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domingo, 28 junio 2026
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Crónicas temporáneas – Capítulo 6: Especial Zinemaldia 60º aniversario

REMEMBRANZAS DE UNA EDICIÓN HISTÓRICA

Por Walter C. Medina*

El año 2012 no fue un año cualquiera en materia de festivales internacionales de cine. ¿Por qué?; pues porque uno de ellos -de los más convocantes de Europa- el Zinemaldia de Donostia (Euskadi), celebró con una auténtica lluvia de estrellas su edición número 60.

En euskera –lengua originaria del país organizador de esta muestra cinematográfica- el término “handikiro” significa “a lo grande”. Así se anunciaba la edición de 2012, y así lo reflejaban con antelación los medios locales. José Luis Rebordiños, director del festival, lo había dejado entrever en la rueda de prensa previa a que se conociera el cartel oficial y la programación.

Por aquellos años San Sebastián (Donostia) competía por convertirse en Capital de la Cultura 2016; competencia que finalmente iba a ganar. El Festival donostiarra era el estandarte cultural más preciado, una vidriera mundial de cine que a lo largo de sesenta años había convocado a las más aclamadas figuras del Séptimo Arte. Alfred Hitchcock, Kirk Douglas, Lana Turner, Federico Fellini, Pedro Almodóvar, Woody Allen, Roman Polanski, Quentin Tarantino, Francis Ford Coppola y David Cronenberg son solo algunos de los ilustres que pasaron por el festival a lo largo de los años, y de cuyas visitas el Área de Prensa del Zinemaldia conserva un rico archivo fotográfico histórico que -durante la edición de la que me ocupo en este texto- se convirtió en la muestra denominada “Iconos Paseantes”, que más adelante mencionaré.

EL APOCALIPSIS QUE NO FUE

Aquel año, 2012, circuló una creencia que sostenía que el día del solsticio de diciembre el mundo dejaría de existir. Había expertos y opinólogos de a pie que traducían viejos e improbables escritos. El solsticio sucedió el 21 de diciembre a las 12:12 (tiempo universal coordinado) sin que ocurriese nada especial. La creencia se basaba en que ese día concluye el baktún 13 del antiguo calendario mesoamericano de la “cuenta larga”. Y de aquí en más sobran mis palabras, o mejor dicho huelgan, porque para saber qué es el baktún 13 del antiguo calendario mesoamericano de la cuenta larga está Wikipedia, Google o la I.A. Mi alusión a aquella creencia de índole de lo profético sólo pretende alegar que tal vaticinio, como todos sabemos, no se cumplió. Aunque pensando en los motivos que hacen a la Crónica Temporánea de hoy, podría aseverar que, de haberse cumplido, de haberse el planeta Tierra pulverizado y por consiguiente nuestra especie extinguido –tal como lo había predicho el baktún-, a mí no me hubiese movido un pelo; porque si tal cosa hubiere sucedido, unos meses antes de dicho Apocalipsis yo había tenido el privilegio de cubrir la histórica 60 edición del Zinemaldia; una vieja ilusión, una latente fantasía. Un sueño siempre vigente desde que había comenzado a ejercer el periodismo, y que –como un obsequio de este digo oficio- se había hecho realidad.

CHIRIMIRI

En Euskadi se le llama “chirimiri” a una llovizna muy fina, persistente y casi imperceptible, típica de la región cantábrica. Es el “garúa” que como acción de llover define nuestro Diccionario de Lunfardo. Y aquel otoño de 2012 hubo varios días con sus respectivas noches de chirimiri en continuado. Sobre las baldosas y los adoquines se adhería una alfombra de hojas rojizas que daban a las alamedas y a los bulevares un aspecto acorde con las circunstancias. Bajo la lluvia persistente asomaba el brillo plateado de los reflectores. La ciudad era cine; de hecho, el eslogan de la 60 edición se resumía en dos palabras: “Somos Cine”. No sólo por el hecho de que fuese la sede de la gran muestra, sino porque San Sebastián en sí misma -su arquitectura, su encanto natural, sus contrastes, su geografía; el legado escultural de Eduardo Chillida, las verdes arboledas de Monte Urgull, el funicular histórico de Monte Igeldo, la luz mortecina de Isla de Santa Clara, las arenas suaves de la Bahía de La Concha, el imponente Palacio Miramar, etc, etc,- ostenta tal belleza que hasta el mismísimo Woody Allen se vio tentado de retratar cuando la eligió como escenario de Rifkin’s Festival (2020), película que narra la visita de un matrimonio estadounidense precisamente al Zinemaldia.

El colorido de las enormes carteleras diseminadas por distintos puntos de la ciudad contrastaba con el cielo plomizo que se fundía detrás de la Isla de Santa Clara; no así con los verdosos, azulinos y grisáceos tonos que ofrecía el Cantábrico. Una estampa otoñal que el pintor Joaquín Sorolla supo capturar en sus obras.

Mi cobertura para el periódico español Nueva Tribuna había comenzado varios días antes del inicio del festival, y se extendería hasta algunos días después de finalizado. La razón era comprensible. No había mayores costos para mi estadía, ya que yo vivía –desde hacía más de un año- en el ático de un centenario bloque de la calle Larramendi, a la altura indicada para escudriñar el ajetreo de las peñas por las calles del Casco Viejo. Desde ese piso podía oír el ruido del mar y sentir el aroma de las algas que invadía la atmósfera. La Catedral del Buen Pastor, fastuosa construcción de estilo neogótico, estaba tan cerca que parecía que podía tocar su torre. La fotografié una veintena de veces desde aquel ático, a distintas horas y en diferentes estaciones del año.

Mi cobertura había comenzado varios días antes del inicio del festival, como señalé unos párrafos arriba. Tanto el Kursaal, como el Teatro Victoria Eugenia y el Hotel María Cristina –emblemas arquitectónicos donostiarras que servían de sede de la muestra cinematográfica- no quedaban más que a unas pocas calles de aquel ático en el que residía.

“WALTER VA A CUBRIR ESE FESTIVAL”

Alguna vez, lejos, hacía ya mucho tiempo –más precisamente en el año 1998- mientras conducía un ciclo radial llamado “Polución Nocturna” en FM D-Rock (Mar del Plata), en la televisión instalada en el estudio un notero transmitía desde el Kursaal. Era la edición número 46 del Zinemaldia, y el enviado especial de TELEFE hacía hincapié en la delegación argentina y en su presencia histórica tras el auge del Nuevo Cine Argentino. “Pizza Birra Faso, de Bruno Stagnaro y Israel Adrián Caetano, representará a la Argentina en este festival”. Por aquel entonces yo andaba por los 28 años; lejos estaba de sospechar que casi tres lustros más tarde, andaría yo por esos mismos lares, cumpliendo similar función.

El mismo día en que Isabel García, Codirectora de Nueva Tribuna, me comunicó vía mail que la organización del festival había concedido mi acreditación, coincidió con un viaje relámpago a Las Landas. Allí recibí la buena nueva. En el suroeste de Francia, en la región de Nueva Aquitania, al norte del Pirineo francés. Diseminados en esa zona del país se hallaban padre, madre, abuelos, tíos y tías, primas y primos de Delphine, mi compañera; y allí debíamos estar hasta el día del cumpleaños de la matrona de la familia.

Fueron unos días de muchísimo frío; todo se helaba. Tarascon, en donde vivían sus abuelos, es una encantadora ciudad medieval ubicada en la región de Provenza; famosa por sus vínculos con la mitología y la literatura, por el imponente Castillo del Rey René a orillas del río Ródano, y por su proximidad a Aviñón y Arlés

En aquellas tierras galas pasamos varios días en los que no hicimos más que disfrutar de todos los encantos que ofrece un sitio milenario; pasear por las callejuelas en espiral que trepan hacia el casco viejo; comer buenos quesos y beber mejores vinos. La estadía en casa de los abuelos incluyó una visita al cementerio, al que con mucho esfuerzo y subiendo la cuesta muy despacito, Mémé nos condujo para señalarnos la parcela que ya había pagado pensando en su eterno descanso, y que estaba ubicada en el predio más alto de la necrópolis, desde donde podía verse todo Tarascon.

Esa misma tarde, luego de la cena, el abuelo hacía zapping con los pies cerca de la chimenea de aquella casona que había estado en pie desde mucho antes de la invasión alemana. Se detuvo en el canal France 2 que emitía un bloque de noticias del ámbito deportivo; una tanda de fútbol, otra de rugby, una más de remo (o lo que en Francia se denomina aviro). Finalizados los deportes el canal abrió la sección Espectáculos con la imagen en directo desde el Kursaal, en cuyo frente se exhibía flamante el cartel de los 60 años del festival.    

“Walter va a cubrir ese festival”, dijo en su idioma Delphine dirigiéndose al abuelo, que no llegó a escucharla porque ya se había dormido con la cabeza inclinada hacia la izquierda.

CRÍTICO DE CRÍTICOS

Volvimos a la ciudad apenas cuatro días antes del inicio del festival. El Área de Cultura ya había ajustado hasta el mínimo detalle en torno a la gran fiesta del cine. Carteles e imágenes icónicas tomadas a lo largo de sus 59 años de historia decoraban los alrededores del teatro principal. Periodistas, cineastas, críticos y cinéfilos en general, abarrotaban las barras y las mesas de los bares de tapas, pintxos y chistorras, de los que emanaban las fragancias que solo emanan de las tabernas vascas. Un aroma con identidad propia que durante siglos ha caracterizado a la gastronomía de Euskadi.  

La Niña del Sur Salvaje, de Benh Zeitlin

Mi cobertura comenzó con una nota de color titulada “Crónicas Festivaleras” en la que puntualizaba, precisamente, en datos relevantes acerca de la expectativa que generaba la muestra. Las 50 mil entradas vendidas ayer hablan claramente de la fiebre de cine que por estos días se apodera de donostiarras y visitantes”.

Mientras hacía tiempo observando el movimiento, por las calles iba cruzándome con gente a la que solía leer, ver o escuchar. Había grandes firmas del periodismo especializado circulando por los sitios emblemáticos de la ciudad; críticos de renombre, conductores de ciclos clásicos de cine de la 2 de Televisión Española, como Cayetana Guillén Cuervo, que aquel año iba a ser parte del Jurado Oficial del festival; Carlos Bollero, del diario El País; Horacio Bernades, de Página 12…. Por cierto -y permítaseme la anécdota-, el tercer o cuarto día, después de la proyección de la Sección Oficial, coincidí en la sala de prensa del Kursaal con Bernades; en el sitio en el que redactores y cronistas tecleaban sus textos a toda velocidad. Llegué a leer el título que había elegido para iniciar la crítica de la película que ambos acabábamos de ver, La Niña del Sur Salvaje (Beasts of the Southern Wild), una maravilla dirigida por neoyorkino Benh Zeitlin. El crítico de Página 12 cumplía años aquel día; lo supe porque mientras tecleábamos codo a codo se acercó por detrás Carlos Morelli, otro grande a quien admiraba desde los tiempos de “Función Privada” -y con quien había tenido el gusto de hablar de cine apenas un año antes, durante el Festival de Cine Español de Málaga-, que con un gesto amigable le deseó un feliz cumpleaños.

Brit Marling y Richard Gere en Arbitrage, de Nicholas Jarecki

UN MAR DE ESTRELLAS

Podría ocuparme cientos de páginas la transcripción de cada recuerdo de aquella histórica edición del Zinemaldia; me sobran las anécdotas que se desprenden de los encuentros en las salas, de las entrevistas, de los eventos en El Bataplán. Por este mismo motivo me obligo a centrarme solo en uno de aquellos tantos instantes de mi cobertura que mantengo fresco en la memoria como si hubiera ocurrido ayer. Y precisamente ese instante, que a continuación detallaré, ocurrió en el citado Bataplán –mítica discoteca donostiarra- un viernes por la noche.

La 60ª edición del Festival de San Sebastián batió todos los récords al otorgar cinco Premios Donostia: Oliver Stone, John Travolta, Ewan McGregor, Dustin Hoffman y Tommy Lee Jones. Todos estos monstruos del cine pasaron por mis ojos antes y después de recoger su lauro. No hubo ni una sola rueda de prensa en la que no estuviera en primera línea, apenas a metro y medio de sus rostros, y siempre entre las 10 y las 11 de la mañana.

Recuerdo cada detalle; los gestos, lo que se preguntó y lo que se respondió. La primera hilera de butacas de la sala de prensa del Kursaal te posicionaba justo delante de sus narices, y allí había estado yo en cada una de las ruedas de prensa, mirándolos justo a los ojos.

Las ya fallecidas Pauline Collins y Maggie Smith en Rigoletto en apuros, dirigida por Dustin Hoffman

Recuerdo la calidez que transmitieron Susan Sarandon y Richard Gere luego de la proyección de Mentiras Mortales (Arbitrage), de Nicholas Jarecki; recuerdo las cuentas del rosario budista que se escurrían en las manos de Richard Gere mientras lo ametrallábamos con preguntas. Recuerdo la carcajada espontánea de Fabrice Luchini tras un ida y vuelta de piropos y admiraciones con una periodista española; el sentido del humor de Dustin Hoffman recordando sucesos del rodaje de Rigoletto en apuros (Quartet), la revolución generada en torno a Ben Affleck, que presentaba fuera de concurso su thriller Argo, la sensualidad irradiada por una Claudia Cardinale de quien yo recordaba haberme enamorado después de ver en un ciclo de clásicos europeos Rocco y sus hermanos; la inexpresión en el rostro de Tomy Lee Jones, la piel tersa de John Travolta, la mirada penetrante de Oliver Stone, el brillo natural en los ojos de Benicio del Toro, la blancura de los dientes de Penélope Cruz, que llegó acompañada por el director italiano Sergio Castelitto tras la proyección de Venuto al mondo, la amabilidad de Ricardo Darín, que como miembro del Jurado Oficial respondió gentilmente a mis preguntas cada vez que coincidimos al finalizar las proyecciones para prensa.

UN BRINDIS CON FRANCELLA    

Mi cobertura incluía crónicas, entrevistas y críticas que periódicamente envié vía mail a la redacción de Nueva Tribuna. Las invitaciones a las diversas actividades paralelas del festival llegaban diariamente a mi casilla de correos del extinto dominio Periodistas.com Había eventos, cócteles y presentaciones. Y a todas las que pude, lógicamente asistí.

Una de ellas se celebró en Museo San Telmo, en cuyo jardín interno se montó el escenario en el que tocó Marlango, banda cuya vocalista es la actriz española Leonor Watling, compañera de Jorge Drexler, presente también entre los invitados. Entre otras tantas figuras que circulaban en aquella fiesta, descubrí al borde de una de las barras a Guillermo Francella, cuya presencia en el Festival se debía a la presentación de la película Atraco -del catalán Eduard Cortés– que narra la historia de dos oficiales de la custodia de Juan Domingo Perón que viajan a España para recuperar las valiosas joyas de Evita. Me acerqué respetuosamente, me presenté, me extendió la mano, y seguidamente brindamos por la buena salud del cine argentino; una suerte de ejercicio que en eventos de esta naturaleza -a lo largo de mis veinte seis años en este oficio-, tuve el placer de repetir con otras grandes figuras de las artes.

Argo, la película ganadora del Oscar, con John Goodman, Alan Arkin y el también director Ben Affleck

Le pregunté si en sus inicios, en los años de series como De carne somos o La Familia Benvenuto, imaginó que en un futuro -en el año 2012, por ejemplo- iba a estar presente en un evento como el Festival Internacional de Cine de San Sebastián, o en aquel cóctel en el que ya desfilaban grandes figuras del cine mundial. Sonriendo me confesó que “ni por asomo”. En ese instante, entre los cuerpos y rostros reconocibles, emergió la figura del productor español Gerardo Herrero, quien se acercó para abrazarse con el actor de El Secreto de sus ojos, momento en el que decidí retirarme y seguir girando como un satélite, muy cerca de las estrellas.

FIEBRE DE VIERNES POR LA NOCHE

Recordaba la impresión que me había causado aquel joven de clase trabajadora que esperaba ansioso a que llegase el sábado para ir a la discoteca. Había visto Saturday Night Fever en el 80, apenas con diez años. Una tía mía había comprado el LP, la banda sonora. Los Bee Gees sonaban en todas partes y estaban ligados a la historia de aquel Tony Manero que Travolta había interpretado magistralmente en 1977.

Recordaba todo esto y más mientras leía la nueva invitación que la organización del festival me hacía llegar a mi casilla de correo. Se trataba de la muestra “Iconos Paseantes”, un recorrido fotográfico de las figuras del cine que habían pisado tierra donostiarra en las seis décadas de trayectoria del Zinemaldia. La imagen que destacaba en la invitación era la de Travolta, retratado en el Paseo de La Concha apenas unos años después del boom mundial que significaron Fiebre de Sábado por la Noche (Saturday Night Fever, 1977) y El Compadrito (Grease, 1978).

Los atrayentes Taylor Kitsch, Blake Lively y Aaron Taylor-Johnson en un pasaje del thriller de Oliver Stone, Salvajes

Pero además de la muestra, que se iba a desarrollar en el Museo San Telmo, la invitación incluía una gran fiesta que tendría lugar dese las 22 horas en la mítica discoteca Bataplán, y a la cual iban a concurrir, entre otras celebridades, Benicio del Toro y John Travolta, quienes esa misma mañana, junto al director Oliver Stone, acababan de presentar la película Salvajes.

El Bataplán había sido y continuaba siendo un emblema de las noches festivaleras de Donosti desde la década de los ‘70s; grandes figuras del cine se acodaron en su barra y danzaron en su pista de baile.

Era viernes y el chirrimiri de los últimos días había cesado. La jornada había sido agotadora, pero no podía dejar de estar en esa fiesta. Eran las veinte cundo llegué a casa luego de horas de cine en continuado, de tecleos ansiosos y titulares rimbombantes. Estaba exhausto, pero no podía ni siquiera pensar en perderme la noche del Bataplán. Descansé un rato, me di una ducha, me vestí luego con mis mejores y únicas galas, y salí.

Bajé por la calle Larramendi, giré por Urbieta y enfilé hacia el Boulevard. Mientras me acercaba a destino el reflejo de la luna trazaba una franja plateada en el Cantábrico, dándole a la bahía un aspecto de postal. Si bien había recorrido una y mil veces ese mismo paseo desde que vivía en Donosti, esta vez todo se veía más bello de lo que ya de por sí era.

Guillermo Francella y el desaparecido Daniel Fanego comparten escena en ¡Atraco!, de Eduard Cortés

Llegué a la fiesta pasadas las once de la noche. El Bataplán había extendido una alfombra roja de bienvenida en su entrada, y por esa misma alfombra circulé hasta pisar el primer peldaño de la escalera que conducía al corazón con vista al mar de esa discoteca en la que se había escrito la historia nocturna del Zinemaldia.

Aquella fue la primera y única vez que cubrí el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Decía párrafos más arriba que no me caben tantas anécdotas en un solo texto, pero que aun así estaba dispuesto a hacer el intento de centrarme en una. Y sin embargo me sigo dispersando.

Navegué en aquel mar de estrellas, me fui abriendo paso entre las más destacadas figuras del cine que aquel viernes por la noche engalanaban el Bataplán. Dentro mío agradecía la experiencia, porque si bien alguna vez había fantaseado con cubrir el Zinemaldia, jamás había imaginado un momento como el que estaba viviendo.

Es en esta instancia en la que debo decir que en la misma barra en la cual logré depositar mis codos, estaban también los de John Travolta y los de Benicio del Toro, una proximidad que aproveché para hacer lo que en otros eventos de esta naturaleza he hecho cada vez que tuve la oportunidad. “Felicitaciones por Savages, dije, sin más, dirigiéndome al actor nacido en Costa Rica que inmediatamente me respondió con un “gracias, he sabido que ha gustado”. Travolta bebía de su trago; lo observé extasiado, como si se tratara de un film de Tarantino. “Y por aquel Che Guevara que nos conmovió a todos”, arremetí en referencia a la notable interpretación que del Toro había hecho del revolucionario argentino en 2008, bajo las órdenes Steven Soderbergh.  Y mientras me daba este inmenso gusto, el de hablar con Benicio del Toro, a un escaso metro de distancia el actor vasco Unax Ugalde estrechaba su mano con el actor de Saturday Night Fever, algo que hicimos muchos de los invitados a aquella memorable celebración del cine.

De aquella noche conservo otros instantes gloriosos en mi archivo de memorias, que como fotogramas de un viejo film revivo de tanto en tanto para no olvidar que una vez, allá por 2012, tuve el placer de cubrir la histórica edición número 60 del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, el Zinemaldia; un sueño que el cine convirtió en realidad.

DEDICATORIA

Este extenso texto va dedicado a Juan Carlos Rebordiños -Director del Zinemaldia desde el año 2011- quien ha anunciado que en diciembre de 2026 dejará la dirección del festival. Tuve el gusto de conocerlo y dialogar con él durante una de las jornadas de la Semana de Cine Fantástico y de Terror de San Sebastián, y también de verlo en la edición del 2021 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.

El director del Festival Juan Carlos Rebordiños

“El cine argentino vive un momento muy problemático y queremos apoyarlo porque es un cine que notamos cerca, que es amigo y es el más importante de América Latina. Da la impresión de que hay un desmantelamiento de la cultura general. Cuando escuchas a sus ministros y a sus políticos, ves que no es un tema económico para nada, que es un desmantelamiento estructural”, dijo Rebordiños durante una entrevista realizada por la agencia EFE unos días previos al inicio de la 72 edición del Zinemaldia, en la que se proyectó Traslados, de Nicolás Gil Lavedra.

Por su inmenso aporte a la cultura, por su incondicional apoyo al cine argentino, por su inmejorable gestión en la dirección del Zinemaldia, gracias Juan Carlos Rebordiños.

*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.

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