Por Torres-Remírez, corresponsal de Nueva Tribuna España
Ver una película del universo Warren siempre es como volver a casa de unos viejos amigos que, curiosamente, viven rodeados de crucifijos, muñecas inquietantes y fenómenos paranormales. El Conjuro 4: Últimos ritos llega con ese aire de despedida solemne que mezcla emoción y terror, como si fuera la última gran cena de una familia a la que hemos acompañado durante años. Y aunque la mesa esté servida con platos que ya conocemos, sigue habiendo ingredientes sabrosos que hacen que el banquete sea, como mínimo, digno de recordar. Desde el arranque, la propuesta se siente ambiciosa: más larga de lo habitual, más consciente de que se trata de un cierre, más cargada de homenajes a su propio legado. La dirección de Michael Chaves, que ya había tomado las riendas en entregas previas del universo, aquí parece buscar un equilibrio entre la espectacularidad visual y el tono emocional, consciente de que James Wan dejó un listón muy alto en las dos primeras entregas. El resultado es una mezcla irregular pero nunca aburrida, que por momentos sorprende con escenas inquietantes y en otros cae en la repetición de fórmulas que los espectadores más veteranos reconocerán de inmediato.

Lo primero que salta a la vista es la química entre Patrick Wilson y Vera Farmiga, ese dúo que ha sostenido sobre sus hombros a toda la saga y que aquí vuelve a dar lo mejor de sí. No importa que la trama pueda parecer previsible en ciertos tramos: ellos logran que cada mirada, cada gesto y cada línea de diálogo transmitan una calidez entrañable que contrasta con el frío de los pasillos embrujados. Todo el mundo lo destaca bien, y razón no les falta: sin estos dos intérpretes, probablemente la película se sentiría mucho más rutinaria. Su presencia es un recordatorio de que el verdadero corazón de esta franquicia no son los demonios ni los sustos, sino la pareja que lucha contra ellos.
Eso no significa que falten los momentos de tensión. De hecho, uno de los puntos fuertes es la puesta en escena: espejos, reflejos, objetos cotidianos que se vuelven amenazantes, juguetes que parecen observar al espectador. La atmósfera sigue siendo una de las armas más eficaces del universo Warren y aquí se explota con cierta generosidad. Sin embargo, en ocasiones esa generosidad se traduce en exceso. La duración de más de dos horas podría haberse ajustado sin que la historia perdiera fuerza. Hay secuencias que, por explícitas o por repetitivas, restan en lugar de sumar, y la sensación final es que el filme habría ganado en intensidad si hubiese confiado más en la sugestión y menos en el despliegue visual.
La narrativa, eso sí, juega con un detalle interesante: la forma de entrelazar un caso sobrenatural con la propia historia personal de los Warren. Es un acierto que evita que todo quede en simple “caza de demonios” y añade un matiz emocional que los fans agradecerán. Aquí la película demuestra que quiere ser algo más que una sucesión de sustos: quiere despedirse con cierta hondura, con un guiño a quienes han seguido a la familia desde el inicio. Es cierto que tarda en arrancar y que los Warren no entran en plena acción hasta bien avanzado el metraje, pero cuando lo hacen, el interés se eleva y la sensación de estar ante un clímax final se vuelve tangible.
Algunos críticos celebran que se trate de un broche digno, mientras que otros la tachan de genérica y olvidable. Y es que probablemente ambas visiones sean ciertas dependiendo del cristal con que se mire. Si uno busca innovación radical, aquí no la encontrará. No hay giros narrativos que sacudan al espectador ni una reinvención del género. Lo que sí hay es oficio, escenas logradas y una voluntad clara de cerrar un ciclo con respeto a lo construido. En ese sentido, el espectador que se acerque con expectativas ajustadas disfrutará del viaje.

Otro punto curioso es la mezcla entre lo terrorífico y lo emotivo. La película no teme incluir momentos de ternura, casi domésticos, que se intercalan entre rituales, exorcismos y apariciones inquietantes. Ese contraste, lejos de romper la tensión, ayuda a humanizar la historia y a recordar que, más allá de lo sobrenatural, la saga siempre ha tratado sobre amor, fe y compromiso. Puede sonar cursi, pero es precisamente lo que la diferencia de otras franquicias de terror más frías y mecánicas.
¿Es entonces Últimos ritos la mejor entrega de la saga? Seguramente no. ¿Es una decepción absoluta? Tampoco. Es una película que juega en terreno conocido, a veces demasiado, pero que consigue mantenerse en pie gracias al carisma de sus protagonistas, a la ambientación y a la carga emocional que aporta saberse cierre de etapa. Es como ese concierto final de una banda que amamos: tal vez el setlist incluya canciones que ya hemos escuchado mil veces, pero la experiencia de estar ahí, en la despedida, sigue teniendo un peso especial.
En definitiva, lo que encontramos es un cierre honesto, con altibajos, con sustos que funcionan y otros que no tanto, con ritmo irregular pero con corazón. Puede que no todos salgan encantados de la sala, pero difícilmente alguien dirá que ha sido una despedida indigna. Y en un género tan dado a las secuelas interminables, eso ya es mucho decir.
Título: El Conjuro 4: Últimos ritos. Título original: The Conjuring: Last Rites.
Dirección: Michael Chaves.
Intérpretes: Patrick Wilson, Vera Farmiga, Mia Tomlinson, Ben Hardy, Steve Coulter, Rebecca Calder, Elliot Cowan, Kíla Lord Cassidy, Beau Gadsdon, John Brotherton y Shannon Kook.
Género: Terror.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 135 minutos.
Origen: EE.UU.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Warner Bros.
Fecha de estreno: 04/09/2025.
Puntaje: 7 (siete)
