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domingo, 7 diciembre 2025
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Crónicas de la 58ª edición del Festival Internacional de Sitges: Día 9

Por Joan Segovia, corresponsal en España

Sitges 2025 – Día 9: Taroman salvó el día

El sol seguía castigando como si el verano se negara a irse, pero al fondo se oteaban unas nubes oscuras como las que inundaron Sitges al inicio del festival (spoiler: cayeron cuatro gotas por la tarde y volvió a salir el sol enseguida). El cansancio se apoderaba de mí tras tantos días de idas y venidas entre salas. Empezaba a ser una tarea titánica no dormirme en la butaca si la película no estaba a la altura. Hoy empezaba la cuenta atrás del festival.

La sonrisa del mal funciona más como una fábula inquietante que como una película de terror.

Mi primera del día fue La sonrisa del mal, del italiano Paolo Strippoli (Piove), una de esas películas que te sorprenden sin necesidad de hacer ruido. La historia gira en torno a un pequeño pueblo donde una comunidad religiosa venera a un niño con supuestos dones curativos. La llegada de un nuevo profesor, marcado por la muerte de su hijo, sirve como punto de entrada a este mundo cerrado y aparentemente idílico. El film funciona más como una fábula inquietante que como una película de terror: no hay grandes sustos, ni tensión sostenida, pero sí un ambiente extraño y opresivo, en el que todos sonríen como si estar triste fuese pecado. Strippoli retrata bien esa dependencia comunitaria hacia la fe y cómo el forastero introduce, sin querer, una grieta en ese equilibrio artificial. A veces la película se dispersa y su reflexión sobre el culto a los niños “santos” se queda a medias, pero tiene un tono incómodo y melancólico que consiguió engancharme.

Taruman Expo Explosion se presenta como una sentai movie delirante, un homenaje a Ultraman, Power Rangers y otros productos televisivos.

Por la tarde entré en la sala Tramuntana listo para la película que esperaba con más ganas de todo el festival: Taroman Expo Explosion, del japonés Ryō Fujii. Un chute de color y nostalgia que rompió por completo el tono de la jornada. Inspirada en la Expo de Osaka de 1970 —la misma que aparecía en 20th Century Boys—, la película se presenta como una sentai movie delirante, un homenaje a Ultraman, Power Rangers y toda esa televisión infantil donde los héroes en trajes látex y mallas se lanzaban a salvar el mundo con coreografías absurdas y poses ridículas. Pero bajo su capa de comedia hay algo más bonito: un enfrentamiento entre el surrealismo y la rigidez de la realidad, entre la imaginación y el orden, entre la mirada que tiene un niño sobre el mundo y lo que nos encontramos al crecer. Taroman es un recordatorio de que todos fuimos niños que miraban la pantalla esperando que el héroe ganara con su ataque final mientras el malo explotaba al fondo. Es tan tonta como tierna, y en su exageración encuentra un encanto sincero.

The Curse, dirigida por Ken’ichi Ugana, intenta ser una revisión del terror asiático clásico que acaba siendo un refrito de clichés.

Después llegó The Curse, coproducción entre Japón y Taiwán dirigida por Ken’ichi Ugana, y ahí se acabó la diversión. Lo que intenta ser una revisión del terror asiático clásico acaba siendo un refrito de clichés. Todo remite a The Ring, Ju-on y sus incontables imitaciones, pero sin la elegancia ni el ritmo de las originales. Su toque moderno, que mezcla redes sociales y envidia digital, podría haber funcionado mejor si no se repitiera tanto el esquema. La idea de una maldición provocada a través de Instagram tiene su gracia, pero el abuso de tropos la vuelve predecible desde el minuto diez. Da la sensación de que Ugana quiso hacer una crítica a la toxicidad de internet, pero se perdió entre tanto susto reciclado. Tampoco ayuda que los personajes padezcan algún tipo de trastorno que les impida huir del peligro cuando este es evidente y se dediquen a hacerse selfies e su lugar. Al final se queda como una película que puedes ver con los amigos tomando unas copas para reírte más que como una buena obra para una sesión de terror con las luces apagadas.

Para rematar la jornada, tocaba sesión triple de 1 de la madrugada a 7 de la mañana. Solo esperaba que la noche en vela fuese por un buen motivo.

Deathstalker es la misma historia que el original de los ochenta, pero con mejor presupuesto.

La primera fue el remake de Deathstalker, una producción estadounidense dirigida por Steven Kostanski que llega directamente desde el submundo de la serie B. No hay mucho que decir: es la misma historia que el original de los ochenta, pero con mejor presupuesto, buen y poco CGI y toneladas de látex, sangre y heavy metal. Mención especial a los esqueletos stop motion al estilo Argonautas. Una carta de amor (o de despedida) al sword and sorcery más cutre, con bárbaros musculosos, brujas semidesnudas y efectos prácticos que parecen salidos de un mercadillo medieval. Es puro cine de medianoche, y quien entre sabiendo eso lo disfrutará. Los demás, probablemente huyan.

The Creeps, del finlandés Marko Mäkilaakso, es una copia descarada de la Gremlins de Joe Dante.

Después cayó The Creeps, del finlandés Marko Mäkilaakso, y si la anterior era un homenaje honesto, esta es una copia descarada. Básicamente, Gremlins en versión esquí: pequeñas criaturas asesinas, muñecos de nieve por ordenador, sembrando el caos durante un festival de monstruos en un pueblo nevado. Pero donde Dante hacía magia, Mäkilaakso hace un despropósito. El CGI es de videojuego barato, el humor parece escrito por adolescentes aburridos y los chistes de culos y tetas se suceden continuamente y sin gracia. Una comedia de terror que ni asusta ni hace reír. Eso sí, con la aparición de Christopher Lambert que no debía saber ni lo que firmaba cuando aceptó hacer esto.

Deathgasm 2 es más grande, sí, pero también más desordenada y menos divertida.

Por suerte, la jornada terminó con Deathgasm 2: Goremageddon, de Jason Howden, la esperada secuela del fenómeno neozelandés de 2015. Lamentablemente, el resultado no está a la altura. Aunque el presupuesto ha crecido, la producción tuvo mil problemas (pasó de Nueva Zelanda a Canadá por falta de fondos) y eso se nota en la falta de coherencia visual. Es más grande, sí, pero también más desordenada y menos divertida. Donde la primera tenía encanto y energía punk, esta se siente más controlada, más consciente de su propio mito. Aun así, tiene sangre, guitarras y demonios suficientes para cerrar el día, o empezarlo viendo la hora a la que terminó la sesión, con una sonrisa. Un intento de secuela que se queda para el olvido.

Al salir de la última sesión, el aire fresco del paseo marítimo parecía una bendición y el sol ya estaba bien alto. Empezaba el último día del festival y yo iba a retirarme unas horas antes de las últimas funciones que me faltaban por ver.

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