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sábado, 24 enero 2026
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Crónicas de la 58ª edición del Festival Internacional de Sitges: Día 6

Por Joan Segovia, corresponsal en España

Sitges 2025 – Día 6: Luger es la sorpresa del festival

El sexto día arrancó con un sol que ya empezaba a tomarse las cosas demasiado en serio. El calor seguía pegando con fuerza, y desde primera hora la playa volvía a llenarse de valientes dispuestos a quemarse antes de entrar en una sala oscura. Se notaba que era martes: menos gente, menos colas, más calma. Las terrazas recuperaban el aire veraniego y el festival respiraba un poco entre semana, aunque dentro del Melià las butacas seguían llenas de ese cansancio dulce de quienes ya han visto demasiado cine y aún quieren más.

En New Group, de Yuta Shimotsu, los silencios incómodos y una atmósfera opresiva están perfectamente capturados.

La primera del día fue la nipona New Group, de Yuta Shimotsu, una película que parece salida directamente de las pesadillas de Junji Ito. La atmósfera opresiva, los silencios incómodos y esa sensación de que el mundo está mal y nadie lo nota están ahí, perfectamente capturados. La historia se mueve entre la alegoría del fascismo y el terror psicológico: un líder carismático que consigue manipular a los estudiantes de un instituto hasta convertirlos en una masa obediente que persigue, castiga y elimina a los que se resisten a unirse. El uso de la gimnasia y las rutinas físicas como símbolo de adoctrinamiento —esas marchas sincronizadas, esos silbatos de profesores que parecen oficiales militares— termina siendo tan absurdo como escalofriante. No hay monstruos, ni falta que hacen: lo monstruoso es la normalidad con que el mundo asume esos comportamientos enfermizos. Curiosa, inquietante y tan incómoda como debería ser.

La película húngara Feels Like Home, dirigida por Gábor Holtai, juega en otra liga: la de la paranoia psicológica.

Después llegó la húngara Feels Like Home (Itt érzem magam otthon, Gábor Holtai), que juega en otra liga: la de la paranoia psicológica. La premisa es brillante y está contada con una frialdad casi teatral. Una chica es secuestrada para hacerse pasar por la hija mayor de una familia, pero pronto se descubre que todos los miembros son impostores interpretando un papel dentro de una obra orquestada por “Padre”, un excéntrico millonario que ha construido su propia ficción doméstica. Lo más perturbador no es la violencia, sino la obediencia: ver cómo el condicionamiento mental borra los nombres reales, las identidades, y convierte a personas normales en personajes de una fantasía ajena. La lectura social está ahí: Padre como figura del Estado, o de cualquier poder que moldea, amenaza y destruye el individualismo, moldeando al ciudadano para encajar en el rol que se le ha asignado. Una película tan incómoda como lúcida.

Fucktoys, de Annapurna Sriram, es la odisea distópica de 2 prostitutas que que recorren un mundo sucio y a la vez brillante.

Llegó el mediodía con Fucktoys, de Annapurna Sriram, una odisea distópica de dos mujeres que venden su cuerpo mientras recorren un mundo tan sucio como brillante, buscando dinero para romper una maldición. Es una road movie cargada de neones, maquillaje corrido y diálogos desganados, con una estética glam y kitsch que lo impregna todo. Es cierto que la historia no va mucho más allá y que las interpretaciones a veces flaquean, pero la película tiene una energía particular, una mezcla de rabia y color que la hace hipnótica. Sriram no pretende moralizar ni escandalizar: simplemente te arrastra a un universo delirante y te deja allí, entre luces rojas y decorados de estética recargada de sexualidad. Un ejercicio estilístico con alma de pesadilla pop.

Luger, de Bruno Martín, es una mezcla de thriller y comedia negra ambientada en un polígono industrial español.

Y cerré el día con Luger, que fue la gran sorpresa. Dirigida por Bruno Martín, es una mezcla muy bien medida de thriller y comedia negra ambientada en un polígono industrial español. Tiene la suciedad justa, el humor exacto y un ritmo que no da respiro. Las conversaciones parecen heredadas del mejor Tarantino y las escenas respiran ese caos coreografiado que recordaba a los primeros trabajados de Guy Ritchie. Pero lo que más me gustó es que Luger no pretende ser “cool”: lo es sin intentarlo. Transcurre entre talleres grasientos, almacenes llenos de humo y bares donde el menú del día se sirve con tinto de la casa y servilletas de papel. Su violencia es seca, directa y sin filtro. Y en un festival que muchas veces se ahoga entre pretensiones, ver algo tan directo y tan de aquí se agradece como un trago frío después del infierno.

El día terminó con la sensación de que Sitges, cuando se relaja, muestra su mejor cara. Cuatro películas radicalmente distintas, todas con su propio universo: del adoctrinamiento japonés a los neones distópicos, del teatro del absurdo a los tiros entre almacenes. Un martes que, sin pretenderlo, terminó siendo de los más completos.

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