La vida que Juan (Ezequiel Martinez) y Mariano (Santiago Magariños) llevan en Lo que escribimos juntos se corresponde a una cierta imagen ideal, con la que a veces se sueña hoy. En la actualidad, donde prima la aceleración del tiempo y el multitasking, no es poco común escuchar a alguien manifestar su deseo de irse “al medio de la nada”: a vivir al campo una vida serena, de ritmo lento y rodeado de naturaleza. Sin embargo, ¿qué pasa cuando se alcanza ese ideal? ¿cuándo se vive el supuesto sueño? Esa punta es la que busca explorar la nueva película de Nicolás Teté.

Juan es un escritor que goza de un reciente éxito por su último libro, lo que le permite acompañar el deseo de su pareja, Mariano, de irse a vivir juntos lejos de la ciudad. Este último se encuentra en un momento de transición. Dejando atrás un trabajo en malas condiciones, espera poder construir un vivero y comenzar a vivir de lo que le gusta. La película prescinde de grandes giros o conflictos. Por el contrario, le dedica tiempo a las actividades cotidianas: el paseo al perro y los mates por las mañanas, las lecturas por las tardes al sol, el sexo en las noches y la caminata por el mirador con su amiga, Carla, que viene de visita. A través de una bella fotografía despliega con soltura la cómoda y placentera vida que lleva la pareja. No obstante, a medida que transcurre la historia, Juan comienza a demostrar cierta insatisfacción con la decisión tomada.
El largometraje, que se desarrolla a un ritmo tranquilo y pausado, refleja esa dificultad de lidiar con la monotonía de la vida: de estar en paz con las decisiones que uno toma, que en los tiempos de hoy, donde las posibilidades parecen múltiples y muy variadas, adquieren una significación con otro peso. Este punto se manifiesta de manera evidente en el personaje de Carla, que se la pasa viendo las fotos de una compañera que se fue a vivir a Europa, desilusionada con su propia vida. En este sentido, Lo que escribimos juntos presenta una premisa muy romántica: al final, Juan le confiesa a Mariano que, de todas esas posibilidades, lo único de lo que está seguro es de querer compartir la vida con él. Aquello se refleja en el último plano en el que el sol sale por detrás de la pareja abrazada.
El film se torna disfrutable a partir de secuencias que exhiben una cierta vitalidad, generalmente acompañadas por música. Algunos ejemplos son la escena en la que los tres amigos pasean por el mirador y se alternan planos desde un mismo encuadre con variaciones en las posiciones de los actores; o aquella escena en la que los tres cocinan y la cámara los encuadra en el marco de una ventana mientras se acerca lentamente. Constituyen momentos que se presentan de manera atractiva al público y que aportan a la naturalidad de los vínculos.

Sin embargo, es altamente complejo hacer largometrajes intimistas, más todavía cuando hay un fuerte apoyo en las conversaciones que entablan los personajes, como es el caso de este film. Requiere de una sutileza, pero a la vez de una claridad, que no siempre es sencillo de articular. La crisis de Juan aparece con un tono sorpresivo. Casi como si se hubiese dado por sentado que el público conoce sus pensamientos y contradicciones. Si bien se da lugar a tensiones en la pareja y a indicios que podrían dar a entender ciertos conflictos del protagonista, esto no resulta lo suficientemente fuerte como para justificar la reacción dramática que tiene después. Entonces, aquel plano del protagonista mirando a la nada pensativo, “paralizado” (como dice él) aparece más como un cliché, un lugar común. Contrasta, incluso, con otro de sus puntos débiles, que se hace muy presente hacia el final: la vociferación insistente de lo que le pasa a la pareja. Ni una forma ni la otra logran expresar por completo el conflicto de Juan.
De la misma manera sucede con la utilización de la voz en off. Este suele ser un recurso bellísimo, suele dar al discurso una cadencia y una sensibilidad muy particular (cuando es articulada de manera acorde). Pero aquí, aparece en entrecruzamiento con la escritura que versa sobre lo que le sucede al protagonista sin alcanzar esa poeticidad que pretende.
En algún punto, la película expresa un deseo de determinación, de hallar un espacio de seguridad donde poder pisar firme. Se pone de manifiesto desde su título la búsqueda de construir algo que deje una marca. Pero, con todo, Lo que escribimos juntos termina mostrando un trazo desdibujado, disuelto en imágenes que pueden resultar más o menos atractivas, más o menos divertidas.
Título: Lo que escribimos juntos.
Título original: Idem.
Dirección, guion y montaje: Nicolás Teté.
Intérpretes: Santiago Magariños, Ezequiel Martinez y Nazarena Rozas.
Género: Comedia dramática, Romance.
Calificación: AM 13 años.
Duración: 93 minutos.
Origen: Argentina.
Año de realización: 2024.
Distribuidora: Cine Tren.
Fecha de estreno: 05/06/2025.
Puntaje: 6 (seis)
