Por Joan Segovia
*Se advierte al lector que la crítica contiene spoilers
Ángeles parte de una premisa incómoda y la desarrolla con una mezcla de rigor y limitaciones que revelan tanto la solidez como las zonas ciegas del cine de Paula Markovitch. Su protagonista, Ángeles Pradal, es el motor absoluto del film: una niña que vende golosinas con su hermana Isa, desplazándose por una Córdoba vista desde el suelo, entre autos estacionados, calles polvorientas y construcciones interminables. Ese entorno, lejos de ser una postal lastimera, está filmado con una cámara que se mantiene cerca, observando sin dramatizar en exceso.
El eje del relato es el vínculo entre Ángeles y David, interpretado por Abián Vainstein. Él trabaja en un estacionamiento, atrapado en una rutina que ni la película ni él mismo intentan justificar con grandes explicaciones. Es un adulto cansado, seco, sin horizonte. La niña, que lo visita casi a diario, lo toma como parte de su recorrido, como alguien que está ahí porque el mundo lo abandonó en ese lugar. Cuando él confiesa a Ángeles su intención de suicidarse, lejos de sorprender, es algo que uno se ve venir por cómo está construido el personaje. El problema es que la película apenas le da otra cosa que hacer que avanzar hacia su final anunciado. Vainstein construye un cuerpo vencido y una voz baja, pero el guion no le ofrece capas adicionales. Sabemos que está solo y que cobra poco; no sabemos casi nada más. Esa falta de espesor convierte a veces la trama en una línea recta demasiado evidente.

La fuerza del film está en esa frialdad, en esa distancia sin cinismo. Markovitch evita convertir la relación en una parábola o un escándalo, y la aborda como un pacto extraño que funciona dentro de la lógica del propio personaje principal. Ángeles Pradal sostiene ese enfoque con una presencia notable: se desplaza por la ciudad con naturalidad, se mueve entre la inocencia y un carácter firme que nunca se vuelve caricatura. Tiene momentos de dureza, otros de juego, algunos de cansancio, y la película sabe aprovechar esa variación. Isabella Ramírez, como Isa, aporta un contrapunto más disperso, lo justo para equilibrar a su hermana sin robarle el foco.
Vainstein, en cambio, queda más restringido. David es un personaje que parte del agotamiento y llega al mismo punto. Su arco emocional es tan lineal que por momentos parece que el actor debe sostener más de lo que el guion le ofrece. No hay matices de ira, dudas o impulsos contradictorios: solo el peso de una decisión que nunca se quiebra. Eso hace que el vínculo entre él y Ángeles sea más funcional que complejo.
Visualmente, la película tiene hallazgos, pero también repeticiones. La fotografía de Claudio Rocha usa luz natural, sombras duras y exteriores abrasados que transmiten bien la sensación de verano perpetuo. Hay planos donde la cámara acompaña los pasos de las niñas con soltura y otros donde se deja arrastrar por una especie de rutina visual: escaleras repetidas, los mismos huecos del edificio en construcción, las mismas barandas filmadas desde ángulos parecidos. Esa insistencia resta fuerza al espacio que debería ser el núcleo simbólico del relato, el lugar donde la vida y la muerte conviven de manera inestable, para dársela a las niñas que solo son espectadoras de la vida que hay allí.
El sonido y la música operan como capas mínimas, casi irrelevantes. La ciudad se escucha como un murmullo continuo, y los silencios entre los personajes es roto por el ruido de una ciudad que sigue con su vida. La película no se apoya en diálogos explicativos ni en grandes confesiones. De hecho, su ritmo responde más al andar de las niñas que a la evolución de la trama.
El mayor riesgo del film está en el tratamiento directo del suicidio. Markovitch opta por mostrarlo como un acuerdo entre dos personas que están fuera del centro del mundo y que se acompañan sin pedir justificaciones. Esa elección tiene contundencia, pero también una consecuencia: el relato avanza sin curvas dramáticas fuertes, todos van con el mismo objetivo y no hay dudas ni tentaciones por desviarse. Lo que podría haber generado tensiones más complejas se mantiene en una línea recta que deja poco espacio para la sorpresa. Cuando llega el desenlace, el impacto es más conceptual que emocional, no porque la escena falle, sino porque el camino hasta ella nunca llega a cambiar de ritmo.

Sin embargo, Ángeles funciona mejor cuando se libera de la obligación narrativa y se dedica a observar a sus personajes. En esos fragmentos –una charla dentro de un auto, un momento de descanso, un gesto brusco seguido de una carcajada– la película encuentra la humanidad que le da forma. No intenta embellecer la vida de los pobres ni victimizarla; simplemente la registra, con sus contradicciones y con su mezcla de juego y crudeza. En este punto, el trabajo de Ángeles Pradal e Isabel Ramírez es excepcional. Su naturalidad y frescura se alejan de la interpretación para mostrarnos una visión real de dos niñas viviendo la dura vida que les ha tocado afrontar.
En conjunto, es una obra desigual pero honesta, dirigida con convicción y sostenida sobre todo por la actuación de su protagonista. Tiene decisiones valiosas y otras que la debilitan, pero nunca busca refugiarse en el melodrama ni en el miserabilismo, algo que, en sí, le da valor y fuerza. No es un film redondo, pero sí uno con identidad propia, capaz de defender sus elecciones incluso cuando no todas funcionan. Una historia que en otras manos hubiese sido tratada como un drama desconsolador, y seguramente aburrido, pero que en este caso nos trae una reflexión sobre como la vida que tienes condiciona como se afronta la muerte de tus seres queridos.
ESTRENO 27 DE NOVIEMBRE
CINE GAUMONT (CABA)
Función de Jueves a Miércoles a las 22hs.
Título: Ángeles.
Título original: Idem.
Dirección: Paula Markovitch.
Intérpretes: Ángeles Pradal, Isabella Ramírez y Abián Vainstein.
Género: Drama.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 94 minutos.
Origen: Argentina/ México.
Año de realización: 2023/2025.
Distribuidora: Santa Cine.
Fecha de estreno: 27/11/2025.
Puntaje: 7 (siete)
