Por Pablo Arahuete

Una tradición de un colegio de varones, paradigmas de la educación que ponen en jaque conceptos como autoridad, compañerismo, pero bajo una consigna clara, convivir entre pares sin violencia. La hermandad (ver reseña FIDBA) es mucho más que un documental sobre un grupo de alumnos en las actividades de un campamento. Su director Martín Falci -ahora en el rol de observador tras haber sido alumno y participado en su infancia de estos campamentos- nos cuenta en esta entrevista exclusiva los pormenores de una interesante ópera prima.

Pablo E. Arahuete: –La disciplina es uno de los elementos predominantes en estos campamentos de hombres ¿por dónde pasa, según tu experiencia como alumno a la de observador, el cambio desde los nuevos niños a los “tutores” que deben adaptarse a nuevos modos y modelos de autoridad?


Martín Falci: Si bien existe la autoridad de los más grandes hacia los más chicos, la convivencia que se genera en medio de la naturaleza entre los 500 estudiantes es sobre todo contenida. El cambio de niño, a ser tutor (que representa un adulto) está en empezar a tomar determinaciones uno mismo. Los chicos más grandes guían y son la autoridad, pero la decisión la tomás vos. Ingresamos a los 10 años al mundo nuevo y desconocido, con reglas y obligaciones. Estar en el campamento significaba ante todo auto-gobernarse. Saber que existe un cronograma y los límites, pero vos elegís si vas a comer o no, cuándo bañarte, cuándo hacer tus tareas, cuándo cumplir con tus obligaciones. Dividirse los roles, tensionar, discutir, decidir. Y esto significa también libertad. La libertad de qué hacer y cuándo. Elegir sin los padres, que todo dependa de vos mismo. Un universo utópico de menores conviviendo en comunidad.

Martín Falci 1

P.E.A.: -¿Cuáles fueron los obstáculos a la hora de convivir en ese campamento junto al equipo del rodaje?

Martín Falci: Unos de mis desafíos como director era poder generar una especie de “hermandad” de rodaje, entre todo el equipo técnico con nuestro propio campamento, para así poder lograr el registro de la “hermandad” del campamento histórico desde la invisibilidad y la empatía. Era esencial sostener un buen clima entre nosotros para no tener obstáculos mayores, ya que la convivencia podía ir desgastándose entre un grupo de varones adultos sin todas las comodidades. Y todos varones, decisión consciente, porque para camuflarnos, infiltrarnos y pasar desapercibidos en la comunidad masculina, había que ser hombre. Era la manera de lograr invisibilidad. Conformamos un campamento propio bajo una arboleda, a 100 metros del evento gigante. Cada compañero del equipo tenía una carpa individual en un sector puntual, había una zona de encuentro/reunión, juguetes a disposición (silbatos, masajeadores, cartas, banderas) y un rincón de confort y descanso (hamacas paraguayas, living de reposeras con una fogata). Era importante para mí apostar a un entorno lúdico, porque sabía que la naturaleza misma, con el pasar de los días, nos iba a pesar cada vez más. El sol, la lluvia, la humedad. El equipo sin señal en medio de la montaña durmiendo en bolsas de dormir, bañándose en el río y yendo al baño en el monte, se agota, el equipo se cansa. Nos cansamos mucho. Son cosas para las que no todos estamos preparados. Y con ésto que propuse, quizá inesperado, juguetón, divertido, pudimos con gusto y amabilidad evitar muchos obstáculos posibles.

P.E.A.: –¿Respetar una tradición contribuye según tu opinión a fortalecer ciertos valores fundantes para una mejor manera de educar, o más bien cuestionar esas tradiciones permite mayores cambios para estos tiempos rupturistas?

Martín Falci: -Me quedo con la segunda opción, jaja. Cuestionar las tradiciones permite salir de la comodidad, la quietud, tomar distancia, generar diálogo, posibles cambios, más en estos tiempos. Se tiene miedo al cambio, pero es lo único constante. No se quieren replantear las cosas. Pero es inevitable. La institución tuvo durante 60 años un campamento de varones solos. Fue solamente exclusiva para hombres, no podían inscribirse mujeres. Y hoy existe un cambio de paradigma mundial con el feminismo, que nos obliga a repensar cómo nos educamos históricamente como hombres. La sociedad no es exclusiva de hombres, necesita seres humanos íntegros, diversos, diferentes. Y en una tradición así, con décadas de hermetismo, es necesario cuestionar. Mostrarla tal cual es, sirve para buscar y entender las capas complejas que la componen. Tenemos la obligación de salir de nuestra zona de confort, en ser rupturistas, en repensar todo. Y así estar listos para lo que vendrá, que seguro será mejor. Así lo quiero creer.

Al pasar por el colegio existía un sentimiento de igualdad y hermandad hasta con el chico que no era tu compañero, tenga 10, 15 o 18 años

P.E.A.: -¿Cuál fue el criterio de selección de los niños que interactúan mientras la cámara registra dentro de ese grupo multitudinario de niños de 10 años?

Martín Falci: Conocí a los niños un mes antes de ir al rodaje, visitando el colegio, presentándome como un egresado más. Empecé a registrar ciertos perfiles que para mí representaban las individualidades típicas de un grupo de amigos, del que yo había formado parte. En ese proceso, fui dándome cuenta con cuáles me sentía más identificado también, quienes inevitablemente me hacían acordar -de una u otra manera- a mi yo niño. A mí en el campamento. A todos los estados por los que había pasado. Es por eso que elegí estereotipos variados y claves: el líder, su antítesis de perfil bajo, el más jodón y bromista, el más intelectual, el que todo le da igual, el crítico y más adulto en su pensamiento, el que se dedica más a observar que a participar. En fin, todos estos niños son un pedacito de mí; y al mismo tiempo son estereotipos de la vida real, característicos en el campamento pero también en cualquier comunidad. Los junté a todos en una carpa sin que sepan que eran elegidos, decisión arriesgada, pero que me sirvió para mantener su espontaneidad y que no se modifiquen frente a la cámara. Ellos sabían que eran filmados, me dieron su permiso y el de los padres, pero no sabían que habían sido elegidos por mí. Y desde esa carpa, desde esas miradas particulares, inocentes, frescas, genuinas, decidí representar ese campamento general.

Martín Falci 2

P.E.A.: –Al haber sido partícipe de este encuentro que duraba una semana ¿viviste la experiencia de sentir al otro un hermano más que un par o colega?

Martín Falci: -Absolutamente. Al pasar por el colegio existía un sentimiento de igualdad y hermandad hasta con el chico que no era tu compañero, tenga 10, 15 o 18 años. Todos éramos hermanos. Porque vivíamos también el colegio como una segunda casa. El lugar donde nos pasábamos mañanas, tardes y noches, en actividades áulicas y no-áulicas. Yo tengo tres hermanas solamente mujeres, pero durante el colegio -y en particular el campamento- tenía un montón de hermanos varones. Con los que peleábamos todos los días, discutíamos, debatíamos, pero sobre todo jugábamos libremente, nos abrazábamos, nos cuidábamos y nos acompañábamos. No éramos solo compañeros, no sólo compartíamos con otros cursos el colegio, ese vínculo que se forjaba ahí adentro estaba mucho más allá que el de un amigo. Y es por eso que hoy, al haber egresado, nos seguimos cruzando con ex alumnos de todas las épocas y casi de forma inmediata se produce una complicidad. Hay algo que nos une, que es muy difícil de explicar, más allá de muchas diferencias y contradicciones que por supuesto también las hay. Eso es la hermandad.  

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