Por Mónica Grau Seto, corresponsal en España
*Se advierte al lector que la nota contiene spoilers
Mark Anthony Green, en su debut como director, firma con Opus un desconcertante y visualmente hipnótico retrato del culto moderno a las celebridades. Tras trece años como editor de la revista GQ, Green conoce bien la anatomía del ego musical, y aquí lo lleva al extremo: un pop star convertido en figura mesiánica, rodeado de seguidores que confunden inspiración con devoción.
La película tuvo su estreno mundial en el Sundance Film Festival 2025 y compitió en la sección Oficial Fantàstic del Festival de Sitges. La historia arranca con una premisa irresistible y nos adentra en el mundo del culto a las nuevas divinidades, a través de una leyenda de la música que lleva varias décadas sin publicar: una joven redactora (Ayo Edebiri) es invitada junto a otros cinco comunicadores a pasar unos días en el rancho del legendario Alfred Moretti (John Malkovich), un artista desaparecido durante tres décadas que anuncia su esperado regreso con el álbum “Caesar’s Request”. A diferencia de los cinco billetes dorados ocultos en chocolatinas, que permitían visitar la gran fábrica de chocolate de Willy Wonka, aquí no hay nada al azar, y estos seis invitados han sido previamente seleccionados y son profesionales de diferentes medios de comunicación: Un presentador de radio, una estrella de la televisión, una paparazi, una influencer, y dos periodistas.
Lo que inicialmente será visto como un acto de cortesía, irá evolucionando en una situación de control y vigilancia hacia este grupo de foráneos, que se verán privados de cualquier tipo de comunicación con el mundo exterior y la joven periodista empezará a investigar para entender como alguien tan poderoso se ha fijado en una desconocida como ella. Aunque el grupo inicialmente estará demasiado abducido por la fascinación e idolatría hacia el cantante y compositor, y ello les impedirá ver ciertas distorsiones en el comportamiento del entorno del artista. La exclusiva soñada para esta “listening party” pronto se convertirá en una pesadilla envuelta en seda y lentejuelas.

El culto del color y el artificio
El mundo de Moretti es una mezcla inspirada en figuras como Elvis Presley, Prince y David Bowie, bebiendo del glam rock, y los años 70 y 80. Descubrimos que vive en una comunidad artística llamada Los Nivelistas, todos ellos van vestidos de azul índigo, y no creen en un Dios invisible sino en el talento, el arte y la creatividad, y Moretti para ellos es un líder, el cual utiliza ropajes de colores vivos como rojo o naranja para diferenciarse. Como curiosidad, decidieron no utilizar el color lila que muchos identificarían con Prince, y es el color de los adeptos de la peligrosa secta japonesa Aum Shinrikyo.
Green convierte la finca del divo en un santuario del artificio, donde el diseño de producción de Robert Pyzocha juega con el contraste de colores y mobiliario modernista. Este set se construyó en tan sólo 19 días, en un complejo de 65 acres en una reserva india en Alburquerque. La atmósfera, a medio camino entre Parpadea dos veces y Midsommar: El terror no espera la noche, es tan atractiva como inquietante.
Uno de los aspectos visuales que más destaca es el vestuario de Shirley Kurata. desplegando una exuberancia visual impecable: sedas, metalizados, plataformas y un constante juego cromático entre el azul místico y el naranja vitalista. Malkovich, quien lanzó su propia línea de ropa masculina en 2017, también colaboró con ideas como el uso del pareo, algo diferencial con otras estrellas y con ese toque liviano que podemos vincular con la apariencia de lideres de cultos
John Malkovich, en estado de gracia, abraza su rol de estrella divina con un magnetismo que trasciende la pantalla. Totalmente desatado, canta y baila tres temas compuestos por Nile Rodgers & The-Dream (“Dina, Simone”, “35 mm” y “Tomorrow”), que incluso han dado pie a una edición especial en vinilo bajo el nombre de su personaje. A su alrededor, el reparto coral con nombres como Juliette Lewis, Murray Bartlett o Tony Hale, aporta el toque de cinismo mediático necesario para mantener el equilibrio entre sátira y horror, pero se desaprovechan oportunidades para desarrollar mejor sus personajes.
Tensión a plena luz del día
Aunque Opus no busca el sobresalto ni el susto, el terror se filtra a través de la manipulación emocional y del poder del carisma. Y aunque tenemos la sensación de volver a ver” la misma historia”, por la fascinación del cine por las sectas, no estamos ante Midsommar ni tampoco hay folk horror, la propuesta se asemeja más a Club cero, El Menú o La Secta, con un toque new wave. La tensión es siempre diurna y teatralizada, ya que la luz del día también puede ser terrorífica.
En una época de ateísmo, hay quien eleva a sus ídolos musicales a estatus que podrían asimilarse a una divinidad, algo que ya vimos en la magnífica serie El enjambre, donde el fandom no se aleja demasiado de lo sectario y hay quienes estarían dispuestos a hacer cualquier cosa por sus ídolos musicales.

Todo ello nos recuerda que en el siglo XXI el espectáculo no se detiene ni en los rituales más macabros, donde asesinos en serie como Manson (contrario al protagonista, ya que fracasó como músico) tienen fans a pesar de los crímenes cometidos por sus adeptos.
Ayo Edebiri, convertida en una final girl de nueva generación, encarna a la perfección la mezcla de curiosidad y vulnerabilidad de quien quiere triunfar en una industria que devora jóvenes talentos y los ningunea en el camino. Su química con Malkovich sostiene gran parte de la trama, incluso cuando el guion se dispersa en su tramo final.
Entre la sátira pop y el thriller psicológico
Opus es, en el fondo, una parábola sobre la adoración moderna: sobre cómo el vacío espiritual se llena con brillo, fama y algoritmos. Su propuesta estética es impecable, delirante y autoconsciente y supera a su argumento, y aunque repite ciertas fórmulas del “terror sectario” ya vistas en títulos anteriores, el viaje merece la pena. El director consigue que entremos como corderitos en su rancho azul para salir hipnotizados, quizá no convertidos, pero sí seducidos por todo el espectáculo.
No es una obra maestra ni un nuevo clásico del género, pero funciona como un festín audiovisual con alma de sátira pop. Y en tiempos donde la idolatría se mide en seguidores y likes, pocas películas capturan con tanta ironía el vértigo de creer en algo o en alguien demasiado, cruzando el límite del fenómeno fan hacía la adoración.
Porque si Presley o Jackson no hubiesen muerto… ¿quién no vendería su alma para visitar Graceland o Neverland? No busquemos una película de culto, ni una obra maestra de terror psicológico, dejemos los prejuicios en casa y disfrutemos del gran espectáculo que es Opus.
Opus: La Última Obra (Opus, EE.UU., 2025).
Dirección y guión: Mark Anthony Green.
Con Ayo Edebiri, John Malkovich, Juliette Lewis, Murray Bartlett y Amber Midthunder.
Festival de Sitges 2025 – Oficial Fantàstic Competició

