Por Joan Segovia, corresponsal en España
Sitges 2025 – Día 7: ¿Pero… dónde está la sangre y el terror en este festival?
El día amaneció igual que los anteriores: el sol seguía castigando como si Sitges se resistiera a soltar el verano, y las salas continuaban llenas hasta los topes. Por suerte, esta vez me sentía más descansado. Se notaba que el ritmo del festival ya había entrado en esa fase donde el cansancio se mezcla con la rutina y todo empieza a fluir con más calma.

La jornada comenzó con No Other Choice, el film surcoreano de Park Chan-wook. Técnicamente impecable, como era de esperar de este director, con una puesta en escena sobria y una narrativa que se mueve pausada pero con intención. La historia gira en torno a un hombre que pierde su empleo después de años de dedicación y lucha por recuperar lo que siente que le pertenece: su estatus, su orgullo, su identidad. En esa obsesión aparecen temas muy poderosos — la precariedad laboral a ciertas edades, reemplazo de puestos de trabajo por IA, las terapias corporativas en los despidos, el choque cultural entre modelos laborales extranjeros y asiáticos— pero la película no termina de sumergirse en ninguno, lo que la hace muy tibia y llana. Llega a ser tan superficial que ni termina de meterse en el trauma psicológico del protagonista que se justifica a sí mismo el volverse un asesino para poder trabajar. Además, el primer acto el ritmo es demasiado lento y, aunque luego logra mantener atención, da la sensación de que pudo haber sido más aguda si se atreviese a más.

Al mediodía llegó la tailandesa Un fantasma útil, de Ratchapoom Boonbunchachoke. La sinopsis cuenta que tras la muerte de Nat por envenenamiento por polvo, esta vuelve como fantasma reencarnada dentro de una aspiradora para poder seguir estando con su enamorado. La película parte de una premisa humorística extraña, pero se va cargando de gravedad. Lo que empieza con el más absoluto absurdo termina lleno de referencias y detalles que lo enmarcan, puede que involuntariamente, en una metáfora sobre la homosexualidad. Empieza con los prejuicios sobre su relación, la coerción familiar y religiosa para que dejen de estar juntos, la imposición de la ley que ya no los contempla como un matrimonio e incluso se aplican terapias de electroshock para terminar con los sentimientos que siente la pareja. La película en sí no está mal, pero viendo con perspectiva estos detalles ha sido cuando realmente me ha conquistado.

Por la noche hice doble sesión. Primero Man Finds Tape, falso true crime dirigido por Paul Gandersman y Peter Hall. Usa videollamadas, archivos, cámaras de seguridad, entrevistas: todo lo que esperarías de ese género. Aun así, se nota la falta de experiencia en este tipo de obras y no termina de convencer como true crime ni como falso documental. Cierto que al principio engancha, su ambiente es inquietante y el misterio seduce. Pero se resiente con el paso del tiempo: la tensión tarda en llegar y a ratos se siente forzada por formato. La idea es buena, pero se queda a medias.

Después vino Bagworm de Oliver Bernsen, la más difícil de disfrutar. Un hombre que vive en la más absoluta miseria en una casa en ruinas tras un incendio y con trabajo precario, contrae una enfermedad que poco a poco le va minando la salud. Aunque los estragos físicos son lo que realmente uno ve en la pantalla, la obra nos traslada una enfermedad mucho más real y que se extiende más rápido cada vez en nuestros días: la depresión. No solo eso, si no el aislamiento social que esta provoca y como nos va afectando poco a poco hasta destruirnos. Una película absorbente de principio a fin que exterioriza de un modo muy gráfico y asqueroso una pandemia social que asola nuestro entorno.
El día terminó con la sensación de haber presenciado un puñado de películas de autoayuda camufladas. Tres de los títulos eran trabajos reflexivos sobre el crecimiento personal o las consecuencias de la falta de aceptación tanto de uno mismo como por parte de otros. Sitges hoy se puso el traje moral y, sinceramente, tampoco era necesario. Espero que mañana se compense con sangre, muertes y casquería.
