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martes, 3 noviembre 2026
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Verdades sumergidas: Perdida en su propio enredo

Por Maximiliano Curcio

Amistades, amoríos, engaños y una muerte inesperada: Verdades sumergidas, la serie dirigida por Jazmín Stuart, parte de una premisa atractiva, pero su extensión en ocho capítulos, una trama enrevesada y desenlaces torpes terminan por desaprovechar el potencial de un policial que no consigue cerrar sus interrogantes con verdadera coherencia. Son los riesgos que asume un guion endeble.

Un encuentro idílico en una casa de veraneo despierta secretos y tensiones en un grupo de amigos. La calma de un fin de semana en la costa atlántica se quiebra cuando la más joven aparece muerta en la playa. A partir de ese macabro hallazgo, las relaciones se resquebrajan, las versiones se multiplican y todos parecen tener algo que ocultar. La culpa cambia pronto de acusado, mientras proliferan los reproches, las acusaciones y los comportamientos atravesados por traumas y toxicidades.

La propuesta, escrita por Martín Méndez y Bruno Luciani, reúne varios elementos eficaces para el género policial: una comunidad cerrada, lazos afectivos deteriorados, acciones que conducen al riesgo y al desenfreno, y un paisaje natural que adquiere protagonismo. A ello se suma un elenco de gran talento actoral, integrado por Soledad Villamil, Candela Vetrano, Violeta Urtizberea, Gastón Dalmau, Joaquín Ferreira, María Abadi, Martín Slipak, Moro Anghileri, Florencia Dyzsel, Facundo Espinosa, Félix Santamaría y Johanna Chiefo.

Filmada en diversas locaciones de la costa atlántica, la ficción aprovecha el entorno marítimo para acentuar el clima de incomodidad, desconfianza y amenaza. El mar devuelve secretos mortales, pero también funciona como telón de fondo de una historia en la que sus protagonistas parecen incapaces de escapar de sus propias contradicciones. Un whodunit de manual, con todos los ingredientes del policial clásico que bien podría haber firmado Agatha Christie, pero…

El problema aparece cuando el relato necesita convertir esos componentes en una trama consistente. En lugar de una progresión dramática que ordene los acontecimientos, la producción acumula giros, revelaciones e interrogantes que no siempre encuentran una salida satisfactoria. El enredo se transforma en ovillo y el drama, en una sucesión de movimientos destinados a mantener el suspenso. La violencia que desencadena el amor y los vínculos de destino trágico prometen una exploración compleja de las relaciones humanas, pero no alcanzan la hondura que demandan, resintiendo el trabajo de notables intérpretes de nuestra escena.

La reconstrucción de los hechos desde distintos puntos de vista constituye uno de los principales recursos narrativos de la propuesta. Mediante una estructura que remite al efecto Rashomon —en el ámbito audiovisual, consiste en reconstruir un mismo acontecimiento a través de versiones diferentes de quienes lo vivieron o presenciaron, donde cada perspectiva modifica, omite o interpreta los hechos de manera distinta, de modo que las evidencias se vuelven esquivas y la memoria, la subjetividad y los intereses personales entran en juego—, la ficción vuelve sobre sus propios pasos y alterna el protagonismo entre quienes integran el grupo.

Cada testimonio modifica lo que creíamos saber, desplaza la atención hacia otro posible responsable y abre nuevas hipótesis. Sin embargo, manipular la temporalidad y multiplicar las perspectivas no equivale, por sí solo, a construir una narración compleja. Cuando la información se dosifica de manera excesivamente calculada y las revelaciones parecen responder más a la necesidad de dilatar el misterio que a la lógica de quienes intervienen en él, la tensión pierde fuerza y el desatino se precipita.

La dirección de Jazmín Stuart enfrenta el desafío de organizar una historia coral, de temporalidad alterada y numerosos protagonistas enfrentados. Su trayectoria como realizadora —que incluye Desmadre, Pistas para volver a casa, Recreo y la serie Cartas a mi ex— muestra un interés por las contradicciones que atañen a las relaciones afectivas. En Verdades sumergidas, ese territorio vuelve a ocupar el centro de la escena, aunque carece de una progresión narrativa precisa y de una evolución suficientemente creíble y convincente de sus figuras centrales.

El paisaje natural, en cambio, ofrece algunos de los elementos más sugerentes de la puesta. La inmensidad del mar y la hostilidad del entorno contrastan con la estrechez de un grupo encerrado en sus propias versiones, donde cada gesto puede ser una pista y cada silencio, una posible confesión. Allí, cuando la imagen y la atmósfera no necesitan competir con una nueva revelación, la serie encuentra una vía para construir tensión sin subrayarla.

A lo largo de ocho capítulos, Verdades sumergidas —que cuenta con participaciones especiales de Gabriel Goity y Fabián Arenillas— instala la clásica pregunta ¿quién lo hizo? y la prolonga mediante la mecánica rotación de posibles culpables. Todos mienten, todos parecen esconder algo y cada nueva versión modifica el equilibrio de la culpa. Sin un motivo dramático suficientemente sólido, esta acumulación necesita desembocar en una conclusión que justifique el recorrido, convirtiendo al misterio en un mecanismo que gira sobre sí mismo: la complejidad aparente no logra traducirse en auténtica densidad dramática.

Recientemente estrenada en Flow (también por Telefe donde se emite los sábados a la medianoche), la serie encuentra en las crisis vinculares un terreno fértil para explorar las zonas más oscuras de nuestra condición. ¿Cuánto conocemos a quienes queremos? ¿Qué estamos dispuestos a ocultar para protegernos? ¿Hasta dónde pueden conducirnos los celos, el resentimiento o el deseo? Las preguntas son tan pertinentes como prometedoras, pero sus posibilidades se diluyen en la espuma de las orillas: lo que podría haber sido una inquietante exploración de los pliegues más sombríos de las relaciones humanas termina reducido a una narración de buenas intenciones, sí, pero escaso vuelo.

En el tránsito hacia el desenlace, cuando el suspenso se prolonga más allá de lo que la propia historia puede sostener, la cruda realidad que aflora ya no opera como un esclarecimiento largamente esperado, sino como una salida tardía, forzada y poco convincente.

Título: Verdades sumergidas.
Dirección: Jazmín Stuart.
Guionistas: Martín Méndez y Bruno Luciani.
Intérpretes: Soledad Villamil, Candela Vetrano, Violeta Urtizberea, Gastón Dalmau, Joaquín Ferreira, María Abadi, Martín Slipak, Moro Anghileri, Gabriel Goity y Fabián Arenillas.
Género: Miniserie, Thriller policial, Suspenso.
Calificación: AM 16 años.
Duración: 8 episodios (de 40 a 45 minutos por capítulo).
Origen: Argentina.
Año de realización: 2026.
Plataforma: Flow (disponible completa en On Demand) y Telefe (emisión semanal en televisión abierta).
Fecha de estreno: 22 de octubre de 2026 (Flow) y 24 de octubre de 2026 (Telefe).

Puntaje: 4 (cuatro)

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