Por Iara Reboredo
Lo que comenzó en 2017 como una serie web independiente, sostenida por episodios breves, estética de cómic y una identidad visual muy marcada, encontró rápidamente un lugar propio dentro del género fantástico argentino. Ahora, se convierte en un largometraje para cerrar este universo construido en la última década.
Cristian Ponce retoma el corazón de la serie: una radio encendida en medio de la noche, un locutor cuya presencia pesa más por lo que oculta que por lo que muestra, y un pueblo que parece correrse de la realidad cada vez que alguien intenta explicarlo. Desde esa base, la película organiza cinco relatos conectados entre sí, historias atravesadas por desapariciones, cultos extraños, criaturas difíciles de imaginar y una amenaza mayor que late en segundo plano.

La estructura episódica podría haber atentado contra el proyecto final, aunque realmente es todo lo contrario. Cada segmento suma una capa nueva al misterio central y transforma al espectador en testigo. No se trata de esperar el jumpscare, sino de descifrar cómo las piezas encajan en una narrativa más amplia. La película entiende que el miedo también puede construirse desde la expectativa y la sospecha, no únicamente desde el impacto inmediato.
El mayor acierto de La Frecuencia Kirlian está en la puesta visual. Lejos de abandonar la identidad de la serie para “verse más cinematográfica”, la película decide profundizar su rareza y combina escenas animadas con secuencias reales. La animación mezcla texturas, sombras densas y una paleta gastada que transmite una sensación de deterioro fascinante. Kirlian no es solo un lugar: es una atmósfera.
Acá también aparece una virtud cada vez menos frecuente: la construcción del mundo. El pueblo tiene reglas, silencios y supersticiones propias. Hay algo muy poderoso en esa decisión de hacer terror desde elementos cercanos: rutas vacías, voces en la radio contando relatos tétricos, y noches interminables del interior. Podría decir que La Frecuencia Kirlian demuestra que alcanza con observar lo cotidiano hasta descubrir su costado siniestro.
La película decanta una lectura social que no necesita volverse explícita; el miedo colectivo, la manipulación del discurso, las verdades que se esconden detrás de una narración oficial. En Kirlian siempre parece haber alguien contando la historia… y alguien más decidiendo qué parte no debe escucharse. Esa tensión entre relato y poder le aporta a una propuesta que podría haberse conformado con ser solo entretenida.

Tengo que admitir que no todo funciona con la misma intensidad. Algunos relatos tienen una fuerza visual o dramática superior a otros, y ciertas resoluciones podrían haber tenido un mejor desarrollo, pero incluso en esas irregularidades hay algo estimulante: la sensación de estar frente a una obra que arriesga, que prueba caminos, que privilegia personalidad antes que corrección.
Para los seguidores de la serie, la película funciona como cierre y recompensa; para los que no conocen La Frecuencia Kirlian, este proyecto es la puerta de entrada a un universo nuevo. Y para el cine argentino, es la prueba de que todavía se pueden crear mitologías nuevas desde acá, con imaginación, identidad y ambición.
Título: La frecuencia Kirlian.
Título original: Idem.
Dirección: Cristian Ponce.
Intérpretes: Nicolás Van de Moortele, Adriana Ferrer, Luciano Guglielmino, Lucía Arreche, Germán Baudino y Edgardo Desimone.
Género: Terror, Ciencia Ficción, Animación.
Calificación: AM de 13 años.
Duración: 94 minutos.
Origen: Argentina/ España/ México.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Terrorífico Films.
Fecha de estreno: 30/04/2026.
Puntaje: 7 (siete)
