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jueves, 5 marzo 2026
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Love: Amar sin manual de instrucciones

Por Joan Segovia

Love (Kjærlighet) se apoya en algo muy básico: ver cómo dos adultos se apañan con la intimidad cuando deciden no seguir el camino marcado de la pareja de toda la vida. El director pasa de los dramas románticos típicos y de las burlas fáciles; lo que propone es algo más seco y normal, casi como poner un micro a gente que habla, duda y se contradice mientras intenta entender qué significa estar con alguien. La película se queda ahí clavada todo el rato. Y es justo en ese punto donde la cosa funciona… hasta que se hace demasiado larga.

Desde que empieza, ves que aquí lo que manda es la charla y no la acción. No hay ningún misterio, ni giros locos, ni una meta clara. La estructura son solo encuentros, gente hablando y pequeños cambios de humor. No busca crear tensión, sino ir acumulando formas de ver el mundo. Lo bueno es que los personajes parecen personas que te podrías cruzar por la calle. No sueltan discursos sociológicos ni frases de película; hablan como alguien que intenta aclarar lo que siente mientras le está pasando. A veces están segurísimos y al minuto siguiente ya no tanto. Ese vaivén emocional está muy bien conseguido.

Pero hemos de entender Love como lo que es: el cierra de una trilogía. El propio Haugerud concibe Sex, Dreams y Love como una trilogía temática —no narrativa— que observa el afecto desde tres estados distintos. En Sex la estabilidad cotidiana se resquebraja cuando una experiencia íntima inesperada obliga a replantear la identidad; en Dreams aparece la fase imaginada, donde el deseo se construye en nuestra mente y se idealiza antes de poder vivirse; y Love actúa como cierre práctico, enfrentando a los personajes con la pregunta de cómo relacionarse realmente cuando ya no existen modelos claros ni certezas. Vista así, la trilogía no cuenta una historia continua sino un recorrido: primero la grieta interior, luego la proyección emocional y finalmente la convivencia posible. Más que ampliar un universo narrativo, Haugerud rodea la misma cuestión desde distintos momentos del vínculo.

En cuanto a las interpretaciones, Andrea Bræin Hovig es la que aguanta el tirón al no forzar nada. Su personaje no necesita grandes escenas para que te la creas; basta con ver cómo escucha o cómo se queda pensando antes de soltar una respuesta. Todo depende de esos detalles, de pequeños cambios de actitud que sustituyen a los líos dramáticos de siempre. Cuando acierta, la película consigue que reconozcas situaciones que has vivido sin que te den una explicación masticada. Aquí la intimidad no es pasión de película ni un trauma oscuro, sino una negociación que no termina nunca.

El problema es que el truco se acaba repitiendo demasiado. La historia no avanza, da vueltas sobre lo mismo una y otra vez. Cambian los ejemplos, pero la intensidad emocional no sube ni baja. A mitad de la película ya has pillado de qué va la historia: cuestionar lo normal y buscar otras formas de quererse. A partir de ahí, la cinta sigue insistiendo con variaciones que apenas aportan nada. No es que se quede sin ideas, es que confía tanto en esos pequeños detalles que se olvida de que una historia necesita caminar. Y no siempre le basta con el matiz.

El ritmo acaba siendo raro. No te aburre del todo porque los diálogos están bien tirados y los actores son muy naturales, pero tampoco sientes que la cosa se mueva. Te pasas casi dos horas con el mismo tono. No hay un subidón emocional, solo alguien que sigue y sigue. Esa insistencia puede parecer coherencia, pero para muchos será falta de estructura. Al final te queda la sensación de haber escuchado una conversación muy interesante que habría sido mucho mejor si durase media hora menos.

La cámara no ayuda mucho a cambiar esto. Es limpia y no se hace notar. Observa sin meterse por medio, sin intentar que sientas algo concreto ni buscar encuadres diferentes que digan algo nuevo. Es lógico si buscas que todo sea natural, pero tiene un coste. Como la imagen no aporta nada extra, todo depende de lo que se dice. Y cuando lo que se dice se empieza a repetir, la imagen no está ahí para refrescar la escena. Todo se queda en el mismo sitio, visual y emocionalmente.

Eso sí, se agradece que no intente dar lecciones de moral. No busca demostrar que una forma de relacionarse sea mejor que otra ni castiga a los personajes por lo que eligen. Se limita a enseñar las dudas, las incomodidades y las alegrías que van surgiendo. Esa falta de juicio es seguramente lo mejor que tiene. No adorna nada ni se ríe de nadie; enseña que las decisiones que tomamos con el cariño rara vez están claras, ni siquiera para nosotros mismos. La película gana cuando confía en esa duda y pierde cuando intenta alargarla como si fuera trama.

Al terminar, te queda una sensación extraña: más que una historia, parece una idea que han estirado de más. Te acuerdas de las discusiones, de algunos silencios y de lo bien que están los actores, pero no de una evolución real. No sientes que hayas ido a ningún sitio, sino que te has quedado quieto. Tiene honestidad y un tema que trata de tú a tú, pero confunde ser profundo con durar mucho. Lo que al principio es un acierto, al final es pesadez. Interesa y se respeta, pero se olvida rápido. Love es una película que sabe lo que quiere decir, pero no supo cuándo parar.

Título: Love.
Título original: Kjærlighet.
Dirección: Dag Johan Haugerud.
Intérpretes: Andrea Bræin Hovig, Tayo Cittadella Jacobsen, Marte Engebrigtsen,
Lars Jacob Holm, Thomas Gullestad y Marian Saastad Ottesen.
Género: Romance, Drama.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 119 minutos.
Origen: Noruega.
Año de realización: 2024.
Distribuidora: Mirada Distribución.
Fecha de estreno: 19/02/2026.

Puntaje: 7 (siete)

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