DE FRANCIA CON AMOR
Por Walter C. Medina*
Sabía por los medios que la Palma de Oro de la última edición del Festival Internacional de Cine de Cannes -la número 69- que se había celebrado en marzo en esa ciudad de la Costa Azul francesa, había caído acertadamente en manos del británico Ken Loach, por Yo, Daniel Blake, film que retrata las vicisitudes de un carpintero inglés de cincuenta y nueve años, que, tras sufrir un grave ataque cardíaco y quedar incapacitado para trabajar, se ve atrapado en un laberinto burocrático cuando el sistema de asistencia social le niega el subsidio y lo obliga a buscar empleo para no ser sancionado. “El inglés Ken Loach gana su segunda Palma de Oro por I, Daniel Blake”, rezaba en grandes caracteres el diario El País, de España.
Había leído algunas críticas que elogiaban la nueva producción del director de Tierra y Libertad (1995). Los miembros del jurado –entre ellos el genial actor canadiense Donald Sutherland y el danés Mads Mikkelsen– habían destacado por sobre otras grandes realizaciones la película de Loach, que a su vez la prensa especializada recibió con aplausos.

Todo esto -y poco más- era lo que sabía de la edición 69 del Festival Internacional de Cine de Cannes; esto, y lo que podía leer o escuchar entre una y otra clase. Hacía poco tiempo que había regresado a Argentina, y desde aquí continuaba informado acerca de los festivales europeos; especialmente sobre las repercusiones que suscitaba el cine argentino en la crítica especializada presente en certámenes como los de Donostia, Berlín, Venecia, Sitges, Málaga, Huelva o Biarritz. Esta información me servía, además, para aplicarla en la materia Espectáculos I que dictaba desde 2015 en el Instituto Superior de Periodismo DeporTEA (Mar del Plata), porque en base a lo que publicaban portales de cine, medios y agencias de noticias de Europa, trabajaban los alumnos; buscaban información sobre la historia del festival, sus diversas secciones, los directores presentes, los homenajes, las retrospectivas, los favoritos de la presente edición, los aclamados por la crítica, etc, etc.
El palmarés -publicado en los medios aquel día de marzo del 2016- repasaba la lista completa de galardonados. Uno de ellos -al de Mejor Dirección- era Olivier Assayas, por Personal Shopper. Los titulares señalaban que el cineasta parisino había sorprendido con esta producción que “fusionaba el suspenso psicológico y el drama espiritual”, hoy considerada una obra de culto por críticos y cinéfilos.

Debo reconocer que hasta aquel momento no había visto ninguna de sus películas, aunque recordaba haber tomado nota de su nombre mientras cubría el 60 Festival Internacional de Cine de San Sebastián para el diario español Nueva Tribuna. Fue después de la proyección de En la casa (Dans la Maison, 2012), de François Ozon, otro director galo que en aquel Zinemaldia iba a recoger el premio máximo por esta brillante sátira de la clase media burguesa.
Durante uno de los encuentros en el bufete destinado a la prensa, montado en una de las salas del Teatro Kursaal con vistas al Cantábrico, -y en el que se podían degustar los más variados frutos de mar combinados con quesos, chistorras y pintxos, típicos de la gastronomía donostiarra- un periodista de una destacada publicación de cine mencionó algo acerca de la buena impresión que le había causado Dans la Maison, y seguidamente hizo mención del otro director francés que, además de su extensa filmografía, había sido una de las destacadas firmas de la histórica revista Cahiers du Cinéma (Cuadernos de Cine), fundada en 1951 por André Bazin, Jacques Doniol-Valcroze y Joseph-Marie Lo Duca.
“Olivier Assayas”, repitió dos veces más aquel periodista presente en el agasajo gastronómico dentro del Kursaal.

Ese mismo año, 2012, Su película Après mai/ Something in the air (inédita en salas de cine de Argentina) fue seleccionada para competir por el León de Oro en la 69 edición del Festival Internacional de Cine de Venecia, en el que alzaría el Premio Osella al Mejor Guion.
Todo encajaba. Muchos premios, numerosas menciones, casualidades numéricas. Había algo grande por descubrir detrás de Olivier Assayas
ANALEPSIS
El diccionario de la Real Academia Española define como Analepsis al salto hacia el pasado para contar hechos anteriores a la acción principal. Pues bien; he aquí el momento de hacer una analepsis: Desde mucho tiempo antes de aquel festival tenía la costumbre de tomar nota de todo cuanto pudiera servirme para ampliar mis conocimientos, para descubrir cineastas que no conocía, estadísticas, datos; en fin, todo lo que pudiera serme útil. Admito que alguien podría considerar que se trataba de un TOC -que también-; pero lo cierto es que un bloc de hojas y un bolígrafo eran -junto con el grabador y el cassette virgen- las herramienta de trabajo indispensables en los años en los que comencé a ejercer el digno oficio del periodismo; y ya en los albores del Siglo XXI -más por costumbre y por TOC, que por otra cosa- nunca olvidaba llevar un bloc de notas, una libreta o un cuaderno de apuntes, allí en donde fuera que la profesión me hubiere llevado; en este caso a un encuentro entre periodistas, miembros del jurado y críticos de medios especializados, alrededor de una gran mesa abarrotada de manjares.
Hecha ya la analepsis, esa tarde, durante aquel agasajo gastronómico ocurrido tras la proyección de Dans la Maison, llevaba conmigo mi cuaderno de apuntes, mi herramienta de trabajo. Apoyé el vaso fino y ancho (popularmente conocido en Euskadi como “sagardoa”; y en el que se sirve la sidra) sobre la barra, y procedí a buscar mi libreta de apuntes. No sin dificultad conseguí extraerlo de dentro de mi portafolios; no todo, apenas una hoja de él; la mitad de una, para ser más preciso. “Olivier Assayas”, escribí en letra desprolija, aunque sin la doble ese y con la i latina en vez de la griega.
Eso fue en 2012 (¡qué veloz que pasa el tiempo!); fue la primera referencia que tuve de este cineasta francés que acababa de resultar ganador a la Mejor Dirección en Cannes, y al que aquella soleada tarde del 19 de noviembre de 2016, en Mar del Plata, me dirigía yo a entrevistar.
El Diario La Capital me había propuesto integrar el staff de periodistas que cubriría la edición número 31 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata; allí estaban Claudia Roldós y Paola Galano, excelentes profesionales de la Sección Arte y Espectáculos. Entre mis funciones, una de ellas era la realización de entrevistas, en especial a los cineastas invitados por la Alianza Francesa de Buenos Aires, Claude Lelouch, Oliviar Assayas, y la reconocida productora, guionista y actriz Sylvie Pialat, esposa del gran Maurice Pialat. En esta misma sección especial de CineFreaks publiqué bajo el título “No me imaginaba que eras tan Lelouch” el behind the scenes, el detrás de escena de la entrevista con el genial director de Un Hombre y una mujer y Los unos y los otros, entre otras ochenta fenomenales realizaciones, muchas de ellas consideradas entre las más importantes y trascendentales de la historia del cine.

Al día siguiente de la entrevista con Lelouch me dirigía yo a este otro encuentro con una de las presencias más destacadas de aquella edición de la muestra cinematográfica marplatense; nada más ni nada menos que con “El heredero de la Nouvelle Vague”.
Eran las 11 de la mañana cuando ingresé en la sala de prensa del festival, ubicada aquel año en uno de los salones del Teatro Auditorium. Assayas estaba terminando un café mientras ojeaba el suplemento especial que ese año el diario La Capital de Mar del Plata le dedicaba al festival. “El Cine me salvó la vida”, rezaba la portada ilustrada con la imagen del gran Claude Lelouch. Assayas apoyaba sobre sus rodillas el diario y le echaba un ojo a la entrevista que el día anterior le había hecho al gran maestro del cine francés. Debo reconocer que sentí una suerte de dulce orgullo al ver aquella escena; y no era para menos.
El francés vestía un elegante saco celeste, y debajo de este llevaba puesta una remera a rayas; completaba atuendo con un jean negro y un par de zapatillas. Así de simple vestía aquel hombre que había nacido en París en 1955, año en el que François Truffaut rodaba en esa misma ciudad su primer cortometraje –nunca exhibido en cines- Una Visita (Une Visite).
Nos estrechamos la mano, intercambiamos alguna que otra impresión sobre el clima marplatense y las expectativas generadas por su presencia. Acto seguido, y antes de que comenzara mi batería de preguntas, lo felicité por la Palma de Oro obtenida Cannes. Me agradeció con una leve inclinación de cabeza y un merci beaucoup, e instantes después –siempre haciendo gala de una sublime gentileza- me conminó a tomar asiento.

LA ENTREVISTA
Desde la peculiar Irma Vep (1996), pasando por la demoledora Demonlover (2002), y llegando a la vertiginosa Clean (2004), Assayas no ha dejado de sorprender a la crítica, escapando siempre de los convencionalismos y conectado irreversiblemente con aquella corriente cinematográfica que sacudió a la Francia de mitad de los años ’50.
– Si bien en algunas de tus producciones es difícil advertir cuáles son tus verdaderas influencias a la hora de crear… ¿te sentís a gusto con la definición de la prensa especializada que te identifica como “heredero directo o hijo predilecto” de la Nouvelle Vague?
–Sí, definitivamente no tengo más remedio que aceptar que soy un heredero directo de esa corriente cinematográfica con la que muchos de los cineastas de mi generación nos sentimos identificados. De todos modos yo considero que todos los cineastas somos herederos de la Nouvelle Vague, es casi imposible no serlo. Porque esta corriente tiene que ver con la independencia, con la modernidad, con la ruptura. Cuando hacemos cine intentamos siempre salirnos de los encasillamientos; eso es lo que nos dio la Nouvelle Vague. Por ejemplo, a mí me gusta filmar en un ámbito de absoluta libertad; es lo mismo que hace un novelista cuando escribe sus novelas.

Este es el inicio de aquella entrevista con el crítico de cine que se convirtió en uno de los más aplaudidos cineastas europeos. Un artista que ahonda en la soledad de los personajes que crea; hombres y mujeres que buscan un lugar en un mundo que cambia demasiado rápido. Argumento que –en el género que se lo aborde- suele calar profundo en las sensibilidades. Dramas de época, thrillers psicológicos, sátiras y otros géneros en una carrera que le ha merecido el reconocimiento de “Director más influyente y ecléctico del cine contemporáneo”
De Francia y con amor llegó en 2016 a Mar del Plata aquel Gran cineasta de quien me despedí con un apretón de manos.
Au revoir…, me dijo con un tono amigable.
Au revoir, respondí.
“Olivier Assayas, el heredero de la Nouvelle Vague”, leí al día siguiente en la página principal de la sección Espectáculos; con letras bien grandes y a doble página.
Y mientras tomaba el primer café de la mañana, imaginaba que quizás el mismísimo heredero le estaría echando una ojeada a la entrevista.
*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.
