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martes, 12 mayo 2026
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Crónicas temporáneas – Capítulo 5: Carmen Maura

UN BRINDIS CON CARMEN MAURA

Por Walter C. Medina* 

La invitación me había llegado como solían llegar las invitaciones en aquellos años de transición entre el mundo analógico y el digital; vía mail y con solicitud de confirmación de asistencia. La Alianza Francesa de Málaga tenía el agrado de invitarme a la ceremonia de apertura de una nueva edición del Festival de Cine Francés que iba a tener como sede al histórico cine Albéniz. “Luego de la proyección del film Las Chicas de la Sexta Planta, de Philippe Le Guay, se celebrará un cóctel en el Palacio de la Diputación de Málaga, con la presencia del alcalde, Don Francisco de la Torre, la actriz Carmen Maura y otras destacadas personalidades de nuestras artes”.

Carmen Maura (segunda de la derecha) y gran elenco en Las mujeres del 6º piso (2010).

Aquel año, 2010, estaba siendo particularmente intenso en lo que a eventos culturales respecta. La competencia en la que la ciudad estaba inmersa -en pos de convertirse en Capital Europea de la Cultura 2016-, había provocado una mayor inversión del ámbito público y privado en el sector cultural, impulsando la reapertura de viejas salas de cine, la inauguración de museos y galerías de arte, la realización de encuentros literarios, y una amplia diversidad de enfoques en las renovadas secciones del Festival de Cine Español de Málaga, tal como ocurriera con los de música y de teatro. La realización del ciclo de cine galo, patrocinado por la Alianza y el Consulado Francés, era parte de aquella suerte de escaparate cultural en el que la ciudad empezó a convertirse, disputando posicionamientos entre otros grandes centros urbanos en la Comunidad Autónoma de Andalucía, como por ejemplo Córdoba, Granada y Sevilla.

Confirmé mi asistencia a ambos eventos, y a continuación respondí al último requerimiento. La invitación cursada vía mail solicitaba el nombre de quien me acompañara, en el caso de que así fuere; es decir, de que alguien me acompañase. Previo común acuerdo con mi compañera de vida durante aquellos años mediterráneos (que no tenía mucho plan para el sábado a las 19 horas), envié la respuesta. La invitación quedó formalmente registrada con la confirmación de asistencia de ambos.

La proyección de Les Femmes du 6ème Étage (en España conocida como Las Chicas de la Sexta Planta mientras que en Argentina se estrenó, tardíamente, como Las mujeres del 6º piso, recién en 2012) caló en las emociones del público que por primera vez en varios años volvía a llenar la sala del histórico cine Albéniz, renovado gracias a la gestión del Área de Cultura de la ciudad, que había financiado su reestructuración edilicia y su puesta en valor.

Philippe Le Guay, director de esta realización que abrió el ciclo de cine francés, narra en clave de comedia las vivencias de un grupo de españolas emigradas desde Burgos a París en los años sesentas. Le Guay no había podido estar presente en Málaga por razones de trabajo. No obstante se proyectó un video en el que saludó al público y a la organización del evento. La que sí estaba presente era Carmen Maura, que un año más tarde obtendría por esta misma película el Premio César a la Mejor Actriz de Reparto.

En Les Femmes du 6ème Étage Maura le da vida a Concepción, una suerte de tía protectora de esas mujeres de la sexta planta; españolas que -como tantas otras durante los años del franquismo- se habían visto obligadas a emigrar en busca de un mejor horizonte. Le Guay le quita hierro al drama que supuso aquel éxodo forzado, poniendo el foco en ciertas sutilezas folclóricas que retrata con amable sentido del humor, como por ejemplo los contratiempos que surgen de desconocer el idioma del país de acogida, entuertos y demás enredos idiomáticos resueltos desde la comicidad. El director francés elude el conflicto -o lo minimiza- en una historia que arranca risas como principal virtud, mientras evidencia su defecto en la superficialidad con la que aborda temas tan dolorosos como lo son el exilio forzado y sus consecuencias. La película no sugiere ni manifiesta una mínima dosis de crítica social ante temas tan delicados como la guerra, la inmigración y la desigualdad.

Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988) ayudó a convertir a Maura en una estrella.

Finalizada la proyección -y una vez que los fotógrafos de los diarios locales Sur y La Opinión de Málaga hubieran retratado a Don Francisco de la Torre posando junto a Carmen Maura y a la Responsable del Área de Cultura (cuyo nombre no recuerdo ni me detendré a buscar), emprendimos mi compañera y yo el camino hacia el Palacio de la Diputación, en el corazón de la Plaza de la Marina.

La noche tenía el habitual aspecto que suelen tener las noches de octubre en la capital de Costa del Sol; y esto significa que mientras en otras regiones de España el otoño ya se hace sentir, en Málaga el clima todavía propicia la vida al aire libre, sin más exigencia de vestuario que unas bermudas, una “sudadera”, un par de chanclas, y no mucho más.

Atrás, en la calle Alcazabilla, había quedado el emblemático Cine Albéniz, patrimonio arquitectónico y cultural que el 5 de septiembre de 1945 proyectó su primera película, Love Letters (traducida como “Enamorados”), de William Dieterle.

Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) unió a Almodóvar con Maura. No sería para siempre…

Anduvimos un buen tramo entre la marea de malagueños y foráneos que a esas horas del sábado entraban y salían de los bares y restoranes de las callejuelas del Casco Antiguo. Caminamos paralelos al Paseo del Parque, bordeamos sus palmeras, sus ficus y sus bambúes hasta arribar al Palacio de la Diputación de Málaga, edificio diseñado en los años ‘50s, cuyo estilo se enmarca dentro de la línea de la arquitectura autárquica española de mediados del siglo XX.

La Alianza Francesa, conjuntamente con el Área de Cultura, había contratado un servicio de catering especialmente pensado para la ocasión. Y como la ocasión tenía sabor francés, allí estaban entonces las camareras y los camareros bandejeando finos vinos de Provenza, exquisitos quesos de Normandía y sabrosas almejas japónicas de Bretagne bañadas en limón.

Aquella fue la primera y la única vez que estuve dentro del Palacio de la Diputación, edificio acerca del cual había leído un extenso texto publicado en Diario Sur, que hacía referencia a su reciente restauración y al hallazgo de óleos y murales del Siglo XVIII ocultos en su subsuelo. Estar dentro de la sala principal de aquella construcción de estilo ecléctico con influencias monumentales -propias de la arquitectura institucional española de comienzos de siglo-, era en sí misma una experiencia extraordinaria, no sólo por la visión cercana de las obras pictóricas de José Fernández de Alvarado, de aquellos cuatro platos cerámicos perfectamente conservados e incrustados en la decoración del techo, de las columnas toscanas de mármol blanco, de las chimeneas originales o las galerías acristaladas de los pisos superiores, sino por la embriagante mescla de aromas que perfumaban la atmósfera: el del queso, intenso y penetrante, el de la brisa marina que emanaba de los mejillones, y el que despedían las fragancias con las que los invitados se habían rociado para la ocasión.

¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984) sería el final de la primera etapa de Almodóvar. El despegue internacional estaba ahí cerca con La ley del deseo y Matador.

No me fue difícil acceder a la figura más solicitada del evento. Uno de los redactores de la sección Espectáculos del Diario La Opinión compartía conmigo (o yo con él) uno de los palcos especialmente destinados a la prensa del histórico Teatro Cervantes. Habíamos estado codo a codo en varias ocasiones: Durante tres ediciones del Festival Terral, en los memorables conciertos de Lila Downs, de Maceo Parker, de Patti Smith, de Tito Jackson en la Gala del 50 aniversario del sello discográfico Motown, en la inolvidable ceremonia de apertura del Festival de Cine Español de Málaga en el que se homenajeó al gran Luis García Berlanga y a su genial Bienvenido Mister Marshall; también en la retrospectiva de la obra y de la vida del fotógrafo Robert Mapplethorpe en el Centro de Arte Contemporáneo, en la reinauguración del Teatro Echegaray, y en otros tantos eventos.

“¡Walter, tío!…”, me dijo cuando nos vio pasar a mi compañera y a mí por detrás suyo, en el momento en que compartía una charla distendida con aquella actriz a la que yo admiraba especialmente por películas como Mujeres al borde de un ataque de nervios, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, La Ley del Deseo, o La Comunidad, filmes en los que había sido musa de dos enormes del cine como Pedro Almodóvar y Alex de la Iglesia.

Luis María, el redactor de Espectáculos de Sur, se giró para darse los respectivos dos besos con mi compañera -a quien conocía de otros encuentros de esta naturaleza-, mientras que yo extendí mi mano hacia la señora del cine español que, con la espontaneidad que la caracteriza, se desplazó un paso hacia mi persona para que nos saludásemos como correspondía. “Encantado”, dije después de los besos de ida y vuelta. Una vez efectuadas las presentaciones correspondientes, y sin que hiciera falta, Luis María mencionó mi procedencia.

Carmen Maura, irreemplazable protagonista de La comunidad (2000), del bilbaíno Alex de la Iglesia.

“Me han dicho que hay muchos argentinos en Málaga”, soltó Carmen Maura mientras un camarero se abría paso para ofrecernos otro de aquellos exquisitos vinos franceses. Y sí que los habíamos; de a montones, especialmente en el litoral andaluz. Unos años antes Andrés Casciari había publicado “España Decí Alpiste”, libro en el que describía con ironía el éxodo masivo hacia España que había provocado la crisis económica del 2001, y en el que fabulaba un “plan argento” para colonizar la cultura española con costumbres rioplatenses.

Luis María retomó algo que estaba diciendo acerca de la remodelación del Cine Albéniz, pero antes nos acercó amigablemente a mi compañera y a mí, pasando sus brazos por detrás de nuestras espaldas en un gesto de cordialidad y bienvenida.

Recuerdo cada detalle de aquella disertación que Luis María ofreció acerca de la historia del tradicional cine malagueño. Habló de las primeras carteleras, de la variedad de películas que allí se habían proyectado en las décadas del 50 y 60; y del boom de los westerns rodados en Almería en los años 70s.

Todos escuchamos con atención. Carmen Maura no había dejado de darse besos con algunos de los invitados que se acercaban precisamente a eso, a saludarla y a demostrarle genuino efecto y profunda admiración.

Rodrigo Noya y un tierno beso a su abuela (Maura) en la ficción de Valentín (2002), de Alejandro Agresti.

Aproveché el primer instante de silencio tras la exposición del redactor de La Opinión para llevar a Carmen al terreno que me interesaba. Y lo hice apelando al recuerdo de su paso por Argentina durante los meses que duró el rodaje de El Sueño de Valentín (Valentín a secas para el estreno nacional), película de 2001 dirigida por Alejandro Agresti que le valió al por entonces niño Rodrigo Noya el Premio Revelación Masculina. Me intrigaba sobre todo en qué locaciones se había filmado, cuánto tiempo había llevado hacerla, qué recordaba de los días de filmación, etc, etc.

Como no se trataba de una entrevista sino de un casual encuentro -bandejas, camareras y vinos de por medio; de pie y entre un tumulto de gente que con el correr de los minutos se multiplicaba-, no supuse que el recurso de una pregunta no formulada desde la curiosidad periodística sino más bien suelta como al descuido o, mejor dicho, desde la comodidad de una conversación espontánea y sin mayor relevancia, iba a convertirse en el detonante de un repaso preciso y detallado de su estadía en Buenos Aires, de su relación tortuosa con Agresti, de la carne argentina, del mate, del clima de Buenos Aires, de los salones de tango que había visitado, de su amistad con Rodrigo Noya -a quien le obsequió una caña de pescar-, y un largo etcétera de coloridas anécdotas que me narró con pelos y señales.

La anciana malhumorada y a veces distante con quien vive Valentín resultaba tan creíble como conmovedora. Por su parte, aquel pequeño de ocho años abandonado por su madre, que busca afecto en un entorno hostil, que sólo tiene a su abuela, y que sueña con ser astronauta mientras lidia con un padre inmaduro y violento, conseguía impactar de lleno en las emociones de los cinéfilos más sensibles, como lo éramos mi compañera yo, que habíamos visto la película un par de años atrás en “Días de Cine”, ciclo televisivo de los sábados conducido por Cayetana Guillén Cuervo en La 2 de Televisión Española.

“¿Tú de qué parte de Francia eres?”, preguntó la actriz madrileña cuando advirtió el deje en la acentuación de Delphine -mi compañera y acompañante en esa y otras veladas culturales de aquellos días- que, si bien llevaba ya unos cuántos años en Andalucía, no perdía su encantador accent français, específicamente de la Región de Los Pirineos.

La respuesta de Delphine extendió el diálogo con esa fenomenal intérprete que me había fascinado en roles memorables de películas que había visto más de una vez, como La Comunidad, ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y Mujeres al Borde de un Ataque de Nervios. Cómo olvidar a Julia, la agente inmobiliaria que descubre 300 millones de pesetas escondidas en el departamento de un anciano que acaba de morir; cómo olvidar el plano mediante el cual Alex de la Iglesia encuadra el espanto en el rostro de aquella mujer que hace equilibrio en las alturas de un edificio emblemático del centro de Madrid; o a la Pepi de Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, primera película del manchego Almodóvar en la que Maura interpreta el rol de una chica moderna que vive de hacer fotonovelas porno caseras; o a la Pepa de Mujeres al borde de un ataque de nervios, una actriz de doblaje embarazada a quien su novio acaba de abandonar; o a la Gloria adicta a las anfetaminas de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, que vive en un piso diminuto con un marido machista, una suegra obsesionada con la tinta invisible, dos adolescentes y un lagarto. Esas eran las mujeres que Maura había retratado de una manera extraordinaria; mujeres de la ficción que habían quedado grabadas a fuego en mi cinéfila memoria.

“Propongo un brindis”, le dije acercando mi copa a la suya, y convocando la atención de Delphine y de Luis María. “Por todas las mujeres que el cine te vio interpretar”.

Y por todas ellas brindamos, antes de despedirnos.

*Walter C. Medina es periodista y crítico cinematográfico; ha trabajado en diversos medios gráficos y radiales argentinos y españoles (Rock & Pop Beach, Inrockuptibles, La Capital, Cinépata, Nueva Tribuna, YMálaga, NovoComunicación, PuntoPress, entre otros), ha cubierto festivales internacionales de cine (Málaga, Huelva, San Sebastián, Valladolid, Mar del Plata, Bafici) y ha dictado clases en los Institutos Superiores de Periodismo TEA y ETER de Mar del Plata.

 

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