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martes, 26 mayo 2026
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Un futuro brillante: Un acto de desobediencia ante una realidad impuesta

Por Mónica Grau Seto, corresponsal en España

El estreno de la segunda película de la directora uruguaya, Lucía Garibaldi, llega con una propuesta de ciencia ficción íntima y profundamente social. La obra explora el valor de la juventud, el poder de los gobiernos y una sociedad cada vez más orientada hacia la productividad extrema, donde el ocio y los vínculos humanos parecen convertirse en un lujo casi subversivo y un estorbo.

La historia transcurre en una distopía cercana y reconocible, en parte por motivos presupuestarios, con interiores domésticos austeros, barrios urbanos humildes y un entorno cotidiano que evita los códigos tradicionales del género. No hay grandes efectos especiales ni futurismo espectacular, no hay robots ni naves, aquí la credibilidad del mundo y la historia se construye desde la mirada íntima de sus protagonistas.

Nos muestra un mundo controlado con fronteras, con restricciones de movilidad, mercado de contrabando y amenazado por una plaga de hormigas, donde muchas especies animales han desaparecido (tanto mascotas como salvajes) y el gobierno semanalmente fumiga los barrios, para evitar la expansión de los insectos. Apenas hay natalidad en los últimos años y la población envejece sin expectativas.

El guion fue elaborado en gran parte durante la pandemia, en un contexto marcado por el encierro, la saturación informativa y la virtualización de los vínculos. Fue entonces cuando la directora comenzó a reflexionar sobre la importancia de apreciar lo banal, como perder el tiempo, compartir momentos junto a otros o pasear por placer. En una sociedad donde las personas viven para trabajar, estas pequeñas acciones adquieren un carácter casi reivindicativo.

Junto al coguionista Federico Alvarado, la realizadora analizó numerosas referencias cinematográficas, y entre ellas aparece con claridad la influencia del clásico distópico Brazil (1985) de Terry Gilliam, cuya visión de un mundo burocrático, consumista y deshumanizado resuena en la construcción del universo narrativo, a la vez que mantener la juventud se convierte en una obsesión de la clase alta.

El proyecto, que inicialmente iba a titularse La última reina, surgió a partir de una experiencia personal de la directora, durante una caminata nocturna en soledad donde percibió la incomodidad e inseguridad que muchas mujeres experimentan en el espacio público. De allí nació la pregunta central ¿cómo sería ser la última joven de una población envejecida y como seria ese mundo?, y este planteamiento que inicialmente no estaba pensado para un filme de temática distópica, termino encajando en ella.

La protagonista, Elisa Vic, interpretada por la bailarina Martina Passeggi, no busca convertirse en heroína ni una muestra de revolución, su deseo es confuso y profundamente humano, ella sólo quiere elegir su propio destino, poder perder el tiempo con su familia, explorar lo prohibido y cuestionar la realidad que los medios estatales intentan imponer en los pocos jóvenes pobres que quedan en algunas poblaciones del sur.

En este mundo, poder ir al norte simboliza la promesa de una vida mejor para los jóvenes elegidos, sanos y con buen coeficiente intelectual. Sin embargo, allí no se vive sino que se rinde. El traslado implica abandonar los vínculos personales para integrarse a un sistema que exige productividad constante, mostrando una sociedad atravesada por un culto al progreso que desprecia la fragilidad humana, el error y la individualidad, y donde se vive alejado de la familia y otros vínculos, con una semilla gigante que se deberá cuidar.

El relato plantea preguntas esenciales como ¿qué nos hace humanos? o ¿qué sucede cuando la eficiencia se impone sobre la libertad? En este universo gris y monótono, la baja natalidad, la ausencia de animales y la desaparición de la vida cotidiana generan una sensación constante de soledad. Incluso los sonidos naturales han sido reemplazados por dispositivos artificiales que simulan ladridos o maullidos en el interior de las casas o reproducen cantos de aves en sus calles.

El paso del tiempo y la juventud aparecen como ejes centrales, evocando el imaginario de Niños del hombre (2006) de Alfonso Cuarón. En esta sociedad, donde casi no nacen niños, la joven Elisa se convierte en un objeto de deseo social, incluso fetichizado debido a su juventud y su energía, hasta su olor corporal adquieren valor simbólico.

La joven deberá atravesar evaluaciones psicológicas y entrevistas de selección para ser transferida al norte, en procesos que recuerdan tanto los tests de humanidad de Blade Runner (1982) y a la lógica meritocrática del proceso de selección de jóvenes en la serie brasileña 3%. Allí se mide inteligencia, estabilidad emocional y capacidad de adaptación a un sistema que privilegia la funcionalidad por sobre la autonomía. Como en cualquier dictadura hay un profundo adoctrinamiento, y a través de unos videos formativos se prepara a estos jóvenes para su papel funcional, promoviendo la individualidad, controlando hábitos de sueño y convirtiéndolos casi en adictos al trabajo dentro de las áreas laborales a los que son enviados.

En paralelo, el film desarrolla un fuerte conflicto generacional, mientras la madre confía en el discurso oficial y sueña con un futuro mejor para su hija, Elisa comienza a cuestionar las narrativas del poder y a sospechar que las amenazas que justifican el control social pueden ser construcciones políticas. La madre está dispuesta a sacrificar su convivencia con las dos hijas, Amanda y Elisa, para que ellas tengan un futuro mejor que el suyo, a la vez que sueña con conseguir un pasaje para visitar algún día el norte. Otro personaje femenino importante es la misteriosa Leonor, su vecina tiene algunos años más que ella, y fue rechazada por tener una pierna ortopédica, y no ser apta para el norte.

Con una puesta en escena minimalista y una narrativa profundamente sensorial, la película propone una distopía sin estridencias, es cercana, plausible y profundamente inquietante. Su mayor logro radica en convertir lo cotidiano en el verdadero territorio de resistencia.
Aquí lo diferente, lo que no encaja es visto como algo perturbador y como un peligro para la sociedad, incomoda y es marginado. Sin duda, una propuesta original con una puesta en escena a través de un grupo reducido de personajes, en un ambiente marginal y cercano que nos muestra una distopía desde una mirada íntima y sutil, con una clara crítica social

En última instancia, la película funciona como una crítica social sobre el presente, siendo una advertencia sobre el riesgo de convertirnos en seres grises, productivos y solitarios, incapaces de disfrutar aquello que nos define como humanos, viviendo en una sociedad enferma y exigente que exprime los mejores años de la vida con jornadas laborales extenuantes.

FUNCIONES EN CABA
Cinearte Cacodelphia (Av. Pres. Roque Sáenz Peña 1150): 19, 21, 22, 26 y 28 de febrero, 21 hs.
Arthaus (Bartolomé Mitre 434): 20 febrero 20 hs., 6 y 20 de marzo y 3 de abril, 20 hs.
En marzo en Gaumont y Espacios Incaa

PRESENTACIONES CON ELENCO Y DIRECTORA
Cacodelphia: jueves 19, sábado 21 y domingo 22, 21 hs.
Arthaus: viernes 20, 20 hs.

Título: Un futuro brillante.
Título original: Idem.
Dirección: Lucía Garibaldi.
Intérpretes: Martina Passeggi, Sofia Gala Castiglione, Soledad Pelayo, Alfonso Tort, Pablo Riera y Maruja Bustamante.
Género: Drama, Ciencia-ficción.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 98 minutos.
Origen: Uruguay/ Argentina/ Alemania.
Año de realización: 2025.
Distribuidora: Independiente.
Fecha de estreno: 19/02/2026.

Puntaje: 7 (siete)

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