo Larraín (basado en los cuentos de Mariana Enriquez).
Intérpretes: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Álvarez, Carlos Portaluppi, Luz Jiménez, Germán de Silva y Sergio Prina.
Género: Drama sobrenatural, Horror psicológico, Terror.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 4 episodios de 56, 50, 47 y 48 minutos (201 minutos en total).
Origen: Argentina/ Chile.
Año de realización: 2026.
Plataforma: Netflix.
Fecha de estreno: 24/09/2026.
Puntaje: 5 (puntos)
