Por Joan Segovia
Una quinta en Portugal parte de una situación que debería provocar un terremoto emocional. Milena desaparece sin avisar y Fernando, su marido, abandona prácticamente de un día para otro su casa, su trabajo y la vida que llevaba. Avelina Prat utiliza esa ruptura para hablar de identidad, de empezar de nuevo y de la posibilidad de convertirse en otra persona. El problema es que resulta difícil sentir que Fernando está reconstruyendo algo cuando apenas hemos llegado a conocer qué había antes.
La película parece querer presentarlo como un hombre roto por la desaparición de su mujer. Otra posibilidad es entender que esa desaparición simplemente termina de romper una vida con la que ya no estaba satisfecho. Pero Fernando permanece tan distante durante prácticamente toda la película que cuesta saber qué ha perdido realmente. Salvo un breve momento de rabia al comienzo, el recientemente fallecido Manolo Solo interpreta al personaje desde una frialdad casi absoluta.

Esto se vuelve especialmente problemático cuando Fernando conoce a Manuel, un jardinero que muere poco después, y decide quedarse con su identidad para ocupar su puesto en una quinta portuguesa. No parece existir ningún conflicto moral. Ha muerto una persona que acaba de conocer y Fernando utiliza inmediatamente su identidad para empezar otra vida. Tampoco parece preocuparle que hacerse pasar por un jardinero cuando apenas sabe nada del oficio pueda tener consecuencias para Amália, la mujer que lo contrata.
Es una falta de empatía que se repite durante la película. Fernando afronta situaciones que deberían afectarle con una distancia que hace muy difícil conectar con él. La película parece ver en su protagonista a alguien perdido que necesita volver a encontrar su lugar en el mundo, pero resulta complicado verlo así. No solo parece haberse desentendido de su propia vida, sino también de las consecuencias que sus decisiones tienen sobre las vidas de los demás.
La lentitud tampoco ayuda. No porque la película necesite que estén sucediendo cosas constantemente, sino porque aquí esa calma debería servir para construir relaciones. Fernando pasa mucho tiempo trabajando para Amália y la película insinúa que entre ambos está creciendo algo importante. Sin embargo, esa relación nunca termina de tener el peso que debería. Comparten escenas y conversaciones, pero cuesta sentir una verdadera evolución entre ellos.

Resulta además extraño que una historia llena de desapariciones, muertes y suplantaciones de identidad transcurra sin consecuencias. La policía prácticamente no existe y nadie parece demasiado preocupado por investigar nada. La película no pretende ser un thriller, pero utiliza elementos propios de uno para después pedir que no se piense demasiado en sus implicaciones.
La aparición de Olga resulta especialmente interesante porque introduce otra manera de enfrentarse a la necesidad de escapar y empezar de nuevo. Es precisamente al compararla con Fernando cuando más difícil resulta conectar con él. En otros personajes existe una necesidad, una lucha por conseguir una vida mejor; Fernando, en cambio, parece limitarse a dejarse llevar, indiferente tanto a su propia vida como a las consecuencias que sus decisiones puedan tener para los demás.

Ese encuentro podría haber servido para enfrentar esas dos formas de huir y provocar finalmente algún cambio en Fernando. Sin embargo, la película tampoco termina de aprovecharlo. Cuando finalmente obtiene algunas de las respuestas que llevaba buscando desde el comienzo, él mantiene la misma distancia emocional que había mostrado hasta entonces.
Hay buenas interpretaciones, una fotografía muy agradable y una idea sobre la identidad que sobre el papel resulta interesante. Pero Una quinta en Portugal pide que se vea una reconstrucción donde apenas se percibe cambio. Fernando empieza siendo un hombre desconectado de su vida y termina prácticamente igual, pero en otro lugar. Por eso su última decisión tiene tan poco peso: después de casi dos horas acompañándolo en su búsqueda, sigue sin estar claro qué ha encontrado. Y, peor todavía, tampoco parece que a él le importe demasiado.
Título: Una quinta en Portugal.
Título original: Una quinta portuguesa.
Dirección: Avelina Prat.
Intérpretes: Manolo Solo, María de Medeiros, Branka Katić, Rita Cabaço, Rui Morisson, Ivan Barnev, Luísa Cruz, Xavi Mira, Morgan Blasco.
Género: Drama, Thriller psicológico.
Calificación: ATP.
Duración: 114 minutos.
Origen: España/ Portugal.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Mirada Distribution.
Fecha de estreno: 03/09/2026.
Puntaje: 6 (seis)
