Por Joan Segovia, corresponsal en España
Adrenalina, calle y carácter
Luger transcurre en el lapso de un solo día en un polígono industrial ficticio llamado Santos 117, donde dos buscavidas, Rafa y Toni, aceptan un encargo aparentemente sencillo: recuperar un coche robado para un cliente de Ángela, una abogada de moral dudosa. Lo que comienza como un trabajo menor se complica rápidamente cuando el coche resulta esconder algo más que un simple robo. La tensión crece, los favores se enredan y el dúo se ve arrastrado a una espiral de violencia, traición y supervivencia. Lo que parecía una jornada rutinaria se convierte en una huida hacia adelante sin frenos, tan absurda como brutal, en la que nadie sale ileso.
La película juega con nuestras expectativas desde el primer minuto, retorciendo el camino del dúo protagonista a lo largo de su peor día. Cuando todo parece que va a conducir hacia un suceso inevitable, la trama toma un desvío que te deja con el culo torcido. Bruno Martín se divierte con el espectador: construye escenas que parecen encaminarse hacia un clímax lógico y, justo cuando uno ya ha asumido cómo va a resolverse, gira el timón y te saca del carril. Este patrón se repite varias veces a lo largo del film, pero nunca pierde frescura porque cada giro tiene sentido dentro del engranaje de causa y efecto que mueve la historia. Nada ocurre porque sí. Se abren puertas que crees que el guion va a cruzar sin remedio, pero no, cambiando las reglas del juego en el momento justo para mantenerte pegado al asiento. Esa imprevisibilidad, tan medida y tan coherente, es una de las claves de su adicción: no solo quieres saber qué va a pasar, sino cómo demonios va a hacerlo.

Luger está dirigida por Bruno Martín, que firma aquí su primer largometraje tras haber pasado por casi todos los oficios del audiovisual: actor, guionista, montador y productor, entre otros. Antes de lanzarse al cine, fue conocido por las miniseries Aczión y Mala Influencia, dos propuestas de comedia negra y sátira urbana que ya mostraban su fascinación por los personajes al límite y el humor seco que ahora lleva al extremo aquí. Además, trabajó como productor en Os Reviento (2024) de Kike Narcea, título que comparte con su película el gusto por el submundo marginal y la violencia tratada con descaro. Su paso por estos proyectos le ha dado un pulso narrativo muy particular: sabe cuándo tensar la cuerda, cuándo dejar respirar al espectador y cuándo golpear. Todo ese aprendizaje converge en una dirección firme y un ritmo que late con energía constante, como un gancho directo al mentón.
El núcleo de Luger lo forman Rafa y Toni, dos buscavidas atrapados en un encargo que se les va de las manos. Rafa, interpretado por David Sainz, es el cerebro cansado del dúo: un tipo que parece haber sobrevivido a demasiadas noches malas y que encara el caos con resignación y sarcasmo. Sainz, conocido por haber creado, dirigido y protagonizado la mítica serie Malviviendo, traslada aquí su conocimiento del margen urbano y de los personajes que viven fuera del glamour. Desde aquel retrato ácido del barrio, el canario ha sabido moverse entre el humor y la crítica social, y en Luger canaliza esa experiencia en un registro más oscuro, más físico, pero igual de auténtico. Su interpretación da al personaje un peso humano que equilibra el exceso del entorno, un punto de lucidez en medio del desastre.
A su lado está Mario Mayo como Toni, el contrapunto impulsivo, más visceral y menos calculador. Su química con Sainz sostiene buena parte del ritmo de la película: juntos funcionan como una pareja cómica disfuncional atrapada en un thriller. El antagonista es Jacinto Santamano, interpretado por Ramiro Alonso, una presencia fría y metódica cuyo poder se impone sin alzar la voz: pura amenaza en suspensión. Su pausada y calculada interpretación hace del personaje alguien temible, un monstruo urbano con el que es mejor no cruzarse. Por su parte, el propio Bruno Martín se reserva el papel de Charly, un personaje ambiguo que aparece como figura de autoridad dentro del ecosistema del polígono. Su presencia tiene algo de amenaza y de ternura a la vez, como si representara la frontera entre el código del barrio y el del crimen. No roba plano, pero lo llena.
Pero entre los muchos personajes que pueblan la película, Fede se impone como una de las presencias más memorables. A simple vista podría parecer otro estereotipo del cine español: el gitano violento, impredecible, construido desde el cliché. Pero bajo esa primera impresión late algo mucho más complejo. Mauricio Morales hace un trabajo magnífico, llenando al personaje de matices que lo alejan de la caricatura. Su Fede no es un simple matón ni un alivio cómico; es un ser que encarna el verdadero peligro del lugar, el miedo físico que flota en cada rincón de Santos 117. Morales trabaja desde la mirada, desde los gestos mínimos, con una naturalidad que no se finge. Cada palabra con su acento marcado, cada sonrisa torcida que parece una amenaza o cada estallido de rabia tiene la textura de la calle, de esos callejones mal iluminados donde la violencia es una forma de comunicación. Se nota que Bruno Martín le dio libertad para moverse, para apropiarse del papel y hacerlo suyo, y esa confianza se traduce en una interpretación viva, llena de verdad. Fede no tiene tanto tiempo en pantalla como Rafa o Toni, pero su presencia pesa igual en la trama.

No puedo obviar uno de los elementos más potentes del film: su banda sonora, que funciona como un latido interno más que como acompañamiento. Lejos de buscar protagonismo, la música se integra con el montaje y refuerza cada escena. Está construida a base de batería, palmas, percusión y ritmos de base urbana, casi tribal, que marcan el pulso de la película y acompañan la acción todo el rato. Hay momentos en los que la percusión se confunde con los ruidos del polígono: martillazos, portazos, motores, herramientas. Todo parece formar parte del mismo compás, como si el barrio entero respirara al ritmo de golpes.
Pero si hay algo que la película hace bien por encima del resto y es cómo retrata sin filtros la España obrera, esa que casi nunca aparece en pantalla sin caer en la caricatura o el paternalismo. El polígono industrial Santos 117 no es un decorado, es un organismo vivo: talleres grasientos, bares de menú, almacenes con olor a metal y manos manchadas de trabajo. Aquí vemos ese mundo con respeto, mostrando a sus personajes como son: solo supervivientes en un entorno que los ha marginado. En esa honestidad, en ese retrato de la dignidad desgastada, reside parte de la fuerza de la película: no busca denunciar ni idealizar, simplemente mostrar una realidad que sigue ahí, muchas veces invisible en el cine.
Luger es, en esencia, un disparo certero al centro del nuevo cine de barrio: salvaje, sucia, frenética y consciente de lo que tiene entre manos. No pretende revolucionar el género, pero sí recordarnos que todavía puede hacerse cine de acción en España con garra, con ironía y con una mirada social sin sermones. Dirigida con pulso y descaro, apoyada en un elenco que suda pasión por la obra y con una energía que se contagia desde el primer minuto. Hay violencia, humor y mugre, pero también una humanidad latente que se resiste a desaparecer entre la grasa y la violencia.
Festival de Sitges 2025 – Sección Òrbita
Título: Luger. Dirección: Bruno Martín. Intérpretes: David Sainz, Mario Mayo, Ángel Acero, Ana Turpin, Ramiro Alonso, Mauricio Morales, Mónica Miranda, Daniel Ortiz, Kike Guaza, Roberto García y Bruno Martín. Género: Thriller. Duración: 95 minutos. Origen: España. Año de realización: 2025.
Puntaje: 9 (nueve)

