Por Miguel Ángel Leija, corresponsal de Nueva Tribuna España
¿Puede un país reconstruirse mientras su familia más ilustre se destruye por dentro? Esa pregunta es el corazón oculto de Tierra de mi padre, la nueva película del polaco Paweł Pawlikowski que llega al Festival de Cannes ocho años después de Cold War para cerrar una de las trilogías temáticas más elegantes del cine europeo contemporáneo.
Nos encontramos en 1949. El Premio Nobel Thomas Mann regresa a una Alemania en ruinas tras dieciséis años de exilio en Estados Unidos, acompañado por su hija Erika. El viaje, que lo llevará de Frankfurt (controlado por los americanos) hasta Weimar (en manos soviéticas), tiene como pretexto oficial la celebración del bicentenario de Goethe.
Así, lo que debería ser un acto de gloria literaria se convierte en un trayecto por los escombros de lo que poco antes era una civilización importante y ahora es un país que tiene que definir quién quiere ser.

La gran apuesta de Pawlikowski es sostener dos historias simultáneas sin que ninguna aplaste a la otra. Por un lado, la reconfiguración política de Alemania: el espectáculo absurdo de dos bloques ideológicos opuestos peleando por apropiarse del mismo escritor como si fuera un trofeo. Por el otro, algo mucho más devastador: la familia Mann navegando en silencio el duelo por el suicidio de Klaus, el hijo incomprendido. Mientras Alemania finge reconstruirse, los Mann se deshacen.
Aquí es donde la película sorprende con algo inédito en la filmografía del director: el humor. Un humor absurdo que aparece precisamente en los momentos más solemnes del viaje oficial. Los discursos vacíos, los banquetes donde cada bando intenta posicionar a Mann como propio, los burócratas fanáticos… todo filmado para retratar la ridiculez política del momento. Fue un disfrute total escuchar las risas en la sala.
Lo que no cambia (¡gracias!) es la fotografía. Łukasz Żal (el mismo de Ida y Cold War) entrega imágenes que son un monumento en sí mismas. El formato casi cuadrado aplasta a los personajes bajo el peso del espacio que los rodea y hay planos que tardan más de un segundo en revelar su forma completa provocando una sensación hipnótica.
El único reparo importante es que Tierra de mi padre exige del espectador un conocimiento previo que no ofrece dentro de sus 82 minutos. Quien no sepa quién era Thomas Mann, Klaus Mann y su Mephisto, o sobre todo el contexto geopolítico del final de la Segunda Guerra Mundial e inicios de la Guerra Fría puede sentir que la película le habla en un idioma que no le enseñó.

Ahondando en este punto, hay un momento en que la austeridad de Pawlikowski trabaja en su contra. El viaje de Thomas y Erika tiene un punto de partida claro pero su desarrollo emocional nunca termina por arrancar: ¿qué resuelve este regreso? ¿Qué cierra? La película se niega a responder esa ambigüedad y aunque no es su obligación, en más de una ocasión se siente simplemente como evasión.
Las actuaciones son, sencillamente, memorables. Sandra Hüller nos regala otro papel memorable y Hanns Zischler construye a un Thomas Mann gigante. Juntos son extraordinarios.
En conclusión, Fatherland es una película que recompensa en proporción directa a lo que el espectador trae consigo. Para quien llegue preparado, es una muy buena obra: densa, irónica, profundamente humana y visualmente hipnótica. Para quien no, es una película hermosa que se siente lejana.
Título: Tierra de mi padre.
Título original: Fatherland.
Dirección: Paweł Pawlikowski.
Intérpretes: Hanns Zischler, Sandra Hüller, August Diehl, Devid Striesow, Anna Madeley y Joanna Kulig.
Género: Drama biográfico, Histórico, Docudrama.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 82 minutos.
Origen: Polonia/ Alemania/ Italia/ Francia.
Año de realización: 2026.
Distribuidora: MACO Cine.
Fecha de estreno: 29/10/2026.
Puntaje: 8 (ocho)
