Por Joan Segovia
Sueños de Oslo (Dreams) es, seguramente, la idea más clara de las tres películas de la trilogía de Dag Johan Haugerud y también la que peor aguanta el tiempo que decide durar. Parte de un concepto bastante reconocible: el primer enamoramiento, esa etapa en la que uno no distingue bien entre lo que ocurre y lo que le gustaría que ocurriera. La película no sale de ahí, en ese terreno donde todo se interpreta en clave de señales, miradas y dobles sentidos que, en realidad, solo existen en la cabeza de quien siente esa conexión especial. El problema es que, una vez entendido esto, la historia apenas encuentra nuevas formas de desarrollarlo.
La protagonista Johanne, interpretada por Ella Øverbye, sostiene prácticamente todo el peso del film. Su trabajo sí consigue transmitir esa mezcla de intensidad y torpeza emocional propia de alguien que está experimentando algo por primera vez sin saber muy bien cómo gestionarlo. Hay momentos donde basta una mirada o una pausa para entender por dónde va el personaje, y ahí la película funciona más o menos bien. Pero fuera de ella, el resto de los personajes se quedan cortos. Los secundarios no terminan de tener entidad propia, ni siquiera la profesora, siendo el eje principal del conflicto. Su presencia es más una idea que una persona, lo cual tiene sentido dentro del planteamiento de Dreams donde todo lo que vemos es la idealización de la protagonista, pero eso no evita que el conjunto pierda fuerza.

La relación que articula la historia nunca llega a existir como tal. Es una construcción mental, una proyección donde cada situación se convierte en algo más de lo que realmente es. La película insiste en esto de forma constante: cómo alguien puede convencerse de que hay reciprocidad donde no hay pruebas reales. Esa forma de deformar la realidad es interesante, sobre todo porque no se presenta como algo extraño, sino como un mecanismo bastante común. El primer amor aquí no se trata como una experiencia compartida por unos amantes, sino un monólogo interior disfrazado de relación.
A partir de ahí, la película introduce el elemento del libro que escribe la protagonista, que sirve como segunda capa de interpretación. Su madre y su abuela leen ese texto y reaccionan desde sus propias ideas del amor, lo que abre una pequeña ventana a otras formas de idealización. La abuela, por ejemplo, proyecta una nostalgia hacia el sexo que hace tiempo que anhela volver a experimentar. Estas capas están bien planteadas, pero no terminan de desarrollarse lo suficiente como para aportar un verdadero contraste a la experiencia de Johanne. Sí suman algunos matices, pero no cambian la dinámica general.
El mayor problema está en cómo se articula todo esto. Haugerud vuelve a apoyarse casi exclusivamente en la palabra y en la reiteración de ideas que ya han quedado claras. No hay una progresión real. Da vueltas sobre el mismo punto, repitiéndose una y otra vez sin generar nada en el proceso. La sensación es que el material daba para bastante menos metraje, pero se estira confiando en que el matiz constante sea suficiente para sostenerlo.
Dentro de la trilogía, Dreams ocupa un lugar muy concreto. Si Sex exploraba la grieta que aparece cuando algo inesperado rompe la estabilidad personal en el ámbito más íntimo de una relación, y Love intentaba aterrizar las relaciones en una especie de práctica cotidiana sin modelos claros, aquí estamos en la fase previa: la del deseo imaginado. La película encaja bien como pieza dentro de ese recorrido, porque habla de la construcción mental del vínculo antes de que exista realmente. Por lo que, vista en conjunto, tiene sentido. Funciona como el momento en el que todo es proyección del enamorado y el otro no es más una persona donde volcar lo que cree sentir.

El problema es que, en comparación, es la que menos ofrece como experiencia independiente. Mientras las otras dos, con sus limitaciones, encontraban cierta variación dentro de sus propios planteamientos, aquí todo depende de una única idea que no termina de expandirse. No es que esté mal planteada, si no que no encuentra suficiente recorrido para sostenerse por sí sola durante más de cien minutos.
Así pues, Dreams funciona mejor como parte de un todo que como pieza aislada. Verla dentro de la trilogía le da un sentido más amplio, pero fuera de ese contexto, se queda corta. No es una mala película, pero tampoco una que nos aporte algo. Tiene claro lo que quiere contar, pero no encuentra la forma de hacerlo crecer. Y eso, en una historia que habla precisamente de cómo imaginamos más de lo que vivimos, acaba resultando casi irónico.
Título: Sueños de Oslo.
Título original: Drømmer (tcc Dreams).
Dirección: Dag Johan Haugerud.
Intérpretes: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen, Andrine Sæther, Ingrid Giæver y Silje Breivik.
Género: Drama, Romance, Coming-of-age.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 110 minutos.
Origen: Noruega.
Año de realización: 2024.
Distribuidora: Mirada.
Fecha de estreno: 07/05/2026.
Puntaje: 6 (seis)
